Música

Entrevista: Jorge Drexler habla sobre el reguetón, la muerte y las nuevas generaciones musicales antes de su concierto en Costa Rica

Con su fina pluma y sentimientos en carne viva, el cantautor uruguayo llega con su íntima gira ‘Silente’ a nuestro país. En una etapa madura de su carrera, Drexler le abre a 'Viva’ un cofre de reflexiones sobre cómo su vida ha tenido pistas de premoniciones que hoy ve realizadas

Drexler parece siempre estar susurrando, no solo en entrevistas, sino en sus canciones. Puede estar tocando sus primeras baladas de los noventa o puede estar bailando una cumbia negra escrita hace seis años que no hay diferencia: el uruguayo es un hombre que parece decir todo en voz baja para que lo escuchen hasta las raíces de la Tierra.

Con la gira Silente, Drexler ha encontrado la forma perfecta de transmitir sus emociones, sea a través de pequeñas pausas o silencios prolongados.

Para su presentación más íntima, el ganador del Óscar, del Goya y del cariño iberoamericano solo necesita una guitarra y un micrófono para hablarle a sus amigos que esperan escucharlo bajo el escenario. Este 10 y 11 de marzo, el querido poeta se presenta en el Teatro Melico Salazar para abrir sus memorias, como lo hizo en esta entrevista exclusiva que ofreció a Viva.

—En cada disco usted explora diferentes géneros, en cada gira descubre nuevas posibilidades como en el caso de Silente, ¿qué lo mueve a estar, como dice en su canción, siempre “en movimiento”?

—Es una cierta curiosidad y una especie de tendencia a mirar el mundo siempre desde ángulos diferentes. Un disco es una experiencia muy larga. Se pasa un año escribiendo, muchos meses grabando, y luego varios años defendiendo en vivo esas canciones. Eso requiere una motivación muy grande. Para tener esa motivación, yo necesito que el disco tenga un fundamento, algo nuevo que me llene y me sorprenda.

—En su muy hermoso discurso de aceptación al Grammy en el 2018 usted dijo “que viva la cumbia y el reguetón". Justo esta eterna exploración lo llevó a componer cumbia para el disco Bailar en la cueva, pero ¿podría llegar a géneros que nunca se hubiera imaginado como el reguetón?

—Sí, en realidad a mí no me gusta nunca componer por género. No me gusta meterme en los géneros sin yuxtaponer una cosa con otra. Me gusta ver la música como algo integrado. Si viviera el reguetón intensamente, no tendría ningún problema en escribirlo. El reguetón me parece que contiene un patrón rítmico maravilloso que, como muchos géneros, ha surgido primero en la parte más marginal, más transgresora y políticamente incorrecta. Lo mismo pasó con la samba, la cumbia, el blues, el tango... Todos esos géneros empezaron escandalizando a una parte de la sociedad. También está el caso de Elvis con el rocanrol quien, cuando cantaba, no podían filmarlo de la cintura para abajo... Es una tradición del ser humano escandalizarse por lo que hacen las generaciones nuevas. Yo creo que tiene más que ver con algo generacional que cultural. No hay que descalificar un género por la reacción que produce en los mayores de 40 años; más bien hay que estudiarlo. Yo recomiendo escuchar a Tego Calderón, por ejemplo, una absoluta maravilla de la música negra puertorriqueña, con mucha fuerza y personalidad.

—Al realizar ese discurso, ¿no temió en lo que podrían pensar de usted? Pues aún hay gente con reservas sobre el género...

—Bueno, no sé. Siento que no corro ningún peligro haciendo ese comentario (risas). No tengo temor. Es una opinión. Mucha gente podrá tener otra opinión y es respetable. Lo que sí digo es que este tipo de discusiones han pasado. Cuando era adolescente pasó con el candombe en Uruguay, un género marginal de la sociedad, que luego se convirtió en el centro de la sociedad. Luego pasó con la cumbia. La cumbia estaba muy mal vista en los 80 y luego se volvió la lengua franca del continente. Ahora sucede con el reguetón, que justo es la lengua franca de una generación y creo que hay que tener respeto por eso. Hay que acercarse, hay que escucharlo. Yo soy un poco enemigo de la nostalgia generacional, de decir que la música de mi generación era la buena y esta es mala. Yo siempre tengo abierta la discoteca. Tengo la suerte de tener hijos pequeños que me introducen en nuevos autores, nuevos compositores, gente genial como Billie Eilish quien creo que es maravillosa. Ahora ha ganado muchos premios, pero antes de eso también me parecía muy creativa.

—Lleva muchos años en la carretera, muchos discos y justamente, exploraciones en distintos géneros… ¿En algún momento se ha sentido presionado por lo que puede pensar la gente de sus canciones?

—La gente está acostumbrada a ubicarte en un circuito de canciones de autor y luego, cuando saqué un disco para bailar, muchos se asombraron. Es curioso. El ser humano es una entidad muy amplia, muy compleja y muy completa. A mí me gusta la experiencia humana en todo su alcance. Por ejemplo, me gusta bailar, y empecé a bailar tarde porque mi generación vivió la dictadura de Uruguay y era una época en la que se bailaba poco. Hoy en día soy muy malo bailando, pero me hace muy feliz (risas). Soy muy voluntarioso. Voy a clases de baile dos veces por semana en Madrid.

"¿Por qué no intentar hacer vibrar el aparato emocional entero? Se puede vibrar desde la razón, los sentimientos y también desde el cuerpo. No hay que dejar ninguna parte del ser humano fuera. No hay que ser excluyente ni prejuicioso ni intolerante con nuestras propias partes que nos componen. No hay que menospreciar el cuerpo, el baile, el sexo, la energía vital... A veces la sociedad tiende a priorizar los sentimientos “elevados”, que vienen de la razón, de emociones. A mí me parece que no hay sentimientos elevados. Yo creo que el ser humano tiene muchas partes y es como un diapasón que a mí me gusta sentir que vibra por completo. De eso tenemos mucho por aprender de Brasil, por ejemplo, que tiene a artistas como Caetano Veloso y Gilberto Gilberto Gil, que integran lo racional, lo emocional y lo del cuerpo.

