Lo que sigue no es realismo mágico, sino realidad absurda: gracias a un canon a las empresas que deben informarle sobre sus fusiones o adquisiciones, la Comisión para Promover la Competencia (Coprocom) puede recibir significativos ingresos para cumplir con sus tareas. Sin embargo, se verá obligada a suspender el cobro porque, debido a los drásticos recortes presupuestarios que le han impuesto, no cuenta con personal para tramitarlo. Así lo anunció su comisionado, Guillermo Rojas, quien proporcionó otro dato: en lo que va del año, apenas han recibido un 28 % del financiamiento que, por ley, les corresponde.
El absurdo es obvio, pero lo hago explícito: como no le dan recursos que le permitan cobrar, la Coprocom está incapacitada para captar más recursos. Y como los que gira Hacienda son tan escuálidos, la pobreza se acentúa y, con ella, la debilidad para ejercer sus funciones: un círculo vicioso de graves consecuencias. De aquí a la inoperancia el camino es corto.
¿Y por qué debe preocuparnos la suerte de esta institución? La razón fue destacada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en su informe de este año sobre la economía nacional: “La competencia débil tiende a traducirse en precios relativamente altos de los bienes para los consumidores y de los insumos para las empresas”. Lo primero, añado, aumenta el costo de vida; lo segundo reduce la productividad. Este impacto, dice la OCDE, se da particularmente “en agricultura y manufactura”, es decir, la economía de base local. Como resultado, toda la sociedad pierde.

