Armando González R.. 28 julio

Veinte muertos y veinticinco intoxicados, varios de los cuales sufrirán secuelas a consecuencia de la ingestión de metanol, son una tragedia de grandes proporciones, especialmente, en un país pequeño. En cualquier otro, la Policía habría levantado cada piedra para hallar a los responsables. Hace casi un mes, contamos muertos y, por lo visto, no hemos parado de contar.

Los investigadores policiales resuelven, día tras día, casos más complicados y menos peligrosos. Es difícil creer que con 45 afectados, más de la mitad sobrevivientes, es decir, testigos, haya sido imposible rastrear la cadena de compras hasta el origen del producto para entender lo sucedido y establecer responsabilidades.

Si el espeluznante número de víctimas no basta para hacernos comprender las dimensiones de la tragedia, quizá la atención prestada al suceso en el extranjero sirva de despertador.

Casi todos los muertos pertenecen a poblaciones menospreciadas por su condición económica o alcoholismo extremo. Algunos son indigentes, condenados a vivir en las calles. Quizá, si las muertes se hubieran dado en otros estratos, las investigaciones habrían sido tan rápidas como es de esperar a partir del número de víctimas y de la persistente amenaza para la salud pública.

La condición de los perjudicados es, casi seguramente, la razón del tono moderado de las reacciones. El número de víctimas supera las del incendio del Calderón Guardia, del avión de Nature Air, del incendio en el asilo de Tilarán o del accidente del autobús lleno de pensionados de la Universidad Nacional en Cinchona. Además, es un caso en el cual la intervención de mano criminal es evidente.

Sin embargo, el escándalo no guarda proporción con la tragedia. La reacción se manifiesta más como una preocupación por la posibilidad de consumir licor adulterado sin saberlo, en un bar, por ejemplo, o que la imagen del país sufra deterioro a consecuencia de las noticias difundidas en el extranjero.

Entre las informaciones internacionales hay algunas inexactas y hasta absurdas, como la de la cadena de televisión estadounidense que nos declaró isla. Un país tan dependiente del turismo tiene razón de preocuparse por la mala publicidad, pero la primera conclusión derivada de la atención mundial es el carácter extraordinario del suceso.

Si el espeluznante número de víctimas no basta para hacernos comprender las dimensiones de la tragedia, quizá la atención prestada al suceso en el extranjero sirva de despertador. Con toda razón, para Fox News, 20 muertos por ingerir metanol en Costa Rica es una enorme tragedia. ¿Por qué no terminamos de entenderlo los habitantes de la isla? Es para ponerse a pensar.

Armando González es editor general del Grupo Nación y director de La Nación.