Revista Dominical

El año de la pandemia: Del Cenare al Ceaco y la conversión total de un hospital

Centro médico pasó de atender pacientes en rehabilitación con estancias muy largas a velar por una enfermedad completamente nueva; de tener dos o tres muertos al año a ver esa misma cifra por día.

Cuando la pandemia llegó a Costa Rica, un 6 de marzo de 2020, de la mano de dos turistas estadounidenses, las autoridades de salud sabían, por lo visto en otros países, a lo que podían enfrentarse.

En nuestro país no existían las facilidades para construir hospitales en cuestión de días, como en China, pero se echó mano de otra estrategia: se podía tomar un hospital ya existente, y reconvertirlo en las necesidades que imponía la pandemia.

Pero Roberto Aguilar Tassara, director del Centro Nacional de Rehabilitación (Cenare) no sospechó ni ligeramente que el centro de operaciones de la emergencia de la pandemia estaría justo dentro de las paredes que le han visto ir y venir durante años en procura de una mejor salud y calidad de vida para las personas con discapacidad.

El cambio era total: de pacientes con enfermedades crónicas, de larga data a una enfermedad en ese entonces muy poco conocida, de la que las personas podían recuperarse en días y cuya letalidad aún era incierta.

En cuestión de semanas, él vería transformado su lugar de trabajo en el Centro de Atención Especializada de Covid-19 (Ceaco). Una llamada (no precisó de quién) un domingo, semana y dos días después de aquellos primeros casos, lo cambió todo.

“Estaba en Golfito, y me dijeron ‘mire, tiene que egresar a sus pacientes mañana porque vamos a comenzar a reconvertirlo todo’. Fue como un baldazo de agua fría. ¡En ese momento había 20 personas infectadas en todo el país! Nada más. Y la gente diría, ¿con 20 personas infectadas, para qué? ¿Qué sentido tiene hacer todo ese movimiento? Pero quienes tomaron esas decisiones fueron visionarios”, aseveró el jerarca.

“Como ciudadanos teníamos que hacer lo que teníamos que hacer. Había temor de todos de contagiarnos y llevar el virus a nuestros hogares, pero todo se ha manejado con el mejor cuidado. Hay que tomar las decisiones no solo con el corazón si no con criterio técnico, quienes tomaron las decisiones veían lo que pasaba en otros países”, enfatizó.

Y agregó: “esto nos ayudó a salvar vidas”.

Hoy, casi un año después, el doctor Aguilar ve para atrás y todavía le cuesta creer todos los cambios.

“Nosotros no esperábamos participar realmente mucho en la atención de la pandemia, pero en dado momento nos dijeron que teníamos que reconvertir las instalaciones y fue obviamente todo un reto”, especificó el jerarca.

Así fue como el Cenare dio paso al Ceaco.

Esa llamada que Aguilar recibió un 15 de marzo se convirtió en un anuncio oficial al país el 17 de marzo. Para ese entonces, Christopher Zamora, quien sería su primer paciente, aún debía esperar unos días para manifestar los síntomas iniciales, experimentados un 22 de marzo.

Los trabajos para ese centro médico que Zamora estrenaría comenzaron a mediados de marzo, con el objetivo de que entrara en funcionamiento antes de finalizar el mes.

El proceso fue expedito, pero no por eso menos desgastante. Cuadrillas del Instituto Costarricense de Electricidad (ICE) trabajaron 80 horas ininterrumpidas para cambiar todo el cableado y sistema eléctrico del Cenare, con el fin de habilitar ese centro médico para la atención exclusiva de pacientes con la nueva enfermedad.

“Fue una tormenta de gestión. Cosas que usualmente se hacen uno o dos años se tenían que hacer prácticamente en un mes. Fue muy agobiante”, destacó Aguilar.

Adriana Rodríguez, quien ha sido jefa de Farmacia durante 19 años en el Cenare, también recuerda el cambio.

“Fue de mucha incertidumbre. Todo de un día para otro, sacaron a todos los pacientes y no sabíamos lo que estaba pasando. Tuvimos que adaptarnos al cambio ¡y muy rápido!”, relató.

El 20 de marzo ya el sistema eléctrico estaba en orden, y 10 días después se anunció como listo para recibir pacientes. En total se tardaron 234 horas y 39 minutos en acondicionar el centro médico con 88 camas para pacientes de covid-19 en cuidado crítico y severo.

El 2 de abril, menos de un mes después de la confirmación de aquellos dos primeros casos, Christoper Zamora, de 44 años, llegó proveniente del Calderón Guardia, donde estuvo hospitalizado tres días.

