Jorge Guardia. 18 noviembre, 2019

Es difícil discrepar del valioso diagnóstico del Programa Estado de la Nación (PEN), no así de sus soluciones implícitas o explícitas. Una de ellas acaparó mi atención: impulsar un nuevo “estilo de desarrollo”.

Un acuerdo con el FMI, lejos de exacerbar las expectativas, las habría mejorado; mantener el empleo público y las mismas instituciones no son logros, sino puntos ciegos que enajenan la inversión pública en detrimento de la productividad.

Afirma que el modelo actual tiene debilidades de fondo (puntos ciegos), dos de ellos muy graves: 1) “La apertura comercial y transformación económica se impulsaron para mejorar la competitividad, pero no lo lograron por falta de encadenamientos productivos y laborales”. 2) “La inversión social fue impulsada como medio para lograr mayor equidad y reducir la pobreza, pero tampoco la redujo ni evitó la desigualdad”.

La primera “ceguera” puede verse de dos maneras: que el libre mercado fracasó, al igual que sus hijuelas (apertura comercial y globalización) y ha de ir al quirófano por indolente; alternativamente, que el proceso de liberalización nunca se completó por la oposición ideológica y política al que fue sometido (otra ceguera) y no tuvo, o no le dieron, chance de cuajar mejores resultados. Esta es más afín a mi pensamiento.

Los dos últimos gobiernos no favorecieron el TLC (pero no lo denunciaron); no se adhirieron a la Alianza del Pacífico; no atacaron otros puntos ciegos no mencionados en el PEN, como las gravosas formas de proteccionismo que persisten en la economía dual (agrícola, tributario, financiero, laboral, monopolios estatales) ni otras distorsiones que mancuernan la eficiencia, productividad y empleo. La discusión es qué hacer en el futuro: ¿Más mercado o más Estado? Voto por profundizar la liberalización en vez de abortarla o asfixiarla con abrasivas regulaciones.

Con la segunda “ceguera” tengo menos discrepancias. Coincido en que el estilo de desarrollo social no funcionó bien por fallas del Estado: demasiadas instituciones, descoordinación, poca eficacia y muchísimo del gasto social se esfuma en salarios. De nuevo, qué hacer: ¿Estado dispendioso o parsimonia eficaz? Ya imaginan mi respuesta. Tengo otras divergencias: creo que un acuerdo con el FMI, lejos de exacerbar las expectativas, las habría mejorado; mantener el empleo público y las mismas instituciones no son logros, sino puntos ciegos que enajenan la inversión pública en detrimento de la productividad. ¿Incentivar pymes? Sí, pero no con más subsidios ni exenciones (ya no da la cobija); debemos retomar la privatización como opción a más impuestos. Sin duda, algo para pensar.

El autor es abogado y economista.