Jacques Sagot. 22 agosto

La autocrítica no es un ejercicio mental placentero. Eso no lo ignora nadie. Sabe a aceite de ricino, tiene un regusto ácido y ferruginoso que las papilas gustativas de nuestra alma rechazan desde que entran en contacto con ella. Sin embargo, es imposible crecer intelectual y espiritualmente sin practicar esa calistenia, esa higiene del alma llamada autocrítica, y esto es cierto tanto de los individuos como de las colectividades y las naciones.

Santiago, español de nacimiento, costarricense por adopción, critica nuestro país porque lo ama. Si no lo amase, se confinaría al silencio.

Al costarricense no le gusta la autocrítica. Tiene razón: es un repugnante menjurje. Mejor seguir durmiendo plácidamente al arrullo de nuestra mitología patriótica, acogernos a la gran mentira del excepcionalismo costarricense: somos el país más feliz del mundo, somos el país con más parques naturales protegidos en relación con nuestra superficie, somos el país del “pura vida”, somos el único país del mundo sin ejército, somos la más vieja democracia de Latinoamérica, tenemos más especies de flores que todo el territorio de los Estados Unidos, nuestra armada está formada por maestros, nuestra educación es obligatoria y gratuita desde 1869, en Costa Rica no se violan los derechos humanos, tenemos el mejor café del mundo, nuestras mujeres son las más bellas del planeta, nuestras montañas son las más azules, nuestras playas son las más paradisíacas, nuestros volcanes son los más majestuosos, nuestros ríos son los más prístinos, nuestros valles son los más idílicos, nuestro Teatro Nacional es el más bello del orbe, nuestro cielo es el más diáfano y azul, y nuestra paz, la más blanca e impoluta desde que dio inicio el Big Bang.

Santiago Manzanal, filósofo distinguidísimo, autor de una monografía notable sobre Clodomiro Picado, editor de viejo cuño en La Nación y el extinto Al Día, profesor con trayectoria en todas las universidades estatales del país, viene de publicar un libro que puede, sacrílega, heréticamente, atentar contra algunas de estas certezas.

Lo titula Verdades sin anestesia. Como un médico honesto y responsable, le advierte al paciente de que el proceso al que va a ser sometido dolerá. Y el libro duele, sí. Como el potro de tortura que a punta de poleas y cuerdas estiraba el cuerpo de las víctimas hasta el dislocamiento de hombros, caderas, en fin, de todas las articulaciones. Era el suplicio favorito de Torquemada y uno de los más usados por la Inquisición española.

El cuerpo solía ganar hasta doce pulgadas de extensión después de ser sometido al lento y atroz estiramiento. Así que el libro de Santiago nos va a expandir, a estirar, a hacer crecer, a ganar en conciencia y lucidez… aunque por ahí de pronto duela un poquillo.

El arte de la ironía. Santiago cultiva una modalidad discursiva a la que el costarricense es completamente ajeno, y con la cual apenas comienza a familiarizarse: la ironía.

El excelso instrumento retórico y mayéutico de Sócrates, sí, pero también de Voltaire, Musset, Wilde, Shaw, Jardiel Poncela, Ionesco, Pirandello, Chaplin, Buñuel, Tati. Usa también sus manifestaciones derivativas: el sarcasmo, el humor negro, la sátira, la caricatura, el pastiche, la fisga, que son, sin excepción, hijas de la ironía.

En un derroche de inventiva delicioso, Santiago echa mano de recursos tan disímiles como la epístola, la autoentrevista, el apólogo, la parodia, el discurso político o académico, el manifiesto popular, la gacetilla periodística, la fábula, la arenga de plaza pública, la homilía, la plegaria… cambia el registro de su verbo constantemente y el resultado es un verdadero festín para el lector.

Verdades sin anestesia es la obra de un filósofo: es cosa palmaria desde su primer párrafo, pero en no menor medida de un juglar, un catador, un goloso de la palabra.

¡Bien: los mejores libros del mundo no fueron producidos con el intelecto, sino con las vísceras!

Empero, no por ello pierde el libro las trazas de su origen: hay en su estilo mucho de periodístico, sea esta noción tomada en su más noble sentido, y recordando que el periodismo es, también, una expresión literaria. Es periodismo de opinión de primerísima línea. En la mejor tradición de Pío Víquez, Otilio Ulate, Enrique Benavides, Guido Fernández, Julio Rodríguez y Armando González.

Un libro de diagnóstico social, político, cultural, antropológico. Armado de un formidable aparato analítico, de una agudísima sensibilidad histórica, Santiago practica un corte histológico profundo en la piel de nuestro país y expone tumores, carcinomas, abscesos, virus, bacterias, hongos. Es un patólogo de la sociedad.

Humor. El libro está lleno de pasión: es la obra de un hombre con un altísimo nivel de calorías emocionales. También hay rabia, ira, impaciencia, exasperación… Pero su ira se ve siempre atemperada por el humor.

Ese humor que es el rasgo distintivo de las personas inteligentes. Santiago no escribe para tontos: eso es evidente y conviene saberlo antes de dar inicio a la lectura. A veces ríe para no llorar, a veces llora para no reír, a veces ríe a través de las lágrimas y en ocasiones el llanto explota en mitad de la carcajada.

Fuere como fuere, partimos de un hecho axiomático: cuando la crítica no es, esencialmente un acto de amor, es mera letra muerta. Santiago, español de nacimiento, costarricense por adopción, critica nuestro país porque lo ama. Si no lo amase, se confinaría al silencio, a la afasia, a la indiferencia, que siempre serán posturas más cómodas, menos expuestas, más fáciles, menos riesgosas. Su crítica es, primordialmente, un acto de amor. Critica porque ama y porque sueña con una Costa Rica susceptible de crecimiento, siempre perfectible.

El libro es provocador, delicioso, divertido, perturbador, hilarante, irritante, informativo, interpretativo, irreverente, un verdadero fuego de artificio de ingenio y torrencial elocuencia. Impregnado de ese donaire celtibérico tan propio de Ortega y Gasset, Unamuno, Díaz Plaja, Azorín.

Santiago lee a Costa Rica como si esta fuese un libro abierto. El suyo es un hercúleo ejercicio de exégesis social, de hermenéutica histórica, de decodificación de signos y semiótica de la palabra y la imagen.

Hay que leerlo. Leerlo con una Lisalgil, una Tylex o, por lo menos, una sal de Andrews a mano, pero leerlo. No se priven de él. Está escrito con bilis, jugo pancreático, sangre y urea: ¡Bien: los mejores libros del mundo no fueron producidos con el intelecto, sino con las vísceras!

Es probable que San Juan de la Cruz haya escrito las primeras estrofas de su Cántico espiritual usando el pigmento de su propio excremento a guisa de tinta, en las paredes de una abyecta mazmorra de Toledo.

El gran escritor rara vez usa tinta: es cosa que la gente “decente” suele ignorar. Iré más lejos: Santiago es uno de esos autores que escriben, parafraseo aquí a mi amigo Alí Víquez, “en estado de erección”, y no desde la flacidez y la abulia característica de plumas menos fogosas. Por todo esto y por mil razones más, hay que leerlo. Atrévanse, y después lo comentamos.

El autor es pianista y escritor.