Eli Feinzaig. 4 agosto

Lo más gratificante de escribir en la era de las redes sociales es la posibilidad de mantener conversaciones significativas con desconocidos con quienes de otra manera sería virtualmente imposible el intercambio, y con viejos conocidos a quienes la inmediatez de las propias redes y el correo electrónico se los facilita. Entre el ruido y la excesiva virulencia de las redes, me quedo con lo estimulante de este tipo de intercambios.

Cada vez que escribo, recibo comentarios, que siempre agradezco, esté de acuerdo con ellos o no, porque me ayudan a ampliar horizontes. Un tipo de mensaje bastante recurrente es el que señala las omisiones de mi escrito, desde la perspectiva de mi interlocutor. Como siempre, algunos tienen razón, aun cuando la tarea de escribiente de la sección de opinión de un medio impreso exige escoger enfoques y sacrificar temas para desarrollar las ideas dentro del espacio disponible. Es el vivo ejemplo del costo de oportunidad del que tanto hablamos los economistas.

Mi más reciente artículo sobre la Revisión del Programa Macroeconómico del Banco Central generó un intenso intercambio, incluidos varios correos y mensajes señalando mis omisiones en cuestiones como la situación de desventaja de los trabajadores independientes con respecto a los asalariados en el trato fiscal y de la seguridad social, la actitud persecutoria y el afán sancionatorio de la Caja para con las personas físicas y jurídicas que desean formalizarse, la inseguridad jurídica y la relación entre salarios mínimos, inflación y desempleo.

Mi querido exprofesor de Finanzas Públicas y exministro de Hacienda Fernando Naranjo y mi apreciado amigo y colega Dennis Meléndez me hicieron observaciones sobre el papel del tipo de cambio en el estancamiento económico y un posible plan de reactivación. Dennis incluso publicó en estas mismas páginas un artículo sobre la materia (“Tremendo dilema del Banco Central”, 24/7/2019), que tuvo la gentileza de compartirme con anterioridad a la publicación del mío.

Deuda en dólares. Señalan ambos una “curiosidad” de nuestro paisaje económico en la que, por consuetudinaria, ya casi ni paramos mientes: el hecho de que el gobierno se endeuda cada vez más en moneda extranjera —usualmente en dólares— para hacer frente a sus obligaciones en colones, tales como salarios, asistencia social, el FEES o el presupuesto del Poder Judicial.

Endeudarse en dólares, señalan, no sería problema si los recursos se usaran para pagar obligaciones en esa misma moneda —pagos a proveedores internacionales, por ejemplo—, pero tiene efectos muy fregados cuando esos dólares se convierten a colones en el mercado local. La mecánica la explica Dennis en su artículo, por lo cual, en aras de ahorrar espacio, remito al amable lector a dicha fuente.

El presupuesto nacional del presente año se pretendía financiar en apenas un 46,5 % con ingresos tributarios y un aberrante 53,5 % con deuda nueva. Según el plan de endeudamiento presentado por el Ministerio de Hacienda en días recientes, para el segundo semestre del 2019 se proyecta cubrir un 77 % de las necesidades de financiamiento con deuda externa, mientras que para el 2020 será un 47 %. Es evidente que los dólares serán usados para pagar, al menos en parte, gastos en colones, como señalan Dennis y Fernando.

El problema es que se inunda de dólares el mercado cambiario, por las necesidades de financiamiento del gobierno, induciendo un equilibrio anómalo en un mercado altamente intervenido por el gobierno y el Banco Central. Si se endeudara en colones, señalan Meléndez y Naranjo, otro gallo cantaría y el tipo de cambio sería más alto (el colón se depreciaría). Fernando me recuerda en uno de sus correos que, en comparación con 10 años atrás, el tipo de cambio nominal es hoy cerca de un 2 % menos, mientras que la inflación acumulada en el mismo período fue del 37,3 %.

En otras palabras: los precios en Costa Rica siguieron creciendo al tiempo que el dólar bajaba levemente, haciendo perder competitividad a nuestros exportadores, cuyos productos se han vuelto más caros en dólares, pero también a nuestros productores locales, quienes compiten contra productos de importación cuyo precio en colones no ha crecido en la misma proporción que los producidos localmente.

Fernando denomina a esta situación el estrujamiento de la economía real, para diferenciarlo del estrujamiento financiero que ocurre cuando el gobierno demanda tantos recursos en el mercado local y presiona al alza las tasas de interés al punto de dejar al sector privado sin acceso a las fuentes de financiamiento.

Disyuntiva. Ambos colegas tienen razón en el diagnóstico, pero la mula bota a Jenaro cuando hablamos de soluciones. Señalan ellos que el gobierno debería endeudarse principalmente en colones para dejar de distorsionar el mercado cambiario. “Aunque fuese a tasas obscenas”, aventura Dennis. Pero esto, a solas, no resolvería el problema.

De hecho, si el gobierno presionara las tasas domésticas hasta llevarlas a un nivel pornográfico, generaría un masivo flujo de capital golondrina (moneda extranjera), que entraría al país para aprovechar los altos rendimientos y cancelaría, por lo menos parcialmente, el efecto esperado de dejar de traer dólares de la deuda externa.

Este es el verdadero dilema de la política económica costarricense: endeudarse en el mercado local presiona las tasas de interés y estruja al sector privado, mientras que endeudarse en el exterior resta competitividad a sectores tradicionalmente dinámicos de la economía, como el exportador y el turismo. Y, como sostienen Dennis y Fernando, a los niveles actuales de endeudamiento, causa un estrujamiento del sector real de la economía.

Algunos pensarán que, como el mercado cambiario ya tiene una fuerte intervención estatal, deberíamos inducir una devaluación para devolver algo de competitividad al sector productivo. Sobre por qué esta es una mala idea escribí aquí un artículo hace casi cuatro años, así que no reiteraré las razones, excepto para decir que una distorsión de mercado no se resuelve creando una segunda distorsión.

Cruda realidad. Devaluar, no lo perdamos de vista, dinamizaría temporalmente algunos sectores específicos, pero produciría un caos tanto al gobierno como a los consumidores costarricenses, altamente endeudados en dólares.

No queda claro si, en esta aritmética de ganadores y perdedores de la devaluación, el resultado neto será favorable para la reactivación económica.

Ante esta cruda realidad, la solución estriba en lograr un recorte estructural del gasto público —es decir, reducir el tamaño del Estado— para eliminar el déficit primario y disminuir las necesidades de financiamiento del gobierno.

Entonces, sin el flujo de dólares por endeudamiento externo o por ingreso de capital golondrina, el mercado determinará el tipo de cambio de equilibrio, que probablemente será superior al actual.

El autor es economista.