Editorial

Editorial: Amenaza populista

Es fácil para el populismo presentar a la prensa como adversaria y vincularla con el ‘statu quo’. También acusarla de manipulación cuando nada hay más manipulador que el populismo

Usamos “populismo”, una palabra tibia y si se quiere ambigua, para describir la demagogia del odio, pero deberíamos usar el término que merecen los extremismos de este tiempo: FASCISMO.
Usamos “populismo”, una palabra tibia y si se quiere ambigua, para describir la demagogia del odio, pero deberíamos usar el término que merecen los extremismos de este tiempo: FASCISMO. Shutterstock

Sin prensa no hay sociedad democrática. Por eso la ola de populismo desatada sobre el mundo en los últimos años encuentra un estorbo en el periodismo y en la libertad de expresión. No debe sorprendernos. La prensa, por su naturaleza, constituye, con otras instituciones, un contrapeso a la pretensión de acaparar el poder, sustituyendo los mecanismos democráticos por otros, más maleables.

Es fácil para el populismo presentar a la prensa como adversaria y vincularla con el statu quo. También atribuirle propósitos de manipulación cuando no hay propuesta más manipuladora que el populismo. Sus practicantes ofrecen al pueblo participación directa en las grandes decisiones hasta convencerlo de entregar, paulatinamente, su poder de decisión. Es una paradoja, pero el resultado se hace obvio con un somero repaso al uso de las urnas, y de las plazas atestadas de gente, para convertir los procesos electorales en meros simulacros y las manifestaciones públicas en medios para ratificar decisiones predeterminadas por la cúpula dirigente.

Lo vimos en Venezuela, donde un simple decreto invitó a sustituir la Asamblea Nacional debidamente electa o en México, donde el presidente Andrés Manuel López Obrador ganó una amplia mayoría a favor de una obra de infraestructura en un referendo donde apenas participó el 1% de los votantes.

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