Revista Dominical

Periodistas nicaragüenses exiliados en Costa Rica: Con la vida en una mochila para escapar de la ‘lista’

Hacer periodismo en Nicaragua se les volvió imposible. Perseguidos, amenazados y hasta golpeados, cruzaron la frontera por el monte para seguir alzando la voz desde suelo tico, a la espera de algún día poder regresar a casa

“Pasar a Costa Rica nos tomó tal vez como una hora, pero fue una hora eterna… tenía mucho miedo y angustia. En ese momento pensé que la policía o el ejército me iba a lograr capturar y que iba a caer en manos de la dictadura.

“Fue una fecha muy dura. Era final de año. Cruzar significaba dejar a la familia, dejar a mi mamá, a mis hermanos, a mi papá, mi casa, mis comodidades y mi trabajo, uno que era muy estable en una empresa de televisión muy importante; y todo para venir a un país que no es el tuyo.

“Pero también traía mucha fe, porque sabía que en Costa Rica podía resguardarme…”.

Así recuerda Héctor Rosales la madrugada del 30 de diciembre del 2018. Este comunicador nicaragüense de 38 años llegó a territorio tico a eso de las 5 a. m. de aquel día, de forma ilegal, tras correr por cerros y barreales, con una mochila con tres mudadas y un abrigo.

Él no quería dejar su vida, ni su querido Masatepe, en Masaya, Nicaragua, pero una noticia que recibió el 28 de diciembre de aquel año no le dejó otra alternativa: lo obligó a abandonar su tierra.

“Había muchos sentimientos encontrados. Era una fecha donde uno quería estar con la familia, despedir un año y recibir uno nuevo con las personas que uno más quiere… pero eso no se pudo: había una lista entre las autoridades con los nombres de 10 periodistas, quienes tenían orden de captura. A mí me avisaron de esa lista, entonces logré salir de la casa y resguardarme en una finca en otro municipio de Nicaragua. Luego, con otro colega que también estaba siendo perseguido y tenía una orden de captura, logré huir”, explica.

¿Su delito? Ser periodista y supuestamente “incitar al odio”.

El comunicador, quien en ese momento trabajaba en Vos TV, canal 14 de Nicaragua, días atrás había informado que sus colegas Miguel Mora y Lucía Pineda, director y jefa de redacción de 100% Noticias, respectivamente, habían sido encarcelados.

“Lo que hacíamos era informar sobre la violación de los derechos humanos. Informábamos lo que estaba diciendo el pueblo, lo que estaban diciendo las víctimas, las madres que les mataron a sus hijos, quienes tenían a sus familiares como presos políticos. Estábamos denunciando que no había libertad de expresión. Sin embargo, nos decían que propagamos noticias falsas”, afirma.

Su temor más grande al cruzar a Costa Rica era que alguien lo reconociera, pues él era un reportero habitual en la pantalla, ya que presentaba la edición matutina y meridiana del informativo. Además, para ese entonces sumaba 17 años de trabajar en televisión.

Sin embargo, nada lo detuvo.

Lo primero que hizo cuando llegó a Peñas Blancas junto a su colega fue acercarse a las oficinas de Migración. Se entregó a las autoridades costarricenses y explicó los motivos por los que huyó a suelo tico de forma irregular y así le tramitaron una solicitud de refugio.

Adaptarse a Costa Rica no fue fácil. Sin embargo, a Héctor no le quedaba otra opción más que intentarlo, pues este país sería su nuevo hogar. Tenía unos ahorros que le iban a permitir sobrevivir los primeros meses pero no era suficiente. La vida de este lado de la frontera es cara y dadas las limitadas opciones para hacer periodismo, el reportero buscó trabajo en un restaurante.

Tuvo que aprender a vivir sin su familia y a cocinar, porque “cuando llegaba a la casa, todo estaba hecho por mi madre. Incluso ahora la llamo y le pregunto cómo se prepara tal cosa y tal otra”.

“Extraño mi ciudad, en donde yo nací y crecí. Sinceramente ese sentimiento de nostalgia me embarga mucho. Y le digo que esto duele, duele como ser humano ver lo que está pasando y que tanta gente que conocí y que eran mis entrevistados están presos ahora. Mi vida cambió realmente en el momento que crucé a otro país para poder recobrar mi vida”, reconoce.

Sin embargo, afirma que no estaba dispuesto a ser perseguido, a manejar estresado por la carretera, a tener una patrulla vigilando su casa de forma permanente, a negarse a visitar lugares públicos por temor a que lo detuvieran o a que le hicieran algún daño, pues ya le había pasado en una ocasión y había sido suficiente.

