Roberto Sasso. 18 abril

Es inusual que la respuesta esté disponible antes que la pregunta. A finales de los años setenta del siglo pasado, las computadoras personales aparecieron sin que estuviera claro para qué servirían. No había aplicaciones.

Tampoco es inusual que los capitanes de la industria menosprecien la nueva tecnología que todavía no ha encontrado su principal problema. En 1981 el presidente ejecutivo de Digital Equipment Corporation (DEC) afirmó que no imaginaba quién podría querer una computadora en la casa.

En el 2000 conocí la tecnología Bluetooth y me manifestaron que era para comprar un refresco en una máquina, con el teléfono. Básicamente no servía para nada; era una solución en busca de un problema.

Pocos años después, la utilizaron para hablar por teléfono y conducir al mismo tiempo, sin violar la ley. Luego vinieron los audífonos, los parlantes y toda suerte de dispositivos inalámbricos. Para muchos es difícil imaginar hoy la vida sin Bluetooth.

Nuevo lío. La telefonía celular de quinta generación (5G) presenta una enorme oportunidad, no solo para quienes desarrollan o ponen en ejecución la tecnología, sino también para quienes encuentran el problema por resolver.

Posee tres características técnicas que la distinguen: velocidad, latencia y capacidad. Adicionalmente, requiere muchas más antenas, más pequeñas y más cerca unas de otras, ya que la señal viaja distancias más cortas. Al igual que las tecnologías anteriores de telefonía celular, las antenas deben conectarse a la fibra óptica para llevar la señal al resto del planeta.

La tecnología 5G es como 100 veces más veloz que la 4G y se esperan velocidades promedio cercanas a los 400 Mbps y velocidades máximas de 10 Gbps.

La latencia es el tiempo que tarda el primer paquete en ir y regresar al servidor, algunos lo llaman el impuesto fijo a toda comunicación porque es imposible efectuar nada hasta que eso suceda; se espera que sea 50 veces menor, de 50 milisegundos promedio a 1 milisegundo promedio.

La latencia facilita aplicaciones en tiempo real que antes eran posibles solo dentro de un ambiente industrial controlado y alámbrico.

La capacidad del sistema se refiere a la cantidad de dispositivos conectados al mismo tiempo en un kilómetro cuadrado. Se cree que mejorará 200 veces, de 5.000 dispositivos por kilómetro cuadrado a un millón de dispositivos.

Uno podría pensar que tanta capacidad es innecesaria en Costa Rica, porque nunca vamos a tener cerca de un millón de dispositivos por kilómetro cuadrado, pero eso es cierto únicamente si pensamos que el número de aparatos es proporcional a la cantidad de personas (unos pocos por cada una). Pero la Internet de las cosas abre miles de oportunidades para tener dispositivos en todas partes.

Aprender haciendo. Igual que en 1978 era urgente colocar los dedos en el teclado de una computadora personal, no necesariamente para desarrollar un killer app (como Word o Excel) y volverse ultramillonario, sino para aprender y capturar el poder futuro de la tecnología, hoy es necesario empezar a utilizar la 5G, aunque se demoren años en contar con la tecnología disponible para resolver problemas reales. Es urgente aprender, y no se aprende leyendo un libro, sino haciendo. Cuando se sabe lo suficiente para entender, los problemas aparecen solos.

No siempre es necesario inventar una herramienta para resolver un problema apremiante. En ocasiones es posible encontrar el problema que se resuelve con una solución existente, pero eso es muy difícil sin entendimiento.

Es beneficioso para los dueños de la solución (operadores de redes y proveedores de servicio) ofrecer la respuesta para que entre todos busquemos los problemas. Probablemente sea demasiado ambicioso incluirme yo, o a mi generación, entre los buscadores de problemas. Es mejor si lo lleva a cabo talento joven y sin prejuicios.

Todo esto presenta problemas, primero, de política pública, pues no se despliega la 5G sin utilizar el espectro radioeléctrico (el cual nos pertenece a todos y es escaso). Hay que tomar en cuenta que las inversiones son cuantiosas, no solo en equipamiento, sino también en infraestructura.

Un problema pendiente en este país es cómo evitar la duplicación y triplicación de las inversiones en infraestructura, porque encarece enormemente el servicio y reduce la competitividad, pero ese es un hecho que nadie menciona, mientras vemos muchos kilómetros de fibra óptica en los postes y rollos enormes guindando en las esquinas.

Más allá de la nariz. Otro problema, no trivial, es cómo hacer que los capitanes de la industria entiendan y aprecien el potencial de la tecnología y, más difícil aún, que confíen en la nueva generación para encontrar los problemas que esta tecnología vendrá a resolver.

No sabemos si los principales problemas serán los vehículos autónomos (comunicándose entre ellos en tiempo real) o aplicaciones de Internet de las cosas que lleven a ciudades verdaderamente inteligentes.

Muchos de los problemas por resolver no los reconocemos actualmente como tales. Aparecerán como resultado de otros desarrollos tecnológicos, como inteligencia artificial, robótica, nanotecnología, biotecnología y toda clase de combinaciones entre ellas.

Un reto interesante es evitar que el despliegue de esta tecnología aumente todavía más la brecha digital. Dado el monto de las inversiones, ¿cómo diseñar un modelo de negocio que promueva el uso y al mismo tiempo garantice el retorno de la inversión en un plazo razonable?

Lo que sí sabemos es que el modelo actual no servirá, si insisten, y los reguladores lo permiten, cobrar por descarga (dada la velocidad y la cantidad que es posible descargar por segundo). Podría convertirse en un juguete de los ricos, con lo cual se limitaría seriamente el uso y derrotaría el propósito de utilizar la tecnología para mejorar la calidad de vida.

El autor es ingeniero.