Revista Dominical

Everardo Carmona, el más cool de los pioneros de la aviación

El fundador de la Escuela Costarricense de Aviación es un piloto atrapante. ‘A esta altura de mi vida puedo decir que soy feliz’, asegura a los 67 años, luego de una vida de aventuras en cielo y tierra

Pepino se sacude un poco sus plumas y empieza a subir unas escaleras metálicas con una prisa incomporable. Sus patitas se extienden cuán largo puede y, en cuestión de segundos, ha llegado a la grada más alta.

Desde allí sacude su pico y se queda mirando el amplio hangar que pareciera proteger. El gallo, convertido en atalaya, permanece quieto y pareciera supervisar lo que abajo ocurre: un muchacho con máscara y soldadura está al lado de un motor, un hombre investido como capitán de avión hace un recorrido en medio de tres aeronaves y un motociclista aparece para dejar un paquete. Lo que sucede en el hangar 37 del aeropuerto internacional Tobías Bolaños no pasa por alto en el ojo del plumado Pepino.

“Ay, deme campito”, le dice una muchacha a Pepino. Ella es la asistente de don Everardo Carmona, propietario de todo lo que se ve. Ella trata de hacerse camino para llegar al mandamás del hangar.

Al llegar al final de la escalera, Pepino parece asustarse. Don Everardo abre la puerta y Pepino salta. La muchacha pega un alarido.

“Noooo, Pepino”, grita, lamentándose como si Pepino fuera a morir desde esta altura.

“Oiga, pero no se preocupe”, dice don Everardo, terminando de abrir la puerta y haciendo su aparición por completo. Cabello gris a un lado, las faldas adentro y una gran sonrisa. “Déjelo, él vuela. ¿No ve que todo lo que está aquí debe volar?”.

Don Everardo no se equivoca. Como un águila, Pepino desciende controladamente hasta el fondo del hangar y cae pacíficamente al lado de una avioneta morada. “Aquí todo es así, volando”, subraya don Everardo.

El jefe de este museo aeronáutico es pura sonrisa. “Pasen, pasen”, dice y, al trasladarnos a un pasadizo, deja descubierto su refugio: una amplia oficina dorada. Hay un escritorio, un baño al comienzo del salón, pero la oficina se extiende y da paso a una salita cargada de figuras de aviones, un centenar de libros y un par de sillones en donde han caído decenas de historias.

“Aquí ha pasado mucho”, dice don Everardo antes de sentarse. De pronto levanta su dedo índice como si fuera una advertencia y agrega: “Pero es la historia de vida que me ha hecho feliz”.

No es cualquiera quien, a sus 67 años, se sienta erguido, abre sus ojos y dice sin temor “he llevado una vida feliz”.

Don Everardo hace énfasis en