Columnistas

YO y Sergio Ramírez

Aquí, como en la década de los cuarenta, ‘ni la primaria idea simplista de la projimidad’ practican ciertas cristianas

La ingratitud se perpetúa en Costa Rica y Yolanda Oreamuno, cuya memoria cree defender una diputada, dejó testimonio de ello: «En Costa Rica es necesario morirse para recoger el reconocimiento póstumo de este pueblo desdeñoso y pasivo».

Para quienes han propiciado el estancamiento de la solicitud para otorgar al mejor escritor centroamericano la ciudadanía honoraria, este pueblo chico no merece contar entre los suyos a quienes trascienden la mentalidad aldeana. Aquí, como en la década de los cuarenta, «ni la primaria idea simplista de la projimidad» practican ciertas cristianas.

El ambiente descrito por Oreamuno viene «desde la mediocridad de la cuna, la mediocridad de la economía y de la política». Por eso, el grito de YO: «Quiero que si algo de valor hago yo en el ramo literario, mi trabajo le pertenezca a Guatemala, donde he tenido estímulo y afecto, y no a Costa Rica, donde, fuera de usted (se refería a Joaquín García Monge), todo el mundo se ha dedicado a denigrarme, odiarme y ponerme obstáculos».

Uno de esos obstáculos levanta hoy una diputada con la complicidad de varios de sus colegas. Para esos y esas «al que pretende levantar demasiado la cabeza sobre el nivel general, no se le corta. ¡No...! Le bajan suavemente el suelo que pisa, y despacio, sin violencia, se le coloca a la altura conveniente». Si así tratan a los nacionales, ¡con cuánta más saña al extranjero sobresaliente!

Y si la verdad se lee en las novelas, por «las mediocres rencillas de pantano que infestan el ambiente» los artistas perseguidos por defender los derechos y libertades en sus países no serán tan bienvenidos como se pregona fuera de nuestras fronteras, material apenas para los turistas. Ya lo decía YO, son contados los que consiguen «rozar un solo momento la seca epidermis local».

¿Esperaban folclor en «La fugitiva»? Si no pasaron de «Mamita Yunái» (obra maravillosa pero «un hecho cumplido»), es porque siguen anclados a la vieja escuela: selva, llanos, pampa, minas, bananeras.

Jamás entenderán que en Sergio Ramírez se satisface el deseo de YO: el aliento renovador de obras paralelas con el moderno movimiento americano, a quienes ella esperaba ansiosa para «rendirles homenaje desde un porvenir literario mejor».

«Todavía creemos en Costa Rica que se hace crítica aludiendo al individuo», sí, y para mayor escarnio, en este Parlamento. ¿Se habrán dado cuenta de quién es Sergio Ramirez?, preguntaría YO, como ayer de Max Jiménez. No; no se han dado cuenta.

Puesto en el patíbulo colocado en medio de las curules, YO sabía cuán horrible es ser diferente, sufrir las miradas de quienes la llamaban puta en la calle o la ignoraban quienes se dedican a exaltar a los artistas, pues su no tan casta máquina de escribir se prestaba «con su deliciosa impersonalidad a todos sus impuros pensamientos maliciosos».

Y de esa lujuriosa boca de la recién declarada benemérita salieron las realidades escondidas debajo de la alfombra: «La deliberada ignorancia actúa con un simple procedimiento eliminativo, no de los malos para dejar al eficiente, sino de los peligrosos eficientes para dejar al apócrifo e inofensivo».

El resultado son sombras nada más y flores oscuras para Sergio Ramírez en Costa Rica. A la gaveta va el expediente en donde constan el Premio Cervantes y una larga lista de hechos en favor de los derechos humanos y la literatura del Istmo, expuestos con detalle en las carta de los expresidentes y la de 88 intelectuales costarricenses.

Sergio Ramírez no ha pedido honores, no los necesita. Honor nos haría si acepta una ciudadanía honoraria discutida como viejas y viejos de patio.

A pesar del trato, Sergio no reniega del «ambiente» nacional, ama a este país. Ese ambiente para YO era «una cosa muy grande, muy poderosa y muy odiada que no deja hacer nada, que enturbia las mejores intenciones, que tuerce la vocación de las gentes, que aborta las grandes ideas antes de concepción y que nos mantiene mano sobre mano esperando siempre algo sensacional que venga a barrer esa sombra tenebrosa y fatídica».

Características casi idénticas sobre Costa Rica observó Isaac Felipe Azofeifa: «Un pueblo sin héroes, y que si alcanza a tenerlos, los destruye o los olvida, que es otro modo de destruir... Cuando aparece uno de esos caracteres que ordenan, disciplinan, jerarquizan, lo admira, pero no lo imita... es la insolidaridad, el egoísmo... La intriga y el cabildeo, mas no el enfrentamiento claro de doctrinas, sigue siendo costumbre inveterada del costarricense... Se dice que en esta Arcadia, a nadie se le corta la cabeza: con bajarle el piso basta».

Jorge Luis Borges en «La muralla y los libros» escribió que «quemar libros y erigir fortificaciones es tarea común de los príncipes». En nuestro «ambiente», unos cuantos «príncipes» y una «princesa» del reino de Cuesta de Moras no prenden hogueras, pero en este período legislativo el poder combinado con la ignorancia de algunas facciones hace arder escritores junto con su obra.

gmora@nacion.com

Guiselly Mora

Guiselly Mora

Guiselly Mora, editora de Opinión de La Nación, es periodista, correctora de estilo, especializada en literatura latinoamericana, administradora familiar, escritora y experta en cocina internacional.