Revista Dominical

Excombatiente de 1948: ‘Yo nunca sentí miedo de nada... ni de matar, ni de que me mataran’

A sus 96 años, Amable Vásquez recuerda aquella convulsa época, en la que pasó de esconderse en techos y dormir en los cielorrasos a ser uno de los consejeros de José Figueres Ferrer

Don Amable Vásquez Rodríguez, de 96 años, no recuerda por qué se unió al bando de José Figueres Ferrer en la guerra civil de Costa Rica, en 1948. Lo que sí sabe es que de un pronto a otro iba de techo en techo, escondiéndose, y que le tocaba dormir en los cielorrasos.

Por cosas de la vida, supo que su líder estaba en la finca que había adquirido en La Lucha, un pueblo ubicado en el distrito San Cristobal, y decidió junto a otros tres amigos, que también se escondían en los techos, que se iban a ir a buscarlo.

Cuando el grupo tomó la decisión de irse de San José, la guerra ya había empezado. Don Amable tenía 22 años y la energía suficiente para emprender el viaje hasta el sitio en el que podía sentirse más seguro y, sin pensarlo dos veces, se fue a la montaña.

El excombatiente comenta que fue en la antigua Cruz Roja, que se ubicaba donde hoy está el edificio de la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS), desde donde lo llevaron de incógnito a río Conejo, en Cartago. A partir de allí caminó muchas horas hasta llegar a Santa Elena (en Cartago) y de allí a La Lucha, que era el bastión de los figueristas.

“Llegamos como a las 10 p. m., entramos y nos recibió don Pepe, quien nos preguntó: ‘muchachos ¿vienen a ayudarnos?’ y nosotros le dijimos que sí, y él nos dijo que nos necesitaba en la casa de él y luego añadió: ‘quiero que ustedes sean mis consejeros’. Yo solo me preguntaba qué significaba eso, pero después pensé: ‘cualquier cosa que sea, ahí salimos’”, recuerda.

Media hora después, a las 10:30 p. m., don Amable detalla que ya estaban sentados comiendo arepas con agua dulce, que según el excombatiente, era lo que también comía don Pepe. Además, para protegerse del frío de la montaña les dieron sacos de gangoche.

“Vieras qué calientitos esos sacos de gangoche”, afirma hoy, desde su casa en Zapote.

Don Amable fue uno de esos ticos que se unió a un ejército improvisado encabezado por José Figueres Ferrer, don Pepe, pues consideraba que debía defender “la democracia ante las ideas comunistas” de los “mariachis”, el bando afín al mandatario Teodoro Picado Michalski y, aún más, al expresidente Rafael Ángel Calderón Guardia.

Calderón, quien escribió su propia página en la historia del país luego de que en su mandato (entre 1940 y 1944) se dieran, entre otros logros, la creación de la Caja Costarricense del Seguro Social y la Universidad de Costa Rica, además de la promulgación del Código de Trabajo y las Garantías Sociales, también contó con múltiples detractores, siendo Figueres Ferrer el más visible (en 1942 denunció irregularidades del gobierno en un discurso radiofónico y fue apresado allí mismo. Luego iría al exilio, a países como El Salvador, Guatemala y México).

El conflicto de cinco semanas, que tuvo lugar entre el 12 de marzo y el 14 de abril de 1948, cuando Figueres ya estaba de regreso, fue consecuencia de las polémicas elecciones de febrero de ese año, cuando se anuló el triunfo en las votaciones del candidato Otilio Ulate Blanco por un supuesto fraude electoral apelado por Calderón Guardia, quien alegaba la supuesta quema de papeletas presidenciales en un incendio.

El trabajo de don Amable durante el tiempo de guerra consistía en acompañar a Figueres, verificar que los otros combatientes estuvieran bien, principalmente en El Empalme, y estar en los combates, si era necesario.

Debido a su función siempre andaba un rifle Mauser, un arma “muy pesada” que durante toda la guerra solo tuvo que utilizar una vez, en una batalla.

“Yo no sé si maté o me mataron pero recuerdo que después de ese enfrentamiento cayó el silencio. Pero debo decir que yo nunca sentí miedo de nada...ni de que me iban a matar o de que tenía que matar. Sabía que estaba protegido porque mi familia oraba en todo momento por mi”, asegura el excombatiente.

