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Riqueza digital para todos

La infraestructura digital es hoy tan necesaria como lo fue en su momento la infraestructura vial para el desarrollo agrícola e industrial

No es casualidad que las cinco empresas más valiosas del mundo sean digitales. No son, ni por mucho, las más grandes, y entre ellas emplean tan solo a 1,7 millones de personas y obtienen como $740.000 millones de ingresos anuales (aproximadamente 12 veces el PIB de Costa Rica).

La expectativa en el futuro de estas tecnológicas ha hecho que acumulen un valor de mercado superior a $9 billones, es decir, como 150 veces el PIB de Costa Rica. Cada una de ellas vale $1 billón. Todas venden combinaciones de «hardware», «software» y servicios, lo cual les produce riqueza y, obviamente, también riqueza a los clientes. Nadie en su sano juicio va a adquirir productos o servicios digitales —o de ningún otro tipo— si no les agregan beneficios superiores al costo.

Son solo cinco de los miles de empresas digitales. La riqueza digital (no importa cómo se defina) crece exponencialmente. Desafortunadamente, las brechas digitales también. Brechas digitales existen tanto entre países como dentro de ellos. La riqueza digital no llega a quienes están en el lado equivocado de la brecha.

Hay una brecha evidente entre los países productores de tecnología digital y los que únicamente la consumen, pero hay una más grande entre quienes utilizan bien la tecnología y quienes la utilizan mal. Es discutible si los que adquieren pero no aprovechan bien la tecnología están mejor que los que no la compran del todo.

Cerrar las brechas digitales internas en un país es requisito indispensable para aspirar a cerrar las externas. Para ello, es necesaria una estrategia para abrir el acceso universal a la riqueza digital.

Existen cinco fuentes de brechas digitales: económica, geográfica, el tamaño, público-privada y la edad. Los sectores económicamente más pudientes tienden a disponer de más acceso a la tecnología y, por tanto, a la riqueza digital, las regiones rurales suelen estar privadas del acceso tanto a la tecnología como a la conectividad, las organizaciones grandes históricamente han gozado de mayores posibilidades de adquirirla y aprovecharla, las organizaciones privadas siempre han hecho un mejor uso de la tecnología y las nuevas generaciones, que han crecido con la tecnología son, casi siempre, mejores usuarias.

Toda estrategia para que un país tenga acceso a la riqueza digital, ya sea como productor o usuario (lo ideal es ambos), debe contar con dos pilares fundamentales: educación e infraestructura.

La tecnología bien aprovechada aumenta la productividad, porque para eso es la tecnología. La estrategia digital del país debe enfocarse en la productividad de ciertos sectores que le son más estratégicos (agricultura, manufactura, servicios, etc.) o centrarse solo en educación e infraestructura. Es lógico suponer que cuanta menos capacidad de ejecución, más sencilla será la estrategia (hoy, por supuesto, se tiende a llamar «estrategia de transformación digital» y, para que no le falte, le agregan un 4.0).

El desarrollo exponencial de las tecnologías hace a los que están en el lado correcto de las brechas digitales cada vez más productivos. Esto es especialmente fundamental para naciones en vías de desarrollo, pues la única manera de progresar es mediante un incremento en la productividad. No hay ninguna posibilidad de lograr lo contrario acrecentando el tamaño del aparato productivo, puesto que habría que hacerlo entre 3 y 10 veces más grande, y ningún país posee tantos recursos ociosos y menos capacidad de éxito en un tiempo razonable.

El capítulo sobre educación de la estrategia digital debe contener dos aspectos complementarios: la educación en el uso de todas las nuevas tecnologías y el uso de la tecnología como herramienta de educación en todas las materias.

La «alfabetización digital» es un término muy utilizado para referirse al primer aspecto; el segundo podría llamarse la alfabetización digital de los educadores. Los docentes necesitan ser los primeros en apropiarse de las últimas tecnologías, si han de tener alguna posibilidad de transmitir esos conocimientos —y principalmente entendimiento— al resto de la población.

Cabe destacar que el vertiginoso ritmo de desarrollo de las tecnologías nunca se va a detener y, por ende, la educación debe ser un proceso continuo que dura ya no 11 ni 20 años, sino toda la vida. Un porcentaje muy elevado de la educación continua se debe entregar de manera virtual.

Así como la infraestructura vial era necesaria para el desarrollo agrícola e industrial, sin infraestructura digital ningún país produce riqueza digital.

En Costa Rica, se creía que teníamos una saludable infraestructura de conectividad debido al elevado porcentaje de la población con acceso a Internet; sin embargo, vino la pandemia y nos obligó a cambiar de parecer, porque la infraestructura actual no sirve para trabajar o estudiar.

Tanto el trabajo como el estudio son actividades intrínsecamente colaborativas y, por esa razón, demandan buenas velocidades tanto de subida como de bajada. La Internet móvil ofrece bajas velocidades y, además, cobro por descarga.

El 80 % o más de las conexiones a Internet fija, mal llamadas de banda ancha, brindan velocidades de subida tan lentas que las tornan inviables para trabajar o estudiar, máxime si una misma conexión debe ser compartida por varias personas de manera simultánea.

Dotar al país de una moderna infraestructura digital significa sustituir la mayor parte de la red que está construida con enlaces de cobre y coaxial, ambos obsoletos. La red de acceso es frecuentemente llamada «la última milla»; es mi opinión que la red de acceso debe serlo de fibra óptica y compartida por todos los proveedores del servicio.

La red de últimas millas puede ser construida y operada por uno o varios operadores, pero sin traslaparse, y ofrecida a todos los proveedores en las mismas condiciones. Se crearía un efecto similar al de la portabilidad (para el cliente final es muy fácil cambiar de proveedor), manteniendo los precios bajos y la calidad alta.

Se estima el costo total en $550 millones y el tiempo requerido, en uno o dos años. Esta red, además de potenciar el trabajo y el estudio, también brindará la oportunidad de desechar la red de telefonía fija, también obsoleta y que genera decenas de millones de dólares de pérdidas todos los años. Una rápida desconexión de la red de telefonía fija ayudará a financiar la nueva red de acceso.

Educar a toda la población en el uso de la tecnología y utilizar la tecnología en toda la educación es más difícil y tomará más tiempo que dotar al país de infraestructura digital de clase mundial. Con el fin de cerrar las brechas digitales, hay que hacer las dos cosas.

Al cerrar las brechas digitales (atrayendo mucha más gente hacia el lado correcto de la brecha) se promueve la creación de riqueza digital y la productividad y el bienestar serán mayores.

Espero escuchar la opinión de los candidatos con respecto a este tema durante el proceso electoral.

roberto@sasso.cr

El autor es ingeniero.