“En octubre de 2018 fui atacado por cuatro paramilitares que me destruyeron la lengua. Fue un atentado que ocurrió una noche, cuando me siguieron. Yo estaba en una casa de seguridad y no sé cómo dieron conmigo y cuando salí de la casa, cuatro sujetos encapuchados me agredieron. No me golpearon en ninguna parte del cuerpo, solo la boca. Hoy le puedo decir que tengo una buena dentadura porque no me dañaron ninguna pieza, pero sí la lengua”, relata.

Rosales, quien ya obtuvo su residencia en Costa Rica, agrega que le debieron reconstruir la lengua en el hospital y que permaneció un mes sin poder comer.

Ahora, casi cuatro años después, su situación ha mejorado. Cada día extraña más su tierra y su familia, pero en Costa Rica sale a la calle con tranquilidad y eso es lo importante ahora.

En este tiempo nunca ha pensado en regresar, a excepción del día que se enteró que su mamá y su papá se contagiaron de covid-19. Ambos son diabéticos y el coronavirus los gopeó muy fuerte.

Con su mamá, por ejemplo, apenas podía hablar un par de minutos, pues la señora se ahogaba. Ella fue quien lo convenció de que se quedara en Costa Rica, pasara lo que pasara.

“Era una zozobra horrible estar aquí y saber que ellos estaban muy mal. Y lo más me dolió fue cuando mi mamá me dijo en una de las llamadas que no regresara; que si les pasaba algo malo, mi hermana iba a quedar con mis tías, pero que yo no fuera. Y me dijo: ‘Sentite satisfecho de que te apoyamos y te queremos muchísimo’. Estas palabras duelen y uno se desespera”, cuenta.

Estando en suelo tico, Héctor Rosales logró crear, junto a otros tres colegas exiliados, el medio Nicaragua Actual, el cual se lanzó de forma oficial el 1.º de marzo del 2019, Día Nacional del Periodista Nicaragüense y que cuenta con página web, YouTube y redes sociales.

En un principio no tenían equipo para trabajar pero sí mucha responsabilidad con sus compatriotas. Por ello hicieron una trasmisión en vivo en Facebook y varios nicaragüenses les donaron computadoras, acceso a Internet, pantallas, muebles e incluso dinero.

“Decidimos no quedarnos callados. Sí, la dictadura nos exilió, nos sacó del país, porque prácticamente salimos a la fuerza para no quedar detenidos, para resguardar nuestras vidas de la persecución y las amenazas constantes de la policía. Pero nosotros queremos seguir con nuestra vocación de poder servir al pueblo nicaragüense y seguir siendo ese puente de información, ese canal de denuncia de lo que continúa haciendo la dictadura”, afirma.

Nicaragua Actual cuenta con cuatro periodistas: tres de ellos en Costa Rica y uno en Nicaragua, pero para cuidar su integridad ninguno firma las notas y reportajes que hacen.

Lo cierto es que los cuatro están orgullosos de su proyecto, que ya recibe publicidad y les permite generar recursos. Además, están comprometidos con seguir impulsando el medio, así sea a cientos de kilómetros de distancia de su hogar.

La realidad de Héctor Rosales y sus compañeros no es aislada y como ellos, otros periodistas de Nicaragua se han exiliado en Costa Rica en el ultimo lustro.

De hecho, un informe de la red regional Voces del Sur (VdS), organización que promueve la libertad de prensa, libertad de expresión, el acceso a la información y la seguridad y protección de periodistas, reveló que Costa Rica es el país en el que más periodistas nicaragüenses buscan refugio, seguido por Estados Unidos y España.

Los datos reflejan que entre el 2018 y el 2022 se han exiliado al menos 118 trabajadores de medios de comunicación nicaragüenses, incluidos periodistas, camarógrafos, fotógrafos, editores, directores y otros. De ese total, al menos 79 se exiliaron en cuestión de un año: entre mayo del 2021 y mayo del 2022.

Por otro lado, de acuerdo con la Agencia de la Organización de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), en Costa Rica hay aproximadamente 60 periodistas exiliados de diferentes países de Latinoamérica.

La oleada de periodistas nicaragüenses en el exilio tomó fuerza en el 2018, luego de una rebelión cívica en ese país en contra del gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Según relatan los mismos comunicadores, sus nombres estaban escritos en una hoja y eran buscados para encarcelarlos.

Voces del Sur afirma que en el 2021 nuevamente incrementó el número de reporteros que huyeron del país cuando la Fiscalía de Nicaragua comenzó una investigación en contra de la Fundación Violeta Barrios de Chamorro por supuesto lavado de dinero.

