Ovidio Muñoz. 11 agosto
Credito: Juan Alpízar
Credito: Juan Alpízar

Miss Junie era una tortuga verde.

La conocí como una señal en un mapa de computadora. Verla, lo que se dice verla, no la vi nunca.

Subía al norte y bajaba al sur dibujando círculos y grandes líneas rectas. Fue fácil imaginarla libre entre selvas submarinas de sargazo y rayos de luz.

A larga distancia la seguían científicos, que le habían puesto un transmisor y la espiaban, atentos a su estela de cometa acorazado.

Era hija de Tortuguero y a Tortuguero volvía con su casa a cuestas en el tiempo del desove, guiada por una fuerza a prueba de explicaciones.

La bautizaron Miss Junie en el agua de los homenajes para honrar a Junie Martínez, habitante respetada y querida de Tortuguero, esa cinta de tierra entre el mar y los canales que le dan vuelta a la selva y la duplican.

Todo iba bien en los trillos marinos de Miss Junie, ninfa de cabeza tímida, hasta un día de agosto del 2000 en el que su punto de vida se apagó en la pantalla.

En el enero siguiente su transmisor apareció en manos de un pescador del Caribe nicaragüense, allá donde llaman Cayos Miskitos.

Es curioso, aun cuando hablan de tortugas las malas noticias vuelan y Miss Junie Martínez se enteró de todo.“No la respetaron, la mataron, no les importó que tuviera una marca especial”.

La señora pensaba –me contó por teléfono– que era necesario entender esta verdad: vale mucho más una tortuga viva que una muerta.

La desaparición de Miss Junie fue la experiencia contraria a otras dos que viví luego. Una noche cerrada, en medio de la oscuridad de Tortuguero, presencié el desove de una baula.

Los ojos hábiles del guía encontraron unas huellas que pasaban del agua al monte e iluminando con un foco de luz roja señaló dónde estaba la tortuga que, como quizás todos hemos visto, lagrimeaba mientras enterraba su tesoro de futuro.

Quince años después, en la tibieza de una tarde de setiembre, con un libro y una cerveza a la sombra de un almendro, vi formarse en la playa de Cahuita un pequeño remolino humano.

Turistas y locales rodeaban un punto donde ocurría algo que imaginé importante y hacia allá caminé. En el corto trayecto oí decir tortuguita y oí decir carey y recordé algo que me habían contado días antes allí mismo, en el pueblo, sobre una asombrosa coincidencia.

El 27 de setiembre de 1990 una investigadora marcó con una plaquita de metal a una miniatura de carey recién nacida.

La vio alejarse con su marca bien puesta y –como dice un sabio que conozco– con el tiempo pasó el tiempo y el 27 de setiembre del 2000, año de un conteo rutinario, quedó en las redes científicas un ejemplar adulto de carey.

Al revisarla descubrieron –la vida nos da sorpresas– que era la misma etiquetada en la misma fecha exactamente una década atrás.

Lo que pasaba en la playa la tarde del libro, la cerveza y el almendro fue que muchas tortuguitas emergían de un nido frente a un público expectante que expresaba su sorpresa en idiomas diversos.

Al borde del nido vi cómo una dejaba la seguridad de la arena y corría hacia el mar hecho piscina, que es como se presenta el Caribe cuando el verano le acentúa los verdes, lo domestica y aparta la inscripción “cuidado, muerde”, que Nicolás Guillén colocó en un poema suyo al lado del Gran Zoo donde descubrió al mar de los caribes nadando como un pez de aletas de ciclón y lomo azul.

La carey que vi dejar la orilla fue motivo de esperanza y antes de regresar al paraíso terrenal de mi silla plástica bajo el almendro le deseé una vida muy larga y que, sin pescadores ni redes enemigas de por medio, encuentre siempre despejado el camino de regreso.