Mónica Morales. 16 diciembre, 2018
Iván Porras es licenciado en producción audiovisual y máster en Diseño y Realización de Formatos de Televisión. Foto: John Durán.

Cuando Iván Porras estaba en el colegio, yo también estaba en el colegio. Quiero decir, en el mismo. Es un año mayor que yo, así que es normal que en esa época me impresionara todo lo que él y sus amigos hacían porque eran los chicos grandes.

Sin embargo, no sé qué hubiera pensado si me hubiera dado cuenta de que Iván y sus secuaces iban a escondidas a bailar a los intercolegiales. En mi generación bailar –y en especial bailar ritmos latinos– era una polada. Lo que yo no sabía para ese entonces es que, como dice Café Tacvba, “el amor es bailar”.

Años después, entre toda esta gente, nos fuimos a encontrar, yo como periodista y él como director de su primer largometraje: El baile de la gacela. La película fue vista por más de 16.000 personas en los cines nacionales y premiada en festivales internacionales.

Iván es un ser humano lleno de preocupaciones sociales que se alimenta del cine y de la música. Él es licenciado en producción audiovisual de la Universidad de Costa Rica y máster en Diseño y Realización de Formatos de Televisión de la Universidad Complutense de Madrid. Y, por supuesto, sigue bailando –una pasión que heredó de su familia–; ya no lo hace a escondidas.

Las canciones El baile y el salón de Café Tacvba y ¿Cómo fue? de Benny Moré fueron la fuente de inspiración para su película. Obviamente, algo bueno tenía que salir de esa mezcla.

Después de cuatro intensos años de investigación, escritura, cursos, producción, búsqueda de financiamiento, hacer, deshacer y volver a hacer... la película El baile de la gacela vio la luz. La premiere fue en un festival categoría A, el Festival Internacional de Cine de Montreal, Canadá, donde resultó ganadora del premio Golden Zenith a la Mejor Ópera Prima.

“Me dispuse a hacer la mejor película que podía hacer con el conocimiento y las herramientas que tenía a mi alcance”.

Según el cineasta iraní Shahin Parhami, uno de los jurados de la categoría de Ópera Prima, lo más rescatable de la cinta es su buen guión; además destacó la manera en la que se abordan los temas de los derechos humanos de las personas de la tercera edad y la población LGTBIQ.

Iván cree que también pesó la riqueza de la identidad latinoamericana. “Creo que algo muy local como lo es el swing criollo, el merengue, la salsa o el bolero tienen una particularidad cultural que sorprendió al jurado”.

A este reconocimiento, se suman los obtenidos en el Festival Ícaro de Cine y Video en Centroamérica, realizado el pasado 27 de noviembre en Guatemala. Allí se premió a El baile de la gacela en dos apartados: mejor producción y mejor sonido.

Según el jurado, esta película tiene una “habilidad experta para mezclar un vasto universo de sonido de música, diálogos y efectos; creando el ambiente necesario y adecuado que mejora nuestra comprensión de la historia. Una película necesaria que trata un tema de adultos mayores dándose nuevas oportunidades en la vida, donde el sonido marca sus etapas”.

Llegar a El baile de la gacela fue la intersección de muchos caminos en un momento particular en la vida de Iván. Se entremezclaron la música, el baile y su disgusto por cómo se vive la masculinidad y la homofobia en Costa Rica.

Tráiler oficial de El baile de la Gacela.

Para quien aún no la ha visto –sin ánimo de hacer spoilers– la película narra cómo el sueño de Eugenio es ganar un trofeo, pero nunca lo logró en el fútbol. A sus 72 años encuentra una última posibilidad en un concurso de baile para adultos mayores. Cambió el balón por el salón y emprendió una serie de aventuras junto a Carmen (su compañera de baile) y Daniel (su instructor). No se engañe, esta no es una típica película de amor a la tercera edad… hay un punto de giro a partir del cual se involucran muchos otros temas necesarios en nuestra sociedad.

“Es un drama con tono cómico que nos hace reflexionar sobre la importancia de vivir el ahora, restarle la importancia a la vejez, el miedo y la inminencia de la muerte”, dijo Porras.

Los personajes viven una segunda –o quizá tercera– adolescencia, entre travesuras y nuevos retos. Ese espíritu rebelde surgió durante el casting, el cual, más que una selección de actores, fue una investigación cualitativa.

“Se me sale lo ñoño de ciencias sociales, así que en las pruebas de actuación les pregunté por qué alguien a esa edad quería hacer una película, qué estaban haciendo a esa edad, cuáles son sus mayores dificultades y retos”, aseguró el cineasta.

Encontró a muchos adultos mayores limitados por sus hijos, quienes les impedían salir a bailar o participar de programas de televisión porque consideran que sus padres están haciendo el ridículo; o incluso, hijos que no querían que su papá o madre tuviera pareja porque se repartía la herencia. A pesar de ello, las señoras y señores se escapaban para participar del casting o realizar lo que les hacía feliz.

Tras ese choque con la realidad, Iván y su crew de producción procuraron hacer un aporte para esta población, así que durante el 2015 los actores potenciales (aún no se había hecho la selección final) llevaron clases de baile en Merecumbé y recibieron talleres de empoderamiento para adultos mayores.

Otra preocupación de este director es cómo se construye la masculinidad en los hombres ticos. Eso afecta cada una de las acciones, incluía una tan básica como moverse al ritmo de la música. “Se nos dice cómo bailar, cómo se mueve el hombre y cómo la mujer, que uno es el que lleva y la otra la que se deja llevar”, comentó.

Cuestionárselo no solo es necesario, sino urgente.

El baile de la gacela es una coproducción internacional entre Dos Sentidos S.A. (Costa Rica) y Cine Feral (México). Además participan La Feria Producciones y Argos Comunicación como coproductores nacionales de Costa Rica y México, respectivamente.

La producción general fue liderada por Karolina Hernández y al equipo se suman Nicole Maynard, Marco Antonio Salgado y Marcela Esquivel.

Su primer largometraje, 'El baile de la gacela' fue vista por más de 16.000 personas en los cines nacionales y premiada en festivales internacionales. Foto: Jhon Durán.

Para hacerla realidad se utilizó un modelo mixto de financiamiento, en donde se contó con el apoyo de fondos (Proartes, Ibermedia, el Fauno y EFICINE); así como el apoyo de diversas instituciones y empresas privadas.

“Una vez finalizada la etapa de cines se abren muchas ventanas de exhibición para película: seguimos en festivales, funciones especiales actividades culturales (dentro y fuera del país), aerolíneas, televisión nacional e internacional, Internet y finalmente DVD”, explicó Karolina Hernandez, productora general.

El resultado: una ópera prima muy digna. “Me dispuse a hacer la mejor película que podía hacer con el conocimiento y las herramientas que tenía a mi alcance”, señala Iván Porras.

Un esfuerzo que agradece porque además de retratarnos como sociedad, nos divierte –y habrá a quienes incomoda–. Después de todo “la vida es un gran baile y el mundo es un salón, y hay muchas parejas bailando a nuestro alrededor”.