Esta fundación financiaba muchos proyectos periodísticos independientes. Por ello, las autoridades empezaron a llamar a los beneficiarios para que rindieran declaración sobre el apoyo que recibían.

“Entre mayo y agosto del 2021 al menos 58 personas, entre periodistas, ejecutivos y dueños de medios fueron obligados a comparecer ante el Ministerio Público en medio de amenazas y hostigamientos”, dice el informe de VdS.

Martha Irene Sánchez fue parte de esos periodistas que se tuvieron que exiliar en Costa Rica en dos ocasiones diferentes. La primera vez fue a inicios del 2019, cuando trabajaba como directora de TV Merced, un medio pastoral de la Diócesis de Matagalpa, al que el obispo Rolando Álvarez decidió incluirle un espacio de noticias sobre la crisis, las denuncias ciudadanas y visibilizar todo lo que estaba ocurriendo en materia de violaciones de derechos humanos en Nicaragua.

En aquel entonces recibió una llamada en la que le informaban que su nombre estaba en la “famosa” lista del régimen. Lo único que pensó fue dejar a su hija con sus papás y huir a Costa Rica, el país que le quedaba más cerca.

Acompañada de un tío, pasada la medianoche se despidió de la niña, quien en ese entonces tenía siete años y le dijo que por una oportunidad laboral tenía que dejarla, pero que pronto se volverían a ver.

En su maleta solo traía un par de mudadas y su computadora, pues entre más ligera fuera la carga, mejor.

“Son momentos que a uno nunca se le olvidan, porque obviamente uno se va con todo el miedo. Recuerdo que los policías nos retuvieron y nos pidieron la identificación y yo dije: ‘hasta aquí llegué’, pero no me dijeron nada y logramos pasar.

“Recuerdo que un momento de la madrugada mi tío me dijo: ‘aquí vamos a cruzarnos este alambrado y de aquí empezamos a correr’. Y fueron tal vez unos 40 minutos caminando a toda prisa, era por una finca de naranjas. Ese día mi impacto no fue verme corriendo y sabiendo que me estaba alejando de mi hogar y de mi país, sino ver la cantidad de gente que en las mismas circunstancias que yo estaba huyendo… llegué a contar unas 700 personas en el trayecto.

“Yo venía disfrazada con gorra y una gafas grandes como para que la gente no me reconociera y recuerdo que en mi prisa alguien me dice: ‘adiós, Martha Irene. Por ahí nos vemos’, y era una señora que recién yo había entrevistado y que tenía a un muchacho preso político en Matagalpa. A mí se me vinieron las lágrimas porque pensé: ‘¿con qué ganas y con qué necesidad toda esta gente tiene que dejar sus familias o hogares? Simplemente una gran necesidad de ponerte a salvo”, cuenta.

A eso de las 5 a. m. ya estaba en Costa Rica. Acá la esperaban para ponerla a salvo y gestionar su solicitud de refugio. Sin embargo, a finales del 2019 la periodista decidió tomar el riesgo y regresar a Nicaragua, pues no hubo forma de que su hija pudiera viajar a Costa Rica.

Un año y medio después, en junio del 2021 se exilió una vez más luego de que la alertaran de que existía una orden arresto en su contra. En esa ocasión permaneció 15 días oculta y luego huyó a Honduras. En ese país tomó un vuelo a Costa Rica, donde ya cumplió un año.

“Ya tengo dos historias, al menos conozco dos maneras de poder llegar a Costa Rica”, vacila. Y agrega que “obviamente yo he trabajado mucho la parte psicoemocional y ahora puedo contar estas historias incluso como una manera hasta de chiste”.

Esta vez logró traerse a su hija, una colegiala que ahora tiene 12 años. Sin embargo, sus padres quedaron en Nicaragua, así como su amor por su tierra natal. Por ello, espera que este exilio sea solo una experiencia más en su camino.

“Yo siempre sueño con volver, pero sostengo que este exilio lo voy a vivir con alegría y con esperanza. Siento que desde la parte que yo hago, que es periodismo, de alguna u otra manera contribuyo para que la gente nicaragüense y el mundo sepan lo que sigue ocurriendo en materia de derechos humanos en mi país. Pero yo digo: ‘un día voy a regresar a mi patria’”, dice.

Instalarse en Costa Rica y comenzar desde cero una nueva vida no fue sencillo. Al principio, una organización le ayudaba con vivienda y dinero para viáticos, pero de allí tenía que sacar para comprar su comida y enviarle dinero a su familia.