“¡Yo dije que en 2020 estrenaba carro! ¡No pude, pero estrené un hospital! ¿Quién más va a poder decir eso?”, rememoró Zamora entre risas.

“Yo nunca había estado internado, fue rarísimo para mí. Yo era una persona saludable. Sí, soy hipertenso, pero siempre he estado bajo control con los medicamentos. Pero esta covid me agarró feo. Cuando llegué al Calderón Guardia hubo un momento en el que me dijeron que iba para cuidados intensivos, después mejoré y me dijeron que iba a ser el primer paciente del Ceaco”, añadió.

Transformación radical hasta en el mínimo detalle

El cambio se sintió en los pasillos desde los primeros días. Se enfrentaba no solo una enfermedad nueva, si no una que era muy distinta de cualquier tipo de condición que se manejar usualmente en el Cenare.

Grettel Soto, jefa del Servicio de Nutrición y quien ya perdió la cuenta de cuánto tiempo llevaba de trabajar en el Cenare cuando se convirtió en Ceaco, dice que la transformación fue tan drástica que aún no termina de acostumbrarse.

“De tener 30, 40 pacientes un domingo... llegar un lunes a no tener pacientes del todo, pero a saber que posiblemente vendrían un montón y muy diferentes a los que veíamos”, comentó.

La producción y la forma de servir los alimentos se transformó. Pasaron de brindar una dieta muy variada en texturas, en la que incluso complacían algunos gustos de los pacientes, a atender necesidades muy distintas de la mano de vajillas que debían ser desechables.

La cantidad de personas que llegarían también representó un cambio. En el servicio de Nutrición había tres nutricionistas, hoy hay 10; había 20 personas encargadas de producción de alimentos, hoy hay 36.

“Los pacientes de Cenare pasaban dos o tres meses internados, podíamos entrar a verlos, a chinearlos, a darles un detallito si cumplían años. Eran casi familia. Ahora ni podemos verlos bien, se entra un momentito y con equipo de protección”, recalcó Soto.

El tipo de alimentación hoy depende de la gravedad del paciente y muchos no pueden comer sólidos. Esto sí es más común en otros hospitales, pero tocó por primera vez de forma recurrente al antiguo Cenare.

“Hospitales vecinos nos tuvieron que prestar fórmulas parenterales para poder tenerlas, y nosotros ver dónde podíamos comprarlas. Lo mismo con la suplementación”, rememoró la nutricionista.

Las características y la evolución de la enfermedad también hacían que, de un pronto a otro, cambiara el “menú” que tenían destinado para un determinado “comensal”.

“A veces un paciente está muy bien y a las dos horas ya no y más bien estaba en crisis, y eso cambiaba los requerimientos de nutrientes”, expuso Soto.

De dos muertos al año... a dos cada día

La diferencia de las enfermedades y condiciones manejadas en esas paredes hizo que muchos trabajadores tuvieran miedo.

“Miedo tuvimos todos”, confiesa Soto. “A algunos compañeros les daba miedo dejarle la comida a las personas por miedo a contagiarse y contagiar a la familia, tuvimos que acompañarnos entre todos, asegurarle a las personas que estábamos haciendo todo por protegerlos”.

Los primeros pacientes eran conscientes de ese miedo en los trabajadores. Durante los 14 días que Zamora estuvo hospitalizado, él y las pocas personas con las que compartió el salón fueron también apoyo para los funcionarios.

“Yo los veía. A la gente de limpieza, por ejemplo. Llegaban dos veces al día, muchos muy jóvenes y se les veía el miedo. Entonces yo les preguntaba qué música les gustaba y, como no me ‘decomisaron’ el celular, se las ponía en el teléfono mientras ellos hacían la limpieza”, recordó Zamora.

“Ellos fueron mi familia esos días. La gente lloró cuando me despidieron”, recuerda.

Sin embargo, el mayor impacto para quienes llevaban años en el Cenare y se volvieron la base de la planilla del Ceaco fue enfrentarse con la muerte.

“En el Cenare nadie se moría. Nadie. Si teníamos dos muertos en un año era mucho. Hubo un año en el que hubo tres en unos meses y ya estábamos impactados, ¡imagínese lo que fue para nosotros ver muertes aquí!”, manifestó Soto.

