Hazel Feigenblatt. 4 noviembre

El reciente asesinato de Eva, una joven de 19 años a quien el papá de su hijo de tres años decidió quitarle la vida, provocó repudio en gran parte de la población pero en otro segmento exacerbó el negacionismo de la violencia machista.

Se trata en buena parte de los mismos grupos que suelen negar cosas como los beneficios de las vacunas, el cambio climático, y en general cualquier información que no se ajuste a sus creencias.

Mientras que antes las noticias se interpretaban sobre la base de fuentes verificadas de información, ahora muchos buscan opiniones de personas sin criterio experto pero con quienes comparten prejuicios. La coincidencia de prejuicios reafirma sus creencias y sobre esa base deciden no creer en hechos comprobados.

Esto explica por qué la noticia del crimen contra Eva para unos es recordatorio de la violencia machista que ha matado a cientos de mujeres costarricenses, pero para otros es una oportunidad para reafirmar su creencia de que la violencia machista sencillamente no existe.

En el mundo en el que estas personas creen vivir, “la violencia es una sola” y no tiene ningún rasgo distintivo que distinga un tipo de violencia de otro.

No toda violencia es igual

Así, mientras que las leyes, los tribunales y los expertos en criminología identifican la violencia terrorista, la de pandillas callejeras, la de crímenes de odio, la de trata de personas, la violencia sexual contra menores, la violencia entre niños (bullying), la violencia de género, la violencia de crimen organizado y muchas otras, para los negacionistas toda violencia es igual.

La diferencia entre una posición y otra se resume, por una parte, al contraste entre conocimiento e ignorancia, y, por otra, al contraste entre quienes desean atacar la raíz de un tipo de violencia y quienes por el contrario desean disimularla.

Para los expertos, investigar, procesar o prevenir crímenes violentos requiere considerar las dinámicas sociales y los incentivos asociados con los diferentes tipos de crimen. Por ejemplo, los factores que pueden incidir en un caso de bullying, uno de terrorismo y uno de femicidio son muy diferentes, y por tanto cómo prevenirlos y cómo proteger a las posibles víctimas requiere medidas diferentes.

En los crímenes de femicidio se han identificado patrones claramente machistas, especialmente de hombres que creen que las mujeres deben ser castigadas con la muerte si los dejan, son infieles o no les “obedecen”.

Se trata de características de una herencia cultural machista, según la cual el hombre tiene poder sobre la mujer, como solía ser en el pasado. Por ejemplo, en países como Colombia y Brasil hasta los años 80s y 90′s los hombres aún podían matar a la esposa para defender su “honor” ante una supuesta infidelidad (y, no, a las mujeres no se les permitía matar a sus esposos por infidelidad).

Ese tipo de nociones sobre la vida de la mujer como propiedad del hombre sigue pasando de una generación a otra, como lo demuestra el hecho de que hoy los hombres que asesinan a sus (ex)parejas son de diversas edades.

El miedo a confrontar la fuente de la violencia

Uno de los objetivos de negar la existencia de la violencia machista es evitar confrontar a la fuente de la violencia: Los hombres machistas violentos.

Por eso, a los negacionistas no se les ve diciendo cosas como “hombres, dejen de ser controladores”, “no sean violentos” o “no dependan de si una mujer los quiere”. En su lugar, estas personas suelen culpar a las mujeres por los crímenes de los hombres, con frases como “mujeres, eso les pasa por ser infieles”, “escojan mejor pareja”, o “nadie las tiene dependiendo de un hombre”.

La psicología social ha identificado algunos procesos detrás de los prejuicios que llevan a algunas personas a culpar a las víctimas por los crímenes cometidos por sus atacantes.

Por ejemplo, decir que un robo o un asesinato ocurrió por culpa de la víctima les permite a algunas personas sentirse más seguras, pues creen que si no cometen los “errores” de las víctimas entonces el crimen no les ocurrirá a ellas.

Otros culpan a las víctimas porque se sienten aludidos por las críticas al machismo violento, les cuesta aceptar que los hombres matan mucho más que las mujeres y/o viven en una competencia imaginaria en la que interpretan acciones para proteger a las mujeres de la violencia de sus familias como un ataque contra todos los hombres. Olvidan que no todos los hombres son machistas violentos, y que las autoridades tienen el deber de proteger particularmente a quienes no están seguros ni en sus propios hogares y no tienen adónde ir.

También están quienes simplifican el tema para usarlo en política diciendo que los femicidios no son culpa de los hombres machistas sino culpa del gobierno o la oposición, o cualquier otro actor que resuene con discursos populistas.

Independientemente de cómo se quiera ver el tema, los números son claros: Los asesinatos de mujeres por parte de sus (ex)parejas van en aumento y son cometidos por hombres, por lo que empezar a confrontar esos resabios del machismo rancio y violento es esencial.

Aunque muchas personas seguirán culpando a las víctimas y negando que la violencia machista exista, las reacciones de repudio ante el machismo que mató a Eva son una buena señal con respecto al pasado: Demuestran que cada vez hay menos tolerancia para creencias sin fundamento y que más personas entienden que confrontar la violencia desde su fuente puede ayudar a salvar vidas.