Y si bien desde suelo costarricense informaba a los nicaragüenses con República 18, la publicidad era (y sigue siendo) nula. Y si bien esta página web sigue siendo el medio para hacer lo que tanto le apasiona, la comunicadora tuvo que conseguir otro trabajo y ahora puede costear el alquiler de una casa, los estudios de su hija y la alimentación.

En República 18 trabajan tres personas más, quienes no firman las notas por temor a represalias. En este medio también hacen entrevistas, principalmente bajo el anonimato, pues de acuerdo con Martha nadie quiere sufrir las consecuencias de hablar contra el régimen de su país.

La periodista ahora está más tranquila y confía en que conforme avance el tiempo se vea una luz. Y aunque hay días en los que el panorama es más oscuro, respira profundo, cierra los ojos y recuerda a su pueblo.

A la reportera le preocupa su situación migratoria, pues aunque está de forma legal y tiene un carné de refugiada provisional (que tiene que renovar cada dos años), su cita para solicitar refugio formal es hasta el 2028.

“El carné provisional no significa que uno ya es refugiado. Tengo que esperar hasta el 2028 para ver si soy elegible y hasta esa fecha estoy en ese limbo migratorio. Por ejemplo, si a mí me tocará salir de Costa Rica, cuando vuelva a ingresar le van a poner en el pasaporte que es visitante porque uno no tiene estatus. Entonces, mientras seamos solicitantes nuestro estatus es incierto”, asegura.

Por otro lado, espera que ni ella ni su hija se enfermen, pues no cuentan con un seguro médico. De acuerdo con Martha, el problema es que con lo que gana apenas le alcanza para los gastos del día a día.

Pero por ahora se lo toma con calma. Al menos en Costa Rica tanto ella como su hija se sienten seguras y salir a la calle sin temor es un privilegio.

El 22 de junio del 2021, Julio López Chaverría llegó al puesto fronterizo de Peñas Blancas con la intención de participar en un evento que había en Costa Rica y al que lo habían invitado.

Para su sorpresa, las autoridades migratorias de su país no lo dejaron pasar. Lo llevaron a una sala aparte y le dijeron que tenía una orden de restricción migratoria. Allí le quitaron el pasaporte.

En ese mismo momento, su mamá recibía un citatorio para él de la Fiscalía de Nicaragua. Se le llamaba a una entrevista por el caso de la Fundación Violeta Barrios de Chamorro.

Allí empezó a atar cabos: días atrás se había percatado que vigilaban la oficina de Onda Local, el medio al que pertenece.

“En ese momento converso con un abogado y me dice: ‘lo más razonable es que usted salga del país, porque ya evidentemente hay una persecución en contra del periodismo’. Fue algo difícil porque yo sabía que en algún momento podía llegar la decisión de exiliarme, por el contexto represivo en Nicaragua y sobre todo hacia los periodistas, pero no pensé que esa decisión la tenía que tomar en ese momento.

“Yo sí sabía que podía correr el riesgo de que no me dejaran pasar al tratar de salir de Nicaragua, pero no pensé que me iban a quitar el pasaporte. Entonces tuve que cruzar por un punto ciego y cuando ya estaba en Costa Rica, yo volvía a ver hacia atrás y yo decía: ‘¿por qué tengo que hacer esto?, yo únicamente hago mi trabajo en Nicaragua y el Estado en lugar de criminalizarme, debería darme garantías para que pueda informar en libertad’, pero eso ya no fue posible y ya no había vuelta atrás”, explica.

La decisión la tomó en cuestión de horas, pues la madrugada del 23 de junio ya estaba en Costa Rica. Para ese momento no tenía más que un bolso con una mudada, mucha impotencia y una tristeza inexplicable, pues no sabía cuándo volvería a ver a su familia.

En nuestro país logró que una organización le ayudara los primeros meses, mientras se adaptaba. El cambio iba bien, a Julio le agradaba el clima y sentía que podía caminar tranquilamente por los parques.

Sin embargo, tres meses después de su llegada a suelo tico, en setiembre del 2021, estaba internado en una Unidad de Cuidados Intensivos luchando por su vida, pues se contagió de covid-19.

“Al momento que yo decidí ir a buscar atención médica ya llevaba el nivel de oxigenación por debajo de 83. Entonces lo primero que se me ocurrió fue contactar a una persona que tenía el mismo apellido que yo y le dije: ‘decí en el hospital que sos mi prima, que a vos te pueden dar información’; y a través de ella podíamos hacer llegar la información a mi familia en Nicaragua.

“Yo no quería ir al hospital y al principio tenía dudas de cómo hacer para poder cubrir todos los gastos de hospitalización, porque me habían dicho que era bastante caro. Pero estando ya internado en el hospital, me indicaron que como se trataba de un caso de emergencia, la Caja Costarricense de Seguro Social cubriría esos gastos y en ese momento Acnur me dio un seguro”, recuerda.