“Al inicio hubo muchas muertes y uno no podía con eso. Ver dos, tres carros fúnebres haciendo fila. Tal vez otros hospitales estarán más acostumbrados, los que venían de otros hospitales lo veían diferente, pero nosotros no. A nosotros nos dolía. Mucho. Y deja en el alma esa herida”, agregó.

Si el impacto fue grande en quienes ya trabajaban allí, fue mayor para quienes fueron parte de todas las contrataciones que Ceaco hizo para comenzar a operar. Un ejemplo es Stephanie Vargas González, coordinadora de servicios generales, quien antes trabajaba en la empresa privada y con la apertura de este nuevo hospital se le dio la oportunidad de ingresar.

“Fue un cambio totalmente drástico. Yo veía los protocolos en los hospitales, pero esto es otro nivel. Desinfecciones, procesos”, recordó.

“Cuando llegó el primer paciente fue una expectativa. Teníamos que entrar y desinfectar cada parte del proceso, por primera vez, era muchísima la responsabilidad y fue creciendo conforme fueron aumentando los pacientes”, agregó la especialista.

“Se hace una desinfección de tres veces por turno en unas áreas, en otras dos cada turno. Ya después, teníamos un paciente nuevo cada media hora, entonces era más fuerte”, rememoró.

Ya las hospitalizaciones por covid-19 han bajado a menos de la mitad de las vistas hace unos meses, pero el Ceaco sigue siendo el centro de operaciones nacional y por eso el trabajo ahí no se reduce tanto. A este miércoles, el 30% de los todos los internados en este país con el virus está en este lugar.

“Nosotros seguimos con un flujo de trabajo alto, hay pacientes que se complican en otros hospitales y vienen para acá. Por eso los protocolos de desinfección y asepsia se mantienen, el ritmo es igual al de hace unos meses”, recalcó Vargas.

Los vaivenes de los medicamentos ¡y la llegada de la vacuna!

Las labores de la farmacéutica Adriana Rodríguez y su equipo eran ya harto conocidas antes de la pandemia y estaban acostumbrados a un ritmo. El convertirse en Ceaco representó todo lo contrario.

La primera estrategia consistió en mantener los servicios para los pacientes del Cenare. Para ese entonces se comenzaron las teleconsultas, y los medicamentos debían llegar a la puerta de cada hogar.

“El Cendeisss (Centro de Desarrollo Estratégico e Información en Salud y Seguridad Social) nos ayudó con dos choferes. Después habilitamos una minifarmacia”, afirmó.

No obstante, el mayor desafío vino de la mano de los nuevos pacientes con la nueva enfermedad.

“No cabían los medicamentos, no teníamos dónde ponerlos. La necesidad aumentó dramáticamente y hubo que buscar espacio. El uso de sueros, de antibióticos, de muchos medicamentos que no utilizábamos. Era necesario hacer inventario, pero ni siquiera sabíamos qué íbamos a necesitar, eso fue surgiendo en el camino”, aseguró.

Y añadió: “no estábamos acostumbrados a preparar sedaciones. Entonces se capacitó a los farmacéuticos en el México y Calderón Guardia. Hubo muchos medicamentos que tuvimos que correr para adquirir”.

A esto se le une que los mejores tratamientos contra la covid-19 se actualizan constantemente.

“Cada tres meses nos cambian en el escenario porque se saben nuevas cosas de los medicamentos, y debemos estar viendo cómo resolvemos. Y hemos podido”, manifestó la farmacéutica.

Pese a los retos, la farmacia también ha sido el escenario de buenas noticias que representan la diferencia entre la vida y la muerte para varias personas.

Y si se habla de buenas noticias, las más grandes llegaron de la mano de la vacuna. En este lugar, un 24 de diciembre, se colocaron las dos primeras dos dosis en funcionarios de salud: un médico internista y una enfermera.

“Eso nos llenó de un orgullo enorme. Para nosotros, como centro covid-19, fue más que emocionante esa experiencia. Saber que fuimos el primer lugar en Centroamérica donde se vacunaron funcionarios de salud. ¡Imagínese! Recibir la vacuna en el servicio de farmacia y ser parte del proceso fue algo grandísimo”, subraya Rodríguez.

“¡No teníamos ni refrigeradora, el (Hospital) México nos la prestó!”, añadió.

Cuidar a quienes cuidan

La salud mental y emocional de quienes trabajan en el Ceaco también está vulnerable y por eso se requiere atención en este campo.

“A veces necesitamos salir un momentito y llorar. A veces necesitamos salir un momento y tomar café. A veces necesitamos un momentito para estar solos pensando después de la intervención con el paciente. Es muy duro”, señaló en diciembre pasado Camilo Sing Briz, especialista en Medicina del Trabajo y coordinador del Ceaco.

