Irene Rodríguez. 15 agosto
Inés Romero, de 13 años, tuvo su primer hijo a finales de julio en el Hospital de San Vito. Ella estuvo acompañada de su mamá. quien con la experiencia de las parteras Ngöbe, le dio apoyo al momento de dar a luz. John Durán
Inés Romero, de 13 años, tuvo su primer hijo a finales de julio en el Hospital de San Vito. Ella estuvo acompañada de su mamá. quien con la experiencia de las parteras Ngöbe, le dio apoyo al momento de dar a luz. John Durán

San Vito, Coto Brus. Son cerca de las 4 p. m. de un miércoles en el Hospital de San Vito, Coto Brus, cerca de la frontera con Panamá. Marta Marcusi, de la etnia Ngöbe, llega al servicio de emergencias. Tiene 36 años y es su noveno embarazo.

-“¿Vino solita?”, le preguntó el enfermero obstetra Elián Valverde.

-“Sí”, respondió ella.

Previo a su primera revisión, ella escogió vestir un traje verde muy similar y con el mismo corte al que utilizan las Ngöbes en su vida diaria. Las mujeres de esta cultura que dan a luz en este centro médico tienen la opción de ponerse la bata de hospital convencional o este otro vestido, el cual es hecho de la misma tela, pero de color verde agua.

Valverde le explicó a Marcusi que también tiene derecho a traer o llamar a una partera de su agrado para que le asista en el parto, o a algún especialista en medicina tradicional de su etnia o bien, a un asesor cultural o alguien que le ayude a traducir si no entiende español.

Además, su esposo o quien ella decida, puede permanecer a su lado durante todo su internamiento. Le recalca que puede traer al mundo a su bebé en la posición que mejor le resulte, es decir, que tiene más opciones que dar a luz acostada (lo convencional en los sistemas de Salud) y puede hacerlo según la recomendación de las parteras tradicionales: sentada, de cuclillas o de pie.

A la mañana siguiente, ya con su hijo en brazos y sin los dolores del día anterior, Marta manifestó que la atención del parto fue muy diferente a la de los embarazos anteriores.

“Nunca se habían preocupado tanto por mí, o por tomar en cuenta mis creencias o formas de pensar. Yo estoy muy feliz de tener a mi bebé conmigo. Antes, me dejaron una vez tirada en el pasillo”, detalló la madre, quien había tenido a algunos de sus hijos anteriores en la casa y a otros en el centro médico.

Justo a su lado, Inés Romero, de 13 años, acunaba a su primer hijo. Ella estuvo acompañada de su madre durante toda la labor de parto. Su mamá no es partera, pero sí tiene conocimientos básicos y la guió con su voz mientras los obstetras hacían su trabajo. Eso constituyó un apoyo fundamental para que la menor se sintiera calmada, en paz y pudiera dar a luz sin problemas.

“Me siento muy bien y bebé también. Yo estaba muy asustada, pero mi mamá cantó y me fue guiando. Ya al final estaba tranquila”, dijo la adolescente.

El caso de Marta y de Inés no es aislado, es la norma para las mujeres de esta población indígena cuyos embarazos no representen un alto riesgo para su salud o la de sus hijos.

Aquella misma mañana, en el salón de pediatría, Adonay González estaba con su bebé Estuard Benjamín Hemir, de mes y siete días de nacido. El chiquito estaba internado por un problema de respiratorio, pero ella explicó que, desde el momento de su ingreso al hospital para dar a luz y ahora que está con su hijo hospitalizado ha visto cómo componentes de su cultura están presentes en ese centro médico.

“Yo tengo otros dos niños y cuando ellos nacieron tuve que hacer las cosas a como ‘los blancos’ querían. Ahora con el menor fue muy diferente. El papá pudo estar ahí para acompañarme con cantos de los de nosotros. Estar sola antes era muy triste. Ahora él estaba todo orgulloso de poder estar ahí todo el tiempo para ver nacer al hijo: agarrarlo, limpiarlo, abrazarlo, hablarle. Eso también es importante para el papá”, destacó Adonay.

El personal médico reconoció que el hospital no tomaba en cuenta anteriormente el aspecto cultural a la hora de atender los partos de estas mujeres.

“Era ingrato ver la barrera del idioma en algunas. O la forma en la que se les decía ‘quítense el calzón’ apenas ellas llegaban. Si estaban con el esposo a la par no iban a hacer eso, es parte de su cultura”, señaló César Díaz, supervisor de enfermería del Hospital de San Vito.

Valverde, el enfermero, agregó: “a muchas que venían con dolor de parto las dejaban en el pasillo, y en ginecobstetricia nos enterábamos hasta después que ellas estaban ahí. Otras personas imponían mucho su forma de hacer las cosas, y eso las hacía sentir marginadas”.

