Columnistas

Pese al ridículo, tenemos democracia

En vista de que hay candidaturas para todos los gustos, lo mejor que podemos hacer es leer, analizar y escuchar

Últimamente me mueven sentimientos de estupor, enojo, risa y curiosidad cuando analizo el proceso electoral que recién comenzó.

Cada tanto veo algún video o leo una noticia sobre una u otra de las decenas de personas que aspiran a llegar a Cuesta de Moras o a Zapote, y viene a mi mente un reportaje de Sofía Chinchilla Cerdas, en el cual nos recuerda que nuestros primeros políticos y funcionarios fueron descendientes de cuatro antiguos cobradores de la Corona, cuatro hombres, miembros de las élites coloniales de San José y de Cartago.

Al estilo de «La dinastía de los conquistadores: la crisis del poder en la Costa Rica contemporánea», de Samuel Stone, ese linaje sería una cuerda del pasado hasta el presente, que ayuda a entender mejor lo que nos pasa, políticamente hablando.

Conduce a preguntarnos cuál relación existe entre ese origen y el comportamiento desleal con el pueblo que cada vez más políticos manifiestan. También, a cuestionarnos acerca de cuáles puntos de encuentro hay entre el oficio de cobrar a la gente pobre para un reino y los comportamientos y hechos que vemos en nuestra clase política, como, por ejemplo, los que enumero a continuación en este resumido repaso.

Por un lado, tenemos los hechos que llamaré «estructurales», catálogo donde incluyo los manejos económicos turbios, tales como las organizaciones paralelas para la administración del dinero de la deuda política; el sexismo partidario, patente en el número de mujeres candidatas con menos probabilidades de llegar al poder y en prácticas encubiertas o condenas por acoso sexual; transfuguismo, justificado por principios éticos, pero cuyo objetivo final es mantener protagonismo en el poder; empleo perverso de los males que nos aquejan para sacar ganancia política personal, como lo que hemos visto en la Asamblea Legislativa en relación con la covid-19; discursos populistas, como aquellos que apelan a la juventud como garantía de éxito en la función pública, los que prometen eliminar impuestos o aseguran estar motivados por el amor, perseguir la felicidad para todo el pueblo o ser el candidato original o el portador del clamor popular por la libertad.

De seguido, podemos notar la madera moral de que están hechos si prestamos atención a sus declaraciones anticientíficas y comportamiento, es decir, si son parte del movimiento antivacunas, que inflige un gravísimo daño a la salud pública; si hacen berrinches, al estilo «así no juego», que incluye cambiar de silla, salirse porque no obtuvieron lo que querían, etc.; si lloran desconsolados porque fueron desplazados; si no respetan las reglas y culpan al Tribunal Supremo de Elecciones; si protagonizan pleitos familiares como parte del quehacer político, cual si fueran actores en «La casa de las flores»; si muestran arrogancia y desprecio contra la gente, como el candidato a presidente y la diputada que aparecen en un video, riendo burlonamente mientras miran a una votante que les reclama; o si los caracterizan las luchas por el poder, mal disimuladas, pero reveladas en las asambleas partidarias donde la gente se levanta, grita y se va.

Por último, la variedad de candidaturas: vendedores de casados a mil colones, pastores evangélicos, bloqueadores de calles, seguidores del clorito de sodio, lacrimosos eternos, odiadores de canales televisivos y periódicos, fugados… quienes, para motivarnos, bailan, levantan el pulgar, nos hablan dicharacheramente, se tiran ropa encima y se la quitan o juegan fútbol.

¿Y al otro lado de la calle? Ustedes y yo, decidiendo si nos dejamos llevar por el desaliento, la desinformación y la rabia, o lo seguimos intentando en la medida en que hacerlo es apostar por que, pese a esta triste fotografía, nos queda algo precioso: nuestra institucionalidad democrática que posibilita, entre otras cosas, que usted y yo estemos hablando de próximas elecciones y analizando a los muchos aspirantes.

Me parece que lo mejor que podemos hacer es asumir nuestro ejercicio ciudadano y leer las notas al pie de página de lo que cada competidor haga y diga, porque, como dice el presidente del Tribunal Supremo de Elecciones, Luis Antonio Sobrado, la indiferencia no hace la diferencia.

Nos queda, también, la esperanza, pues entre el oportunismo y el populismo encontraremos a alguien parecido al bueno de Gargantúa, quien, de adolescente, defendía a la luna de los lobos.

isabelgamboabarboza@gmail.com

La autora es catedrática de la UCR.

Isabel  Gamboa Barboza

Isabel Gamboa Barboza

Doctora en estudios culturales y sociales, dedicada a la docencia universitaria y a la investigación del sufrimiento y el vínculo social, las desigualdades entre mujeres y hombres y los discursos culturales acerca de la pobreza, la salud, la enfermedad y el poder, entre otros.