—Con esos cambios generacionales, ¿cómo ha sido recuperar La aparecida para esta gira, ya que es su primera canción?

—Me gusta mucho pensar en eso, en que es mi primera canción. Ahora la estoy tocando de nuevo y me cuesta mucho porque en esa época era más guitarrista que compositor y es una pieza difícil de tocar. En esa época tocaba la guitarra muchas horas por día. He dejado de hacer esos diseños de guitarra tan elaborados porque me parece que distraían de la parte central de la comunicación de la canción, pero ahora que lo pienso, es un placer muy grande tocarla porque es como entrar en la mentalidad y el corazón del muchacho que era con 24 años y acercarme en el tiempo. Me cuesta tocarla y, a su vez, me gusta mucho.

"Tiene un lugar especial, porque tiene a ese personaje fantástico al que le hablo, la aparecida, que yo le pido “dame tu canción”. Después de eso, empecé a escribir canciones. La aparecida terminó siendo una canción premonitoria de lo que vendría después.

—¿Y cómo fue lanzar recientemente el cover de Mediterráneo, de Serrat? ¿Cómo es cantar una tema que grita ‘nací en el mediterráneo’, con todo el simbolismo que eso arrastra?

—Sí. Para empezar, si no es la canción más linda que se ha escrito en español, es de las más lindas. El texto es una absoluta maravilla formal y de contenido. La música es fantástica y el arreglo es increíble. Poner la voz de uno en el mismo arreglo que grabó Serrat es un desafío guindando en lo temerario, porque me parece que la canción original ya está bien grabada. Lo que pasa es que me ofrecieron grabarla y quien puede decirle que no a esa maravilla. Es una canción que canto desde niño, así que no necesité la letra porque me la sé de memoria. El casete de la canción estaba en mi casa desde que salió en los 70 y yo no paraba de darle vueltas.

"En ese tiempo vivíamos en Montevideo, en una calle que se llamaba Mar Mediterráneo, entonces nunca sentí que la canción hablara de algo lejano, de algo diferente a lo mío. Siempre la sentí como propia porque la canción dice ‘nací en el Mediterráneo’ y yo era de la calle Mar Mediterráneo. Me parecía normal cantarla. (risas).

—Recientemente, en su viaje a Israel y Palestina, dijo otra frase que me interesó mucho sobre la escritura de canciones: que hay que entender cuando uno deja de servir una causa y la causa pasa a servirle a uno. ¿Cómo sabe cuando llega ese momento?

—Es muy difícil de determinar, pero hay que estar atento porque hay un montón de causas que son dignas de ser defendidas, pero no hay que llegar al oportunismo de hacer que la causa le sirva a uno. Es un momento que depende de la ética y sensibilidad personal; no se puede extrapolar. Hay gente que está cómoda en lugares donde yo estoy incómodo y viceversa. Es personal. Yo lo que intento es tener un vínculo real con una causa para involucrarme con ella. Uno recibe casi diariamente propuestas para manifestarse por causas determinadas. Me parece que un signo de amor a una causa es elegir las que uno se siente parte de ellas y no agarrar todo lo que llegue de manera automática. El amor es lo contrario de lo automático. El amor implica un compromiso personal. Siempre pido paciencia e información porque no me gusta tratar una causa como si fuese algo sin importancia. Me gusta estudiar de qué se trata y hablar con propiedad. Muchas veces aún sintiendo que tengo algo por decir, prefiero no decirlo, porque en muchos casos son opiniones producidas por una vista desde afuera y puede ser más complejo de lo que se mira. En muchos casos es mejor escuchar que decir.

-¿Alguna vez ha detenido el proceso de creación de una canción a causa de ese sentimiento?

—Todo el tiempo. Componer es el mismo proceso. Uno empieza a contar algo y después uno no tiene ganas de contarlo, o no puede contarlo, o no sabe cómo contarlo, o como lo estoy contando no sirve... Es algo que pasa todo el tiempo: uno elige y descarta.

—Finalmente, quería preguntarle sobre otra cita suya. Con motivo del título de su último disco, usted dijo que no es que un salvavidas de hielo (título del álbum) sea efímero, sino que todo en la vida lo es. Esto para algunos puede sonar fatalista... ¿Usted cómo lo asume?

—Yo tengo la siguiente sensación: conociendo el carácter efímero de la vida y de todas las cosas, existe una oportunidad para apreciar las cosas y para disfrutarlas mientras se tienen. Es mi manera de ver las cosas: estar consciente de que este viaje es limitado y tiene un final.

"Uno es consciente de esto como a los 40 porque, por más que uno sepa y hable sobre la muerte, antes de eso el cuerpo no da señales de que la vida va cambiando. Darme cuenta de eso fue un motivo para la vitalidad y la celebración. Empecé a bailar a los 40 años por ejemplo, y empecé a tener una relación mejor con mi cuerpo de la que tenía antes. Perdí inhibiciones, preconceptos, y me abrí mucho en muchas cosas y aprendí a disfrutar de la vida y agradecer cada momento, porque realmente muchas veces estamos esperando que llegue otro momento mejor y en la de menos este momento es el mejor que hay. No hay que dejarlo pasar sin dar gracias y aprovecharlo.

Jorge Arturo Mora

Jorge Arturo Mora

Periodista de cultura y sociedad para Viva, Áncora y Revista Dominical.