Eduardo Ulibarri. 5 septiembre

Cuando el periodista Aarón Sequeira preguntó a uno de los participantes en la marcha multitemática del martes 25 de agosto por qué protestaba enfrente de la Presidencia, la respuesta trascendió por mucho la reducida geografía de Zapote.

“Es un gobierno mundial que se quiere instalar —dijo— y todos los gobiernos títeres, como este que tenemos, son hijos del demonio, porque apoyan algo del demonio y yo tengo que luchar contra todo esto”.

Atribuir a designios del maligno las decisiones gubernamentales tiene un carácter tan abstracto que, en el fondo, desintegra el argumento. Porque una teoría conspirativa que se remite hasta las ardientes llamas del Infierno terminará convertida en humo.

Pero hay otras más tangibles, terrenales, atractivas y peligrosas. Ese mismo martes, por ejemplo, también protestaron seguidores del grupo QAnon, una especie de secta articulada mediante las redes sociales y que, gracias a ellas, ha proyectado sus distorsiones, prejuicios, invenciones y perversiones más allá de Estados Unidos, donde surgió.

Añejo guion. Aunque moderno en sus métodos, QAnon sigue los patrones más añejos, desgastados, desacreditados y descabellados —pero no por ello inocuos— de las teorías conspirativas que han castigado al mundo por siglos: atribuir a personas, grupos o causas que nos generan prejuicios o rechazos acciones concertadas y deliberadas para perjudicar a la humanidad.

Con rancios tufos racistas y antisemitas, los quanonistas denuncian, entre otras cosas, una pérfida red global de pedófilos y caníbales, entre los que se destacan Hillary Clinton, Barack Obama y el filántropo multimillonario húngaroestadounidense George Soros. Su objetivo final es desacreditar o destruir a Donald Trump, pero este, que siempre va adelante, está pronto a desmantelarla.

Que su pestilencia haya llegado hasta Costa Rica revela, más allá de la imaginería específica de QAnon, el poder seductor de las teorías conspirativas; también, su capacidad de alienar individuos, doblegar reductos de sensatez y distorsionar el debate público, con múltiples consecuencias.

El menú de conspiraciones para escoger es enorme y expansivo:

Bill Gates impulsa las vacunas porque quiere implantar en los niños chips para manipularlos remotamente. La covid-19 es una creación del capitalismo universal (o de los chinos comunistas) para imponer sus designios mundiales. Quienes rechazan los remedios instantáneos para matar el virus lo hacen como agentes de las grandes compañías farmacéuticas, lo reditúan sin escrúpulos.

Los illuminati están empeñados en convertirnos al paganismo, y su primer paso es secularizar la sociedad. La “ideología de género” es el nuevo instrumento del marxismo. Los masones aún no han triunfado en sus ímpetus de dominio universal, pero mueven en secreto sus hilos y en cualquier momento darán el golpe final. Los judíos controlan una élite financiera y cultural global que no deja a salvo ningún reducto de poder.

En Costa Rica, los empresarios de Horizonte Positivo esconden bajo sus iniciativas de colaboración público-privada la ambición de controlar el gobierno para beneficio de unos pocos. En la otra acera, los agentes del Foro de São Paulo avanzan sigilosamente en la imposición del castro-chavismo.

Móviles diversos. La lista podría seguir, con versiones de malevolencia diversa. Y mientras algunos inventos conspirativos pierden aliento, otros los sustituyen, y unos pocos se las arreglan para tener vigencia secular. ¿Por qué? Hay muchas respuestas; entre ellas: porque encubren nuestros prejuicios —sean ancestrales o coyunturales— con un marco conceptual que nos permite racionalizarlos; porque nos dotan de acompañantes y sentido de pertenencia a grupos; porque dan respuestas fáciles a lo que nos resulta difícil comprender, o porque nos ofrecen chivos expiatorios para descargar temores, frustraciones, iras o rechazos.

Las teorías conspirativas nos liberan de nuestro deber de racionalidad, de indagación y de deliberación, siempre trabajosos. Nos ofrecen razones únicas para explicar fenómenos con causas múltiples y a menudo recónditas, que solo pueden surgir desde la investigación rigurosa. Reducen el complejo tejido de los sistemas políticos o sociales a sus elementos más simples. Por ello, en muchos casos actúan como fuente de comodidad cognitiva; en otros, de alivio o regocijo emocional.

Si las utopías nos ofrecen mundos imaginarios e inaccesibles, con distintos grados de fantasía y perfección, las teorías conspirativas nos explican sin recurso a la duda de dónde salen las perversiones que imaginamos y quiénes son sus responsables. No admiten las dudas, porque tienen respuestas a mano para todo. De este modo funcionan para eliminar la ambigüedad tan típica —pero, a la vez, inquietante— de la condición humana.

Por sí mismas, esas teorías, que también desmovilizan la voluntad, nos despojan de responsabilidad y subliman los sentidos de deber o logro individuales, pasan facturas múltiples. En algunos casos, se incrustan exclusivamente en nuestros pliegues psicológicos más íntimos y succionan sus rasgos autónomos. El costo entonces es personal. Pero cuando responden a estrategias deliberadas de distorsión para generar confusión, cinismo u odio y, desde ellos, impulsar intereses políticos, económicos o religiosos, su víctima es todo el cuerpo social y, con él, la democracia, al menos en los países donde existe. Como Costa Rica.

Razón democrática. Para el gran historiador, sociólogo y filósofo alemán Jürgen Habermas, uno de los pensadores políticos más influyentes de nuestra época, la democracia es un sistema en el cual la comunicación libre triunfa sobre el poder desnudo. Lo hace a partir del intercambio o confrontación argumentativa racional entre ciudadanos iguales. De ahí surge su legitimidad; también, su capacidad de perfeccionamiento, el arraigo de sus instituciones y las garantías para cada individuo.

Eliminemos la razón, desautoricemos el valor del conocimiento, pongamos en duda todo referente fáctico, manipulemos la realidad al antojo de los prejuicios, y la discusión serena y creativa, indispensable para la vida democrática y la convivencia civilizada, muta en competencia de gritos, prejuicios, suspicacias y neurosis colectivas. Se transforma entonces en caldo de cultivo para el autoritarismo o el populismo.

A esto aspiran quienes fomentan deliberadamente las teorías conspirativas; a esto coadyuvan quienes, por razones diversas, sucumben a ellas y actúan como difusores. Nunca desaparecerán ni los manipuladores (pocos) ni quienes reproducen sus versiones (muchos más). Pero quizá la acción comunicativa racional postulada por Habermas, no importa en qué versión, sea un antídoto con razonable impacto.

El autor es periodista y analista.