Abril Gordienko. 10 julio

La equidad de género forma parte de los objetivos de desarrollo sostenible planteados por la Organización de las Naciones Unidas para el año 2030.

Empoderar a las mujeres antes de la emergencia de la covid-19 era un imperativo socioeconómico, la crisis sistémica causada por la pandemia y su efecto sobre las condiciones de vida de las mujeres y sus familias visibiliza más la urgencia de lograrlo.

A pesar de ser la mitad de la población, en la era prepandemia las mujeres conformaban solo el 38,36 % de la población ocupada del país y únicamente la mitad en capacidad y edad de trabajar participaba en el mercado laboral.

En otras palabras, tenemos un bono de género muy significativo cuyo impacto podría ser tan determinante que, según el Programa Estado de la Nación, si todas las mujeres desempleadas o en posibilidad de trabajar tuvieran empleo, la pobreza bajaría al 11 %, esto es, la mitad de la tasa pre-covid-19.

La brecha salarial en Costa Rica ronda el 15 %. En actividades como servicios y comercio, las mujeres ganan hasta un 24,2 % menos que los hombres.

Las parejas jóvenes no son mucho más igualitarias al dividir los quehaceres del hogar de lo que eran hace tres cuartos de siglo.
Las parejas jóvenes no son mucho más igualitarias al dividir los quehaceres del hogar de lo que eran hace tres cuartos de siglo.

La pandemia, sin duda, exacerbará las barreras y las distancias. Las investigaciones demuestran que las brechas no se deben a un nivel educativo inferior ni al tipo de puestos, sino, principalmente, a discriminación por razón de sexo, derivada en sesgos subyacentes.

Las mujeres costarricenses están más preparadas que los hombres. Son el 60 % de los graduados en todos los niveles del sistema educativo, y, al contrario de la creencia popular, son el 53 % del total de graduados en carreras de Ciencia y Tecnología.

Sin embargo, múltiples barreras sistémicas (familiares, sociales, culturales, económicas, etc.) dificultan el acceso, la permanencia y el ascenso de la mujer en el ámbito laboral a puestos de mayor responsabilidad, decisión y remuneración.

En el centro de la feroz tormenta. El vertiginoso aumento del desempleo y del subempleo de los últimos meses ha afectado más a las mujeres que a los hombres.

Además de los trabajos en la economía informal, los sectores más golpeados son aquellos con fuerte participación laboral femenina, como servicios, comercio, atención al cliente, hotelería y alimentación.

Aparte de la precariedad económica, la falta de empleo formal condena a infinidad de mujeres a una deficiente atención sanitaria y a no tener una pensión en el futuro, lo cual acrecienta la dependencia de su pareja, familiares o el Estado.

Por otra parte, más mujeres en la fuerza de trabajo formal ampliaría la base de contribuyentes al sistema de seguridad social, por citar solo uno de los beneficios.

Otra consecuencia del coronavirus es una notable recarga de tareas sobre las mujeres. En tiempos normales, ya dedicaban semanalmente 22 horas más que los hombres a quehaceres del hogar no remunerados.

Tras el cierre de centros educativos, deben atender a los hijos el día entero, ocuparse de las labores domésticas y del cuidado de adultos mayores u otros familiares, así como del trabajo remunerado (las que cuentan con la suerte de tenerlo).

El costo de la inequidad de género no solo perjudica a las mujeres y los beneficios de la equidad no solo las favorecen a ellas.

La equidad hace a las economías más resilientes y produce más crecimiento económico y progreso social. Según un estudio del Fondo Monetario Internacional (FMI) del 2019, el cierre de las brechas en los países con peores inequidades en las tasas de participación laboral podría incrementar el producto interno bruto, en promedio, un 35 %.

Según datos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la reducción de la pobreza en América Latina en los primeros 14 años de este siglo se debió en buena parte al incremento de los ingresos de las mujeres por su incorporación al trabajo remunerado y a que ellas invierten más en alimentos, salud y educación para los hijos.

Los hogares jefeados por mujeres solas corren más riesgo de pobreza (31 % más que donde la jefatura es masculina), por lo cual invertir en ellas reduce la transmisión intergeneracional de la pobreza.

Llave para la igualdad. Más presencia femenina en cargos de decisión dentro de las empresas ha probado tener un retorno del 42 % en las ventas y un 66 % en la rentabilidad (Cepal, 2017).

En otros términos, existe una correlación entre el desempeño y el valor de mercado de las empresas y la participación de mujeres en roles de liderazgo.

En Costa Rica solo el 27,5 % de las mujeres que forman parte o trabajan en alguna organización ocupan cargos de dirección; únicamente el 36,7 % de los puestos de directiva y gerencia están ocupados por mujeres. Donde más participan y dirigen es en organizaciones religiosas o de beneficencia.

En el ámbito político, varias reformas legales y resoluciones derivaron en la representación política paritaria en el Legislativo. Pero no sucede igual en las alcaldías, a pesar de que las mujeres tienen gran presencia en las organizaciones comunales.

Los partidos políticos siguen fallando en la apertura de espacios y la promoción de liderazgos femeninos, y desaprovechan los probados beneficios sociales de contar con la diversidad en la decisión de políticas públicas.

Acciones necesarias. Es prioritario dirigir apoyo, oportunidades y recursos a superar las barreras estructurales, de modo que miles de mujeres se incorporen, permanezcan y asciendan en la fuerza laboral en condiciones equitativas con sus pares masculinos.

Las políticas de inserción y reinserción laborales deben diseñarse teniendo en cuenta la diversidad de perfiles de la mujer desempleada y las necesidades de los sectores de la economía y las regiones del país.

Deben ampliarse los programas de capacitación y actualización de conocimientos duros y habilidades blandas para facilitar el acople entre las mujeres y el mundo del trabajo.

En educación, es necesario incorporar la sensibilización para la diversidad y la concientización de los sesgos implícitos que son, al fin y al cabo, lo que subyace en los obstáculos sistémicos, la discriminación y las diversas formas de violencia contra la mujer.

Además de ampliar el acceso a la tecnología, urge un esfuerzo por alfabetizar digitalmente a las mujeres a fin de generar empleabilidad; de lo contrario, la brecha tecnológica seguirá profundizando la de género.

Según datos recientes del Instituto Nacional de Estadística y Censos, el 60 % de las mujeres se conecta a Internet desde su casa y a través de un celular principalmente. Solo un 51 % había usado una computadora durante los primeros tres meses del año.

Como en muchos países, el Estado puede crear incentivos fiscales y no fiscales para que las empresas contraten y retengan a las mujeres, así como apoyar los esfuerzos y buenas prácticas de equidad de género como ya es habitual en varias organizaciones.

La crisis le ofrece a Costa Rica una oportunidad de saldar una deuda histórica con las mujeres, con vistas a mejorar su calidad de vida, lo cual se traducirá en crecimiento económico y progreso social.

La autora es activista cívica.