En el Ceaco se diseñaron, desde un inicio, salas de intervención psicosocial para que los trabajadores se “desconecten” unos minutos de su trajín diario.

Pero sí hay desafíos mayores, pues con la apertura del Ceaco, varios servicios como Nutrición, Trabajo Social, Enfermería y Servicios Generales aumentaron la cantidad de personas encargadas.

Sin embargo, esto no sucedió con los profesionales en Psicología. Ahí las mismas siete personas asumen el cuidar de la salud mental y emocional de pacientes, las familias de estos y de cada una de las personas que trabajan en el centro médico.

Para Angie Madrigal Bonilla, coordinadora del servicio de Psicología, esto ha sido uno de los mayores desafío.

“Cada paciente está llevando su proceso, pero también hay una familia que sufre, que tiene ansiedad, y con ellos debe trabajarse también”, manifestó Madrigal.

En los servicios del hospital, también se trabaja con los funcionarios.

“Hemos tenido trabajadores con muchos problemas en familia. No solo es el peso de covid-19 como tal, si no de todas las áreas de la vida, el impacto de la pandemia va más allá”, subraya la psicóloga.

“Cada muerte toca, aun cuando uno esté acostumbrado a verlas”, subraya la especialista.

Una de las partes que más se trabajan a nivel interno es validar el dolor, el decirles que está bien sentir dolor, sentir tristeza, que son humanos, que deben tener sus sentimientos validados. Además, se trabaja el que no experimenten culpa.

En este proceso, lo que más dolió fue despedirse de un compañero, Manuel Selva, quien llevaba 22 años de laborar para el Cenare. Este técnico de Urología, de 43 años, enfermó de covid-19 y falleció a inicios de enero.

Sus compañeros lo recuerdan como una persona siempre dispuesta a ayudar tanto a colegas como a pacientes.

“A todos nos queda la huella, de esa buena disposición, de la linda persona que es. Esa disposición que tenía, el tenerla nosotros, esa lección de amor y gratitud es la mejor forma de honrar a Manuel”, aseveró Madrigal.

Aguilar también recuerda en particular esa pérdida.

“Era un compañero que era amigo de todos, una de esas figuras emblemáticas, un ícono del hospital. Es una de las tristezas que nos tocó vivir juntos”, sostiene el jerarca.

Más de un sentimiento a la vez

Las mezclas de sentimientos son parte de todas las personas que trabajan en el Ceaco. Por momentos confluyen agradecimiento, satisfacción, alegría, orgullo y se mezclan con tristeza, soledad, miedo, agotamiento, cansancio. Sin embargo, todos se mantienen en la lucha, saben de la importancia de su labor.

“A todos nos ha tocado sufrir esto”, resume Aguilar. “Vivirlo, sufrirlo, disfrutarlo”.

“Disfrutar la posibilidad de ayudar a los demás, de salvar vidas. Sufrir, ver morir a personas. Algunas muy cercanas, incluyendo compañeros. (La covid-19) fue una avalancha que se nos vino y no pudimos ni masticarla, vamos saliendo día a día”.

Para Zamora, como paciente, el salir de ahí ya representó una victoria. Su rehabilitación y el considerarse recuperado por completo sí tomó varios meses más, pero regresar a casa y dormir en su cama fue el primer gran paso.

“Salí por la puerta grande y no por la puerta de la morgue”, ríe. “Yo en un momento me sentí tan mal que sí creí que no iba lograrlo, pero ahora busco motivar a las personas”.

Soto recuerda ese momento: “cuando salió el primer paciente y lo vimos caminar y que ya se lo llevaban en la ambulancia para la casa, para nosotros fue algo muy grande, fue la primera celebración”.

Esa es precisamente la mayor satisfacción para muchas personas, sin importar en qué departamento trabajen.

“La gran alegría que uno tiene es ver un paciente mal, entubado, que viene con pocas esperanzas y verlo salir caminando”, enfatiza Vargas.

“Recuerdo muy bien un paciente que nosotros decíamos ‘este no pasa la noche, viene muy mal’. Estuvo con nosotros dos meses internado y salió caminando. Me acuerdo que llevaba su sombrero y decía ‘muchísimas gracias’. Se nos salían las lágrimas a todos”, añadió.