(Video) Parto con identidad cultural

Parto respetado y con identidad cultural

Los especialistas del Hospital de San Vito sabían muy bien que en ese lugar el concepto de “parto respetado” no puede verse como en los otros hospitales del país. Cerca de una de cada cinco de las mujeres que acuden a este centro médico son de Ngöbes, por lo que era vital adaptarse a ellas.

Así fue como el programa de parto respetado se desmarca de los vistos en otras maternidades costarricenses y se denomina Modalidad de Atención Calficada del Parto y Posparto Centrado en la Mujer y Familia Gestante Humanizado y con Pertinencia Cultural.

“Cuando una mujer va al hospital tenemos que hablar desde antes con ellas para que no le hagan cosas feas. Todas tenemos vergüenza de que nos registren. Que el doctor vea ahí adentro (su vagina), que meta el dedo. Son cosas que no nos gustan. Muchas dicen 'no quiero quitarme la bata mientras sale el bebé, no quiero que me vean desnuda. Nosotros los indígenas no hacemos eso, le damos el tiempo que el bebé necesita para nacer”, indicó María Bejarano, una partera tradicional con más de 20 años de experiencia en La Casona, comunidad indígena situada a unos 40 minutos del centro de San Vito.

Carmen Romero, quien también ya perdió la cuenta de cuántos bebés ha traído al mundo en La Casona desde hace más de 30 años, agregó: “muchas no hablan español, es bueno que haya alguien que traduzca. No es malo que sea en el hospital y con doctor, pero tiene que haber alguien que entienda nuestra cultura y esté presente. Hay muchachas que viven muy alejadas y ni siquiera conocen bien la ciudad (San Vito)”.

“Cuando una mujer va al hospital tenemos que hablar desde antes con ellas para que no le hagan cosas feas. Todas tenemos vergüenza de que nos registren. Que el doctor vea ahí adentro (su vagina), que meta el dedo. Son cosas que no nos gustan”, María Bejarano, partera

“Una vez, en uno de mis partos con solo abrir las piernas el doctor me estaba metiendo las manos de forma violenta, me obligó a quitarme la ropa de forma muy fea. Yo no sentía dolor de parto, sentía dolor del corazón”, recordó Romero, de 53 años de edad.

En la población Ngöbe muchas mujeres tienen su primer hijo entre los 13 y 14 años y son comunes las familias de más de cinco hijos. “Aunque en los últimos años, se ha visto una reducción de seis a cuatro”, aclaró Alexandra Gamboa, médico que trabaja como voluntaria y funge de enlace entre la comunidad indígena y el Hospital de San Vito.

“Tuvimos que cerrarnos a la idea de imponer y abrir nuestra mente a aceptar. El entender a esta comunidad para saber sus concepciones, cómo ven ellas el embarazo, el parto, el posparto y la maternidad en general. El que sepan que en el Hospital van a estar seguras, en un entorno que les protege su vida y la de su niño pero también su visión cultural”, aseveró Valverde.

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Soldados del agua

Hasta el momento, los cambios han dado frutos. Kattia Palacios tuvo a su cuarta hija en febrero pasado y, en este último parto, detectó cambios favorables en la atención.

“No era como antes que me dejaban sola y únicamente tenía derecho a la visita. Me preguntaron que si llevaba partera, como les dije que no, porque ella no podía irse conmigo al hospital, me dijeron que podían llamarla y mandarla a traer. O que podía hablar con ella las veces que yo quisiera. Me preguntaron que si quería oír mi música y hasta pude escoger cómo quería tener el bebé. Al final lo tuve acostada porque me cansé, pero yo decidí”, expresó Palacios, a quien La Nación visitó en su hogar en La Casona.

Los hombres también destacan la importancia de estas adaptaciones. Rufino Villaneda, quien conversó con La Nación cuando Xiomara, su segunda hija, tenía tres días de nacida, opinó al respecto.

“Yo no puedo hablar por ella porque no soy el que siente los dolores del parto, pero me sentí feliz por acompañarla, estuve a la par de las dos todo el tiempo. Eso no pude hacerlo antes y me sentí como lo más importante del mundo (ríe)”, dijo Villaneda.

Otra punto importante de entender, según los entrevistados, es que no toda la población de esta etnia indígena es igual. No todos tienen las mismas costumbres ni la misma cosmovisión, tampoco la misma espiritualidad. Solo en La Casona, el lugar donde habita la mayor parte de la comunidad indígena de Coto Brus, se practican cuatro religiones diferentes: católica, evangélica, bahai y mamatata.

