Esteban Ramírez. 31 mayo

El supermercado que visito para hacer las compras solía tener una amplia isla en la cual se exhibían gran cantidad de quesos y embutidos importados; ahí me acercaba de vez en cuando para cometer algún pecado venial en nombre del prosciutto. Desde hace algunos meses este “jardín de las delicias” comenzó a reducirse hasta casi desaparecer. Hoy, el espacio quedó relegado a un par de frigoríficos con una oferta de aperitivos mucho más modesta.

La razón exacta de este cambio la ignoro pero comenté lo ocurrido a varias personas y la conversación discurrió en cómo la contracción en el consumo de los hogares, entre otras cosas, está obligando a los comercios a adaptar su oferta de productos.

Los supermercados que serían adquiridos por Walmart, al comprar Gessa, no representan más de un 2% del mercado retail, por lo que esta negociación está lejos de generar preocupaciones por un posible aumento de participación de mercado.
Los supermercados que serían adquiridos por Walmart, al comprar Gessa, no representan más de un 2% del mercado retail, por lo que esta negociación está lejos de generar preocupaciones por un posible aumento de participación de mercado.

Los hogares están pesimistas. Se aprecia en los pasillos de los comercios y lo confirman los datos del índice de confianza de los consumidores de la Escuela de Estadística de la Universidad de Costa Rica. El indicador ronda mínimos históricos: 32,9 puntos de 100 posibles. Detrás de este resultado se oculta un deterioro en la evaluación de la situación actual respecto a un año atrás; una menor disposición a comprar artículos (no solo jamón de España o queso holandés, sino electrodomésticos, casas y carros), y expectativas negativas sobre el desempeño futuro de la economía, los ingresos familiares y las tasas de interés.

Ahora que tanto se habla de reactivación económica, cuesta bastante trabajo imaginar cómo llegar hasta ahí sin la participación de un mayor consumo privado.

La aprobación de la reforma fiscal es un hito importante en el largo proceso de sanear las finanzas públicas, una señal de que al final del día no nos iremos para el barranco, así no más. Pero también se da por descontado que la inyección será dolorosa y es de esperar un coletazo recesivo.

A un mes de que entren en vigencia los principales cambios tributario en el impuesto al valor agregado (IVA) y el de renta, apenas se está dimensionando cómo o por dónde va a impactar este ajuste: si habrá que comenzar a tributar por bienes o servicios en los que antes no se hacía, o soportar tarifas más altas por otros; o quedarán para la historia ciertos beneficios fiscales.

A diferencia de otros periodos de desaceleración de la economía del país, muy influenciados por aumentos en los costos de las materias primas, la contracción de la demanda externa, alzas pronunciadas en las tasas de interés internacionales o crisis crediticias globales, la actual coyuntura tiene un componente interno fuerte; una mezcla de alto desempleo e informalidad, mayores tasas de interés locales y un nuevo sistema tributario que inquieta al presupuesto familiar.

Las soluciones a todos estos problemas vienen en empaques difíciles de romper, pero al menos en esta ocasión varios de los márgenes de acción se pueden aplicar desde el ámbito doméstico.