Dadas las circunstancias, en aquella época don Amable no sabía manejar, pero un día que se ocupaba con urgencia alguien que supiera conducir y que trasladara a Figueres de un lado a otro, él fue el elegido para la misión.

Le tocó manejar desde La Lucha hasta la que hoy es la carretera Interamericana. La diferencia era que en ese entonces lo que había era una trocha, una “calle” de piedra apenas transitable.

Don Amable estaba dispuesto a todo, pues confiaba en los ideales de su líder, quien se convirtió en su amigo.

“Vi caer gente: sí. Vi levantar gente: sí. Vi como algunas personas estaban robando en todos lados. Sin embargo, nunca tuve heridas”, añade.

Pasado el conflicto bélico don Amable, quien siguió trabajando con Figueres, consideró que era tiempo de formar una familia y se casó con Carmen Peñaranda, en 1949.

Años más tarde, en 1954, el excombatiente junto a otro grupo de personas estudió en la Escuela Militar, que se encontraba en Goicoechea, específicamente en las instalaciones en las que se encuentra actualmente el Liceo Napoleón Quesada. Así aprendió más de la milicia.

El 10 de enero de 1955, estando con el entonces mandatario Figueres en Casa Presidencial, les avisaron que había ingresado a Costa Rica un grupo de gente por Sarapiquí y que “había que sacarlos”. Se trataba de la invasión jefeada por Calderón Guardia y sus partidarios, lanzada desde Nicaragua, que buscó deponer del poder a Figueres y que llevó a una serie de combates en la zona norte del país, en los cuales participaron muchos de los exsoldados que se habían jugado la vida en 1948. Esta refriega (Batalla de Santa Rosa) se saldó con más de 26 caídos, 82 heridos y la huida de Calderón al exilio. El legado del presidente del periodo de 1940-1944, siempre estará ligado tanto a su rol en los conflictos armados como también a su impulso para la creación de las garantías sociales y la salud pública, entre otros logros de su gestión.

“Nos metieron en una vagoneta y nos fuimos. Ya para ese entonces íbamos con rifle M1. Llegamos hasta Sarapiquí pero nos tuvimos que devolver y agarramos hacia Guanacaste. A las 5 a. m. de la mañana siguiente escuchamos unas bombetas y eran de unos aviones que venían de Nicaragua bombardeando Liberia. Entonces nos fuimos para Santa Rosa.

“Cuando llegamos a la casona nos dimos cuenta que habían invadido La Cruz y traían dos aviones: un avión de carga y uno lleno de soldados; y nosotros no teníamos nada de eso, nada más los rifles y las 13 personas que íbamos en la vagoneta.

“Recuerdo que en la llanura de Santa Rosa había una sábana grande donde tenía que aterrizar un avión de los nicaragüenses y a punta de bala de M1 hicimos que se cayera. Iba con gente y unos se salvaron, pero otros murieron”, narra.

En 1955, don Amable dejó a su esposa con sus hijos en la casa y se fue a pelear contra la nueva invasión. Mientras estuvieron combatiendo no tenían comida ni bebidas, por lo que asegura que se alimentaban con lo que se encontrarán.

“En La Cruz matamos un chancho y con una lata de manteca lavamos 54 platos -había que hacerlo porque no había agua en Santa Rosa- entonces lo sacrificamos y yo me comí una pata. Así nos alimentamos en aquella ocasión, con cualquier cosa que encontráramos”, detalla.

Esta fue una batalla más corta, por lo que luego de unos días después de haber ganado, volvió a su casa.

Su esposa lo sentenció a su llegada al hogar y le advirtió que no permitiría que fuera otra vez a una guerra.

“Cuando uno está en guerra, uno ve pasar las balas. En ese momento yo no sentía nada en el cerebro, pero cuando llegue a mi casa venía lleno de sangre, entonces me quitaron la ropa y me dijo mi esposa: ‘si te vuelves a ir me enojo. Y ella tenía toda la razón”, asegura.

73 años después de contraer matrimonio, don Amable y doña Carmen continúan casados y viven felices en Zapote, pero no olvidan esa parte de la historia que fue trascendental para la Costa Rica de hoy.

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