Esto llevó al personal a adentrarse y conocer las diferentes subculturas y saber cómo tratarlas. Por ejemplo, si una paciente de la religión mamatata llega al hospital, quienes la atienden deben saber que esta mujer no consumirá ni cerdo ni comidas con sal. Para ello, los especialistas diseñaron una dieta especial a la que bautizaron “mamatata” para que estas pacientes puedan estar bien nutridas y sin que esto les represente renunciar a sus creencias.

“Necesitamos que ellas tengan todo el soporte nutricional necesario para traer a un bebé al mundo. Antes habíamos notado que no se comían todos los alimentos. Adecuar el menú hospitalario para ellas no es tan difícil, pues hay muchas opciones de proteína además del cerdo, y perfectamente se les puede cocinar sin sal. Es cuestión de respeto”, apuntó Yuniriz White, jefa de nutrición del Hospital de San Vito.

Muchas mujeres también deciden hidratarse con tés de hierbas pues esa es su costumbre.

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Los especialistas comenzaron a trabajar en este concepto de atención integral en el 2016, lo presentaron unos meses después ante el nivel central de Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) y los primeros cambios se fueron mostrando a mediados del 2017. Hoy, ya hay mucho camino recorrido, pero aún es bastante el trabajo pendiente.

Solo durante 2018 se han invertido $215.720 (unos ¢123 millones) en acondicionar el hospital, no solo para la etnia ngöbe si no también para todas las mujeres que tienen a su bebé en San Vito. Dentro de esa inversión destacan camas que se adaptan a mútiples posiciones para que la mujer de a luz como más cómoda se sienta, sillones para acompañantes, sillones reclinables para las nuevas madres, pantallas de televisión y cuneros, entre otros.

En el caso de la atención a indígenas, los cambios también se ven en los cursos preparatorios para el parto, donde se les consigue una buseta que las recoge en su comunidad y las lleva al hospital para que ellas puedan saber el proceso y empaparse mejor del tema desde semanas antes del alumbramiento.

“Tampoco se trata de una carta abierta. Sí se respetan los puntos culturales, pero también debemos entender que estamos en un hospital y que, como tal, debemos garantizar todas las medidas para que ellas y sus bebés estén seguras y sanas. Se deben respetar todas las medidas de higiene y asepsia y todas las indicaciones médicas. Hay labores de parto en donde vamos a tener que actuar de emergencia”, aclaró Jorge Granados, director del Hospital de San Vito.

“Cuando Dios nos hizo a las mujeres nos hizo para parir, como a las gallinas las hizo para poner huevos, pero hay que parir de la forma más natural, las gallinas no ponen los huevos acostadas”, Carmen Romero, partera,

Como parte del programa, Valverde (el enfermero obstetra) viajó a Ecuador a capacitarse en un hospital en el que también se hace este tipo de servicios de embarazo, parto y posparto con pertinencia cultural hacia las comunidades indígenas.

“Se aprende mucho de ver cómo otros países adaptan a las etnias a sus servicios de salud. Sin embargo, este proyecto tiene la identidad propia de los indígenas nuestros. Está pensando en esas familias”, destacó Valverde.

En ese sentido, es necesario resaltar que para montar el proyecto las parteras indígenas visitaron el hospital, vieron las instalaciones, dieron sus opiniones y se les invitó a estar presentes para atender los partos. La opinión de ellas fue crucial.

“Es importante poder decidir cómo tener al bebé. Acostada uno siente como que el niño se viene al pecho. Mejor sentada, para que nazca rápido, porque así uno lo va ayudando. Cuando Dios nos hizo a las mujeres nos hizo para parir, como a las gallinas las hizo para poner huevos, pero hay que parir de la forma más natural, las gallinas no ponen los huevos acostadas”, indicó Carmen Romero, quien al momento de hablar con La Nación ya había visitado y conocido el servicio del hospital de San Vito.

Una muerte dio la voz de alerta
Carmen Romero Palacios es partera tradicional desde hace más de tres décadas. Dice que ya perdió la cuenta del número de menores que ha traído al mundo en la comunidad Ngöbe de La Casona, en Coto Brus. Fotografía: John Durán
Carmen Romero Palacios es partera tradicional desde hace más de tres décadas. Dice que ya perdió la cuenta del número de menores que ha traído al mundo en la comunidad Ngöbe de La Casona, en Coto Brus. Fotografía: John Durán

Este programa de atención no nació de la nada. Un evento, en particular, encendió todas las alarmas del centro médico. En el 2016, una mujer de la religión mamatata murió al dar a luz en su comunidad. Ella nunca fue trasladada al hospital pese a las complicaciones que se presentaron.

Funcionarios de la CCSS y del Ministerio de Salud fueron hasta el caserío de los mamatata para averiguar por qué no habían acudido al centro médico. Allí, encontraron que los mamatatas tenían sus partos en lugares que no contaban con las medidas mínimas de asepsia y que esto podía exponer a las mujeres y a sus bebés a infecciones y complicaciones, especialmente a quienes por alguna razón tenían un embarazo de alto riesgo.

