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Seres de luz

La enfermera es una correligionaria que libra con sus pacientes sus individuales, a veces terribles batallas

Jacques Sagot, opinión
Jacques Sagot, opinión

Doctor, doctora, enfermero, enfermera… ¡Ah, qué palabras benditas en mi léxico personal! ¡Palabras salvíficas, soteriológicas, dadoras de vida, dispensadoras de alivio! Los lectores familiarizados con mis escritos conocen ya de mi lucha de toda una vida contra una armada de enfermedades que no han logrado doblegarme. No voy a volver sobre ese punto.

Más bien, es momento para mí de reconocer que este combate librado en varios frentes no lo he llevado a cabo solo. Existen oficios que solo se ejercen con amor, espíritu de servicio, respeto por el dolor humano. La enfermería es una vocación (la etimología latina de este vocablo significa llamado). No es una profesión, es un clamor de las entrañas, una voluntad de servir al prójimo, un compromiso con el ser humano: aplacar su dolor, propiciar ese delicioso proceso que se llama convalecencia y guiar a la persona hacia la salud reencontrada.

La enfermera es una correligionaria que libra con sus pacientes sus individuales, a veces terribles batallas, que está con ellos hasta el amargo fin o hasta el reverdecer de la salud. Como los capitanes de antaño, el personal médico se hunde, en cierto modo, con su barco. No pueden permitirse llorarlo más de la cuenta, porque ello los incapacitaría para ejercer su trabajo eficazmente. Pero ahí están, y sé que a ningún médico ni a ningún enfermero le gusta perder un paciente. Es una derrota personal.

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