Esteban Ramírez. 6 marzo

El pánico resulta mal consejero a la hora de tomar decisiones financieras.

A finales de octubre del 2018, el panorama de la economía costarricense no podía ser más desalentador. Dos meses atrás, el Ministerio de Hacienda nos había revelado un hueco fiscal de ¢600.000 millones necesarios para el pago de vencimientos de la deuda pública; luego tuvimos el anuncio de las famosas letras del tesoro, por ¢500.000 millones, salvamento de emergencia que el Gobierno pidió al Banco Central para poder cumplir sus obligaciones.

Recordemos también que en ese entonces la reforma fiscal transitaba, a punta de pellizcos, por la Asamblea Legislativa; que el financiamiento para el Ejecutivo se volvió casi misión imposible, tanto por la disponibilidad de recursos en el mercado financiero como por los altos renidmientos exigidos por los inversionistas. Y para rematar, Hacienda enviaba señales preocupantes por diversos flancos, e incluso, llegó a sugerir su imposibilidad para pagar los aguinaldos del sector público a tiempo.

En ese contexto, el crédito de mi casa había pasado hacía pocas semanas de ser una operación de tasa fija, a una de interés variable. Parecía inminente que los intereses del mercado iban a tender a subir y que la situación económico solo podía empeorar. El camino más razonable parecía el de renegociar la deuda. Al fin, esta opción se abrió: el banco me extendería la tasa de interés fija un poco más para afrontar mejor la tormenta que parecía avecinarse, pero a cambio, debía pagar un premio más alto duran el resto del tiempo de vida del crédito, una vez que regresara a tasa variable.

(Video) El brote de coronavirus se manifiesta en las decisiones económicas

Como varios costarricenses en ese momento estaba muy preocupado por el rumbo que llevaba el país y llegué a plantear los escenarios más críticos alrededor de esta deuda. Se acercaba la fecha límite para firmar el cambio en las condiciones del préstamo, así que en casa tratamos de poner la cabeza en frío, hicimos algunos números con la mejor información disponible, buscamos consejos, trazamos caminos alternos para enfrentar un alza abrupta en los intereses y al final, dejamos las condiciones tal como estaban.

Esto no es un canto de victoria. Faltan algunos meses para saber si la decisión fue la más acertada, pero de momento no me arrepiento de ella. Ninguno de los desenlaces más catastróficos que llegué a formular se concretó en el 2019, pues las tasas de interés más bien bajaron, y todavía este año lo han seguido haciendo.

En psicología se utiliza un término llamado ansiedad anticipatoria. Se presenta en personas que formulan siempre lo peor que podría pasar ante determinadas situaciones, y este ejercicio termina por desencadenar una excesiva ansiedad, estado que finalmente puede llevar a tomar malas decisiones –o a no tomarlas–, incluidas las financieras.

Las fuentes de estrés siempre existirán, ayer fue una crisis de tipo fiscal, hoy es una alerta de salud. La detección de los primeros casos en Costa Rica del coronavirus (Covid-19), durante las últimas horas, nos exige aumentar la prevención y reforzar hábitos de higiene, pero sobre todo, vacunarnos contra el pánico y su pariente cercana, las malas decisiones: busquemos información fidedigna, evitemos gastos innecesarios en artículos que no previenen la propagación del virus y racionalicemos el uso de servicios esenciales para que estos puedan destinarse hacia la atención de la enfermedad.