Cambios no se irán con la covid-19

Cuando la covid-19 deje su etapa de pandemia, los internamientos bajen y puedan manejarse en los hospitales “tradicionales” y el Cenare regrese a su vida más “habitual” muchas cosas harán que ya no sea el mismo: no solo más servicios, también habrá una nueva visión de hacer las cosas.

“Solo con el cambio de los protocolos de desinfección y limpieza ya cambió muchísimo. Por ser enfermedades diferentes no se va a mantener exactamente igual, pero esto ya dejó huella”, aseveró Vargas.

Rodríguez añadió: “ya hemos visto una forma nueva de hacer las cosas, una nueva forma de organizarnos. Y ya sabemos que podemos contra cualquier emergencia que el país enfrente”.

Para Aguilar, el Ceaco ya deja toda una infraestructura que servirá para atender la rehabilitación, pero, más allá de todo eso está la mística del personal.

“Tenemos gente que ha trabajado con un tesón increíble, con una vocación para no desatender a los pacientes del Cenare, han luchado, se han incomodado, han hecho las cosas con muchísimo amor. Esta es la gente que siempre ha mantenido al Cenare y lo seguirá haciendo”, recalcó.

Regresar poco a poco ‘a la normalidad’

Durante estos meses, los pacientes en rehabilitación vieron sus servicios cambiados, pero no los dejaron de recibir. La creatividad fue parte del proceso.

Los dos hospitales vecinos, el del Trauma (del Instituto Nacional de Seguros, INS) y el México, brindaron una sección de sus instalaciones para recibir a estos pacientes.

De acuerdo con la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS), durante la época de pandemia el Cenare realizó 5.774 consultas especializadas presenciales, 12.598 consultas especializadas virtuales, 610 atenciones en Hospital de Día; 47.132 consultas de terapia que significaron 385.113 tratamientos de terapia

Ahora, un año después, Aguilar y su equipo quieren ir recuperando poco a poco el Cenare para trabajar. Este mes de marzo se comenzarán a retomar los servicios.

La pandemia también dejará un Cenare más fortalecido.

“Ahora lo único que pensamos es cómo recuperar el tiempo perdido en rehabilitación”, recalcó el director médico.

“La idea es que las cosas cambien no solo a como eran en 2019 y antes si no para algo mucho mejor”, enfatizó Aguilar.

Se tendrá una unidad de cuidados intensivos, se podrá hacer cirugía de columna, habrá un “hospital de día” para evitar hospitalizaciones muy prolongadas, y un fortalecimiento de telemedicina.

Este mes de marzo ya se comenzarán a dar servicios en las instalaciones “de toda la vida”. Los servicios de Rehabilitación Física, Terapia Ocupacional, Terapia del Lenguaje, Odontología, Consulta Externa especializada de Fisiatría y el Hospital de Día comenzarán a recibir pacientes.

“A veces la rehabilitación no se ve como algo importante, pero es la cúspide de todo el proceso de atención en salud. Ahora, con los funcionarios ya vacunados es más seguro traer a nuestros pacientes aquí a recibir servicios”, subrayó el jerarca.

Y en esta pandemia, varias personas ya recuperadas de covid-19 se han vuelto pacientes del Cenare (y de otros hospitales) pues necesitan rehabilitación.

“En algunas personas, especialmente en quienes estuvieron hospitalizadas muchos días, se requiere una rehabilitación intensa”, enfatizó Aguilar.

Sin embargo, Aguilar y su equipo son conscientes de que la pandemia puede tener una evolución incierta y que podrían volver a tener sus instalaciones de nuevo ocupadas por pacientes covid-19.

“Uno se entristece donde ve noticias de que hubo fiestas con un montón de personas en las que no había ni mascarillas. Eso puede alejar la fecha en la que ya el Cenare pueda funcionar en su totalidad”, se lamentó.

“Tengo una población grande de gente con necesidades de rehabilitación que quieren su hospital de vuelta”, subrayó.

Para Rodríguez, el hospital está listo para enfrentar lo que el futuro depare.

“Vimos que este equipo puede enfrentar cualquier cosa que debemos enfrentar. Que somos capaces de reinventarnos y enfrentar los problemas. Esa es la mayor lección”, concluyó.

Irene Rodríguez

Irene Rodríguez

Periodista en la sección El País. Máster en Salud Pública con Énfasis en Gerencia de la Salud en la Universidad de Costa Rica. Ganó el Premio Nacional de Periodismo Científico del Conicit 2013-2014, el premio Health Systems Global 2018 y la mención honorífica al Premio Nacional de Periodismo de Ciencia, Tecnología e Innovación 2017-2018.