La respuesta cayó como balde de agua fría: “ustedes no respetan nuestra cultura y todo quieren hacerlo a su manera”, les dijeron.

Fue allí como se empezó a buscar formas de hacer que esta comunidad sintiera los servicios de salud más cercanos y más seguros.

Alexandra Gamboa, médico que realiza trabajos ad honorem en el Hospital de San Vito, ya tenía vinculación con esta etnia y comenzó a interesarse más por el tema. Buscó abrir puertas de comunicación, de entendimiento y ser ese enlace que la comunidad necesitaba para hacer valer su voz.

“La comunidad quería ser escuchada, ser tomada en cuenta y los médicos por su parte quieren partos seguros. Es lograr ese punto en que las mujeres puedan sentir que se les respeta su cultura y sus formas de ser y de pensar, pero también que ellas y sus bebés estén a salvo. A algunos les cuesta más ir al hospital porque creen que ‘los blancos’ queremos hacerles daño y enfermarlos. Era escucharlos, para ellos, la venida al mundo tiene características importantes. Por ejemplo, le ponen el nombre al bebé hasta el cuarto día de nacido, cuando ya han visto cómo se desenvuelve”, comentó Gamboa.

Esta charla se dio justamente en uno de los cuartos destinados para que las mujeres mamatatas den a luz. El conversatorio fue dado por la doctora Alexandra Gamboa y el enfermero obstetra Elián Valverde. En primer plano, Marcelino Bejarano, líder espiritual de la comunidad mamatata, quien estuvo tomando notas. / Fotografía: John Durán
Esta charla se dio justamente en uno de los cuartos destinados para que las mujeres mamatatas den a luz. El conversatorio fue dado por la doctora Alexandra Gamboa y el enfermero obstetra Elián Valverde. En primer plano, Marcelino Bejarano, líder espiritual de la comunidad mamatata, quien estuvo tomando notas. / Fotografía: John Durán

Fue así como se comenzaron a dar charlas frecuentes con las parteras mamatatas y a explicarles cuáles son los signos de alarma en los que la única forma de atención posible es en un hospital.

“Nosotros no queremos cambiarlos a ustedes. Es entenderlos, respetarlos y adaptarnos a todo para que no se nos mueran madres y no se mueran niños. Nosotros tenemos respeto y admiración por su cultura, queremos aprender de ustedes y ustedes de nosotros”, explicó Valverde en una charla a la comunidad mamatata de la cual La Nación estuvo presente. En ese momento, a mediados de julio, había nueve embarazadas de esta religión.

Marcelino Bejarano, líder espiritual de la comunidad mamatata aún tiene sus reservas. Sin embargo, destacó que el hospital sí es de utilidad en casos de emergencia. Incluso, reconoce que fue ahí donde se le logró salvar la vida de otra mujer que tuvo complicaciones al parir en el caserío mamatata.

“Esta organización no solo es religiosa, también es de medicina con tratamiento natural. Las parteras tienen el control de asegurarse de que tomen la medicina natural. No todo es alimentación, también medicina natural. Aquí tenemos conocimiento en áreas que ustedes no tienen. Hay enfermedades espirituales que tienen otra forma de curarse. En los hospitales, de igual manera, se muere gente. En los hospitales hay complicaciones. Pero sí, tenemos un acuerdo de que si se complica algo, lo que sea, lo llevamos al hospital. Nosotros respetamos el acuerdo, solo pedimos que ustedes lo respeten también”, enfatizó Bejarano.

Poco a poco, esta comunidad ha visto que esta institución de salud se abre más a las posibilidades de acompañamiento de parteras y medicina tradicional (siempre y cuando no se den interacciones con medicamentos que los médicos consideren vitales) y su colaboración es mayor. Tanto los indígenas como el centro médico reconocen la importancia de una persona que sea ese enlace entre los Ngöbes y el Hospital de San Vito.

“Todavía debemos seguir trabajando, por ejemplo, necesitamos una plaza para la doctora Gamboa, cuyo trabajo es crucial para este programa. Ya hay mucha más cercanía. En el último año solo 25 bebés nacieron fuera del hospital, muchos de ellos, porque vivían en zonas alejadas y no pudieron salir, pero casi todos volvieron al centro médico para su revisión, eso es muy importante”, destacó Granados.

Mientras tanto, el hospital se prepara para seguir trabajando, pues aún faltan cosas por hacer en medio de todos los avances.

“Cuando se está recibiendo un bebé es como estar con una semilla completamente nueva, todo lo malo se va y se agradece a Dios y a la madre Tierra. Si la medicina blanca lo entiende así, es un buen paso. Todo debe estar según Dios y la madre Tierra”, concluyó Romero.