7 septiembre

Rodrigo Arias, exministro de la Presidencia, llama a tirios y troyanos a comportarse con responsabilidad frente a la insólita crisis causada por la conjunción de nuestras debilidades fiscales y la pandemia de la covid-19. El experimentado dirigente liberacionista convoca al gobierno, a los opositores y, entre ellos, a su propio partido para unir esfuerzos y evitar un trauma como el de los años ochenta, cuando “tuvimos una contracción de la economía de más del 7 % (...) y la inflación, que hoy está casi en cero, se nos fue, de 1980 a 1981, a más del 30 % y en 1982 llegó al 90 %, mientras la pobreza subió al 54 %”. “La historia está ahí para no repetirla y no cometer los errores de ese momento”, agrega Arias.

El llamado trasciende barreras políticas, pero no el sano interés partidario de no ejercer el poder, en el futuro próximo, en un país “hundido en una tragedia y en una crisis financiera insostenible, con grandes porcentajes de pobreza y desempleo”. A esas dificultades, el próximo gobierno, no importa su signo, deberá agregar el ambiente malsano y destructivo imperante en demasiados sectores de la opinión pública y el cuerpo político, incluidos los partidos, sin excepciones.

Por eso, Arias nos recuerda que “no debe tenerse temor a coincidir cuando es para beneficio del país”. Ojalá se le escuche, no solo en las tiendas de su agrupación política, sino también en el gobierno, a cuyos jerarcas pide, en primer término, describir con precisión la magnitud de la crisis y los peligros en ciernes.

Es una oportunidad para que el presidente de la República se dirija al país, con la solemnidad del caso, y le informe sobre la gravedad de la situación. Hacerlo va a contrapelo de la práctica habitual. Los gobiernos prefieren infundir esperanza y, para lograrlo, tienden a disimular la gravedad del presente.

Al presidente, Carlos Alvarado, le ha tocado gobernar en una circunstancia cuando el principal legado posible es la responsabilidad. No podrá entregar grandes obras materiales ni conseguirá sanear las finanzas públicas. Tampoco evitará pagar el precio político de la crisis, pero podrá dejar el país en camino a la salida, y eso la historia lo recompensa.

En la crisis de los ochenta, sobró testarudez, optimismo infundado, desapego de la realidad y un cúmulo de excusas, incluido el señalamiento de los organismos internacionales como parte del problema. La recuperación se inició en la administración de Luis Alberto Monge, con grandes aportes de los partidos opositores para poner al país en ruta a una dramática transformación, en ocasiones negada por sectores interesados de la política nacional.

La expansión y fortalecimiento del sistema financiero, la industria turística, la diversificación de las exportaciones y la intensificación del comercio internacional más allá del Mercado Común Centroamericano para beneficio de la producción y los consumidores redefinieron al país, una vez caracterizado por José Figueres como “economía del postre” por su dependencia del café, banano y azúcar, junto con un puñado de otros bienes agrícolas.

Un esfuerzo concertado logró sacar a Costa Rica de la crisis y reinventarla, pero no consiguió evitar el sufrimiento de los más necesitados ni el daño permanente a los miembros de la “generación perdida”, condenados a desempeñarse en funciones mal remuneradas por falta de acceso a la educación. Arias previene contra la repetición de los errores de aquel momento trágico, pero es indispensable reiterar los aciertos si pretendemos salir de la coyuntura actual fortalecidos como sociedad y con la menor cantidad de heridas posibles.