Julio estuvo internado en el Hospital Calderón Guardia por 13 días, y la mayor parte del tiempo estuvo consciente.

Tan pronto se recuperó, retomó en Costa Rica su trabajo en Onda Local, un programa radiofónico y web que trabaja con derechos humanos e investiga temas relacionados con el medio ambiente y comunidades indígenas.

El informativo es pregrabado y se retransmite en cinco radios locales de Nicaragua. Cuenta con un total de 10 periodistas, quienes informan desde ambos países, siempre manteniendo un bajo perfil y sin firmar las notas web.

El programa lo hacen desde la casa en la que viven, donde han habilitado “un pequeño cuartito” para tratar de disminuir el ruido.

“Evidentemente, cuando uno investiga este tipo de tema causa incomodidad en el Estado porque hay evidencias de violaciones reiteradas a los derechos humanos”, afirma.

Tanta ha sido la incomodidad, que, de acuerdo con Julio, el programa fue clausurado en tres radios nicaragüenses. Además, en el 2018 a él lo agredieron hasta dejarlo inconsciente durante una protesta.

Ese día estaba haciendo un trasmisión en vivo para Facebook cuando de pronto “llegaron hasta nosotros lo que llamamos grupos de choque asociados a la Juventud Sandinista en Nicaragua, quienes iban vestidos de blanco con los mensajes que acostumbraban de amor, de paz, de reconciliación. Iban con bates, con piedras y con garrotes y empezaron a robar celulares, a robar cámaras y a golpear a quienes iban encontrando a su paso.

“Yo estaba justo grabando el momento en que agredieron a una líder nicaragüense que se llama Ana Quirós, y estaba registrando ese momento cuando empezaron a tirar piedras. Yo digo durante la transmisión de que me habían dado una pedrada y que iba a buscar un lugar donde resguardarme para continuar la transmisión. Pero cuando me doy la vuelta me topo un grupo de gente, como de nueve personas, que se abalanzan hacia mí y me dio golpes en la cara y con un bate me derriban. Eso es todo lo que recuerdo”, explica.

Despertó en un hospital público de Managua, donde lo atendieron. En ese momento no supo que tenía pues no le quisieron entregar el expediente médico.

“Lo tuve que conseguir por otra vía. Y lo que decía que tenía era un traumatismo craneoencefálico leve y que producto de eso yo perdí la memoria. Luego pude ver a un neurólogo en Nicaragua que me examinó y me dijo que estuviera pendiente porque los golpes así en la cabeza, a veces, se manifiestan al tiempo y me recomendó estar pendiente de olvidos, de pérdidas repentinas de la memoria, de dolores frecuentes de cabeza”, cuenta.

De Costa Rica no se puede quejar: aquí ha podido trabajar en varias consultorías de comunicación que le han permitido mantenerse con el día a día.

Eso sí, al igual que Héctor y Martha, Julio sueña con el día en que pueda regresar a su casa. Los tres tienen claro que ahora no es el momento, pero esperan que en unos años la situación sea diferente.

“Hace poco soñé que estaba en Nicaragua porque, bueno, allá está la familia de uno y una vida hecha. Mi aspiración nunca ha sido quedarme en Costa Rica. Yo sí quiero regresar a Nicaragua y continuar mi trabajo allá. Tengo claro que no va a ser a corto plazo porque no se vislumbra una salida por el momento en Nicaragua.

“Sin embargo, no me puedo quejar. Yo he tenido salud, he tenido acceso al trabajo, he tenido la posibilidad de tener casa, alimentación, que es lo básico para poder seguir viviendo.

“Pero sí, ha sido un año de muchos cambios, sobre todo en el ámbito personal, porque obviamente hay que adaptarse a la realidad costarricense. Por ejemplo, conocer las leyes de acá es un proceso bastante difícil”, afirma.

Héctor, Martha y Julio son periodistas nicaragüenses exiliados en Costa Rica… pero no son los únicos. En su condición hay varias decenas más, quienes por su situación se han convertido en una familia que constantemente comparte un almuerzo o un café, principalmente los fines de semana.

Ya no tienen el mismo temor que antes, pero prefieren no dar muchos detalles sobre quiénes los han ayudado para protegerlos, pues saben que puede traer consecuencias para esas personas.

Eso sí, los comunicadores coinciden en que seguirán levantando la voz. Desean que su pueblo sea libre y que ellos puedan ejercer su profesión sin temor a ser perseguidos, amedrentados o condenados.

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