Juan Carlos Hidalgo. 29 marzo

Un detalle que se les escapa a quienes en las últimas semanas han salido a proclamar el triunfo del intervencionismo estatal es que esta pandemia es una emergencia sanitaria que ocurre, si acaso, cada cien años, y su impacto económico no tiene paragón en tiempos modernos. El planeta enfrenta un doble choque de oferta y demanda que ha forzado a los gobiernos a invocar poderes de guerra y lanzar los salvamentos más grandes de la historia. Las democracias occidentales también han impuesto restricciones inéditas a las libertades civiles con tal de contener el virus.

Lo prudente en una emergencia de esta magnitud no necesariamente es bueno en tiempos normales. Sin embargo, los apologistas del estatismo no han desaprovechado la crisis para renovar sus votos con Leviatán. En China, resaltan los resultados positivos de las medidas draconianas de control sobre la población como ejemplo de las virtudes de los sistemas autoritarios en contraste con el caos en democracias como Italia, España y EE. UU.

En nuestro terruño pululan los comentarios de quienes exaltan el papel que están desempeñando las instituciones públicas en el manejo de la pandemia, lo cual demostraría, según ellos, que el gigantismo estatal siempre tuvo razón de ser. La realidad no es blanca o negra. Sí, la CCSS ha estado a la altura de las circunstancias, pero eso no quita que tercerizar servicios, como los Ebáis, sea necesario. La Fanal trabaja tres turnos para producir alcohol para el público y los hospitales, pero no deja de ser un monopolio obsoleto con deudas de unos ¢60.000 millones. El ICE aumentó la velocidad de la Internet para que la gente pueda teletrabajar, pero en electricidad está quebrado y, por eso, pagamos tarifas muy altas que atentan contra la competitividad de muchas industrias.

La curva de transmisión de la covid-19 parece estar bajo control en nuestro país, pero, si por la víspera se saca el día, lo que sí se ha desatado es una pandemia de estatismo. Afirmar que las medidas económicas de emergencia que están adoptando los gobiernos comprueban las virtudes de un Estado intervencionista es como decir que la suspensión de libertades civiles por la misma crisis demuestra las bondades de un Estado autoritario. Un legítimo sinsentido.

El autor es analista de políticas públicas.