Ovidio Muñoz. 9 noviembre
Ilustración Juan Carlos Alpízar
Ilustración Juan Carlos Alpízar

La niebla se levanta como solo lo hace en los cuentos de Juan Rulfo y deja atrás hebras blancas.

Como aquí no hay tejados, la niebla abandona sus hebras encima de los árboles que de tan pegados parecen uno solo repetido muchas veces sobre las ondulaciones de la tierra.

En algunas partes de la carretera se asoma el barranco; en otras, las cataratas que ahora caen tímidas en nada se asemejan a los torrentes furiosos que dan miedo cuando toca cruzar el Zurquí en mitad de un aguacero y uno teme que el cerro se desgaje.

Los turistas que no duermen durante el viaje se asombran frente a tanta espesura. Ignoran que hay tramos en los cuales solo unos metros separan al bus del guindo donde crecen helechos gigantes de apariencia prehistórica.

Siempre atravieso el Braulio Carrillo con emoción porque sé que más allá de allá hay un mar al que descubro como a un misterio nuevo.

El parque nacional es la frontera, la formidable frontera natural que separa el corre corre citadino de la calma costeña que amo y busco.

A mi vida el mar llegó temprano. Lo oí sin verlo y muy lejos de la arena y de los cangrejos ermitaños. Hacía olas dentro de una concha pequeña que me dio mi madre. Me la llevé al oído y escuché con atención cómo se movía un rumor suave y libre que aún encuentro cuando me siento, descalzo, a la sombra de un papaturro o un almendro.

Conocer el mar es una experiencia primordial, el origen de una relación que mantendremos el resto de nuestras vidas. “Quien lo mira lo ve por vez primera, siempre. Con el asombro que las cosas elementales dejan...”, nos revela la lucidez de Borges.

Escribo para hablar de Óscar Rugama, un chiquito de 9 años que conoció el mar el último domingo de octubre. Lo veo en varias fotos de una nota periodística y revivo el recuerdo de mi primer viaje al Pacífico hace ya tantas décadas.

Óscar sonríe y brilla en sus ojos la luz inconfundible de la alegría, la luz que invade a quien consigue agarrar la felicidad aunque sea un instante.

En una de las imágenes viaja en bote y destaca a sus espaldas el verde de un mar que reconozco y allá, al fondo, el hilo arenoso de la costa. En otra flota en el agua y en otra juega en la orilla.

Sonríe a pesar de la enfermedad y del dolor, a veces solo apagado por el poder de la morfina; sonríe porque cumple un sueño y lograr eso, que es tanto, tiene el poder tranquilizante que encontramos también en las palabras bondadosas.

Cuenta la madre que a su niño lo sorprendió el tamaño inmenso del mar antes solo imaginado, pero ella no sabe explicar por qué Óscar respondió Cahuita cuando tiempo atrás le preguntaron dónde quería conocerlo.

¡Conocer el mar y conocerlo en Cahuita! Osquitar, sos un niño afortunado y valiente.

Llevarlo no fue sencillo. Hizo falta gente que se uniera para transportarlo con comodidad desde Río Frío hasta el Caribe sur.

Un batallón de amor se formó en torno a él: una enfermera de Cuidados Paliativos estuvo siempre cerca y cerquísima estaban los papás y las hermanas, que tampoco habían contemplado antes la inmensidad vista desde los comienzos por los más grandes aventureros y conquistadores.

Óscar descubrió en un pueblo hermoso que el mar es real y es infinito, que va y viene y que, como la vida, acaricia y a veces golpea.

Para ir hasta allá lo movió un sueño, que es otra forma de llamar al deseo, que es otra forma de llamar al más poderoso motor humano, ese cuyo sonido vital busca siempre las maneras de imponerse a la adversidad. Y ocurre que lo consigue.