Ángela Ávalos. 11 julio
Los hogares de ancianos, conocidos como centros de larga estancia, y los centros diurnos están en la mira de los equipos de salud al albergar a uno de los grupos de mayor riesgo frente a covid-19. En la foto, el Campamento Plan Protección Adulto Mayor en Calle que la Municipalidad de San José abrió en el Centro de Recreación de Empleados. Ahí se espera atender a 30. Foto: Archivo/Mayela López
Los hogares de ancianos, conocidos como centros de larga estancia, y los centros diurnos están en la mira de los equipos de salud al albergar a uno de los grupos de mayor riesgo frente a covid-19. En la foto, el Campamento Plan Protección Adulto Mayor en Calle que la Municipalidad de San José abrió en el Centro de Recreación de Empleados. Ahí se espera atender a 30. Foto: Archivo/Mayela López

“¡Que Dios nos proteja si nos llega un caso positivo de covid-19! Sería una matazón”.

Ese es el temor de Maritza Jiménez Calvo, administradora del Hogar de Ancianos de Palmar Sur de Osa, quien tiene clarísimo que el virus es el mayor riesgo que enfrentan en este momento los centros de atención de adultos mayores, pues su población es vulnerable por edad y otras enfermedades.

Pero la amenaza es mayor. El coronavirus tipo 2 del síndrome respiratorio agudo grave o SARS-CoV-2 (siglas en inglés) haría un caos si logra penetrar a las 20 cárceles donde hay casi 16.000 reos. Lo mismo causaría si se expande entre los 35.000 peones que comenzarán a recoger en pocas semanas la próxima cosecha de café.

La advertencia la hace Guiselle Guzmán Saborío, jefa del Área de Salud Colectiva, de la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS), quien cree necesario, en momentos de transmisión comunitaria, enfocarse a las poblaciones más vulnerables.

“¿Qué vamos a hacer cuando no tengamos capacidad para seguir esa ruta de transmisión del virus? Enfocarnos en hogares de ancianos, centros diurnos, centros de cuido, centros penitenciarios. En grupos densamente poblados con prevalencia alta de enfermedades crónicas. Si estoy llegando al filo de la capacidad, priorizo población vulnerable y sitios de mayor riesgo de mortalidad”, dijo.

El por qué los hogares de ancianos le preocupan se basa en datos internacionales. La Organización Mundial de la Salud (OMS) reveló que la mitad de las muertes en Europa se dieron en residencias de ancianos y este dato lo confirmó en junio el sitio LTC Covid-19 en un reporte de 26 países: 47%, en promedio.

En Estados Unidos, datos recopilados por Kaiser Family Foundation (KFF) de 35 estados, mostraron que los residentes de hogares de ancianos representaron 30.130 (34,6%), de las 87.000 muertes registradas al 15 de mayo.

Los equipos de la CCSS, por eso, llevan varias semanas trabajando en la toma de muestras a adultos mayores en hogares de ancianos y a sus cuidadores.

En Costa Rica hay 76 hogares de ancianos, conocidos como centros de larga estancia. Ahí están internados 2.400 adultos mayores. Además, funcionan 56 centros diurnos que atienden a 1.500 mayores de 65 años.

La red de cuido se encarga de 15.000 adultos mayores y 15 albergues ven por las necesidades de otros 1.000 en condición de abandono, de acuerdo con registros del Consejo Nacional de la Persona Adulta Mayor (Conapam).

En abril, un residente del Hogar Carlos María Ulloa, en Goicoechea, resultó contagiado del virus, pero, se le atendió con prioridad y de inmediato se le hicieron pruebas a los 198 internos, las cuales descartaron más casos.

En otro hogar de ancianos, en Heredia, se frenó la diseminación que se inició cuando una enfermera contagió a dos adultos mayores. Los residentes viven en casitas separadas, lo cual facilitó el control y evitó que otros ancianos se infectaran.

Hasta el momento, la mayoría de los muertos por coronavirus son mayores de 65 años. De los 26 fallecidos en cuatro meses de pandemia, 58% son adultos mayores. En Costa Rica, un 35% de la población es adulta mayor.

El demógrafo y salubrista Luis Rosero Bixby, aconseja a los equipos de salud estar atentos a una eventual y todavía más intensa diseminación en el área metropolitana, en San José.

En esta zona, dijo, son especialmente sensibles las áreas con casas en precario y las cuarterías, donde los habitantes no tienen ninguna posibilidad de mantener el distanciamiento físico recomendado por las autoridades.

Según datos del 2017 de la Fundación Promotora de Vivienda (Fuprovi), en Costa Rica hay 400 precarios. Solo en Pavas, con 88.000 habitantes, hay identificados 17.

En ese distrito del cantón de San José, un 12,5% de su población vive entre latas y cartones, hacinados y con escasos servicios básicos, como luz y agua y recolección de desechos sólidos.

Actualmente, se hacen 1.500 pruebas por día, lo cual incluye los infectados que se detectan en los servicios de salud, la investigación de los brotes, y lo que se logra identificar en operativos masivos como los realizados en Pavas y Alajuelita, en San José.

La doctora Guzmán también apunta hacia los recolectores de café. La próxima recolección de grano comenzará en agosto en las llamadas partes bajas, como los cantones de Coto Brus, Pérez Zeledón y Turrialba. Hacia ahí pronostica que también virará la diseminación del virus.

En las zonas de altura media, como Valle Central y Valle Occidental, la recolección se intensifica entre octubre y diciembre; mientras que en las tierras de más altura, como Los Santos, la temporada usualmente arranca en noviembre y se extiende hasta marzo o abril, según el Instituto del Café de Costa Rica (Icafé).

El ingreso y la circulación de población migrante para la próxima temporada de recolección de café, podría convertirse en nuevo foco de contagios en el área rural. Foto: Archivo/Mayela López
El ingreso y la circulación de población migrante para la próxima temporada de recolección de café, podría convertirse en nuevo foco de contagios en el área rural. Foto: Archivo/Mayela López

En el radar también está la población indígena, de etnias como bribri y cabécar, para quienes los llamados “blancos”, afirma Guzmán, se convierten en la fuente de contagio.

En Costa Rica, hay 24 territorios indígenas con más de 100.000 habitantes, según el censo del 2011.

No se prevé que ahí el impacto sea grande, en vista de su confinamiento natural. Sin embargo, varios equipos de salud se han desplazado hasta esos territorios para revisar la condición de salud de sus pobladores.

Guiselle Guzmán confirmó que el interés técnico es identificar, detener y contener brotes simultáneos en muchos lugares, luego de que se reconoció que la capacidad instalada es insuficiente para seguir contactos.

“No sé cómo contestar esto. No tengo toda la información para evaluarlo”, respondió la especialista cuando se le preguntó si los equipos de salud abordaron tarde situaciones que han permanecido por años, como la marginalidad de la población transfronteriza, o los precarios y cuarterías de la capital.

“Sí, eso siempre ha estado ahí, pero como esto ha sido tan nuevo (la pandemia) no sabíamos hacia dónde se iba a mover. En un momento, se pensó que todo iba a ser como en los primeros casos, pero no se visualizó el riesgo que venía porque no vimos qué tan rápido iba a llegar a esa población.

“Si las acciones fueron oportunas o no, no lo sé. Lo que pasó es que no se visualizó que iba a llegar tan rápido. Todo se desató de un momento a otro. El virus llegó más rápido que las medidas”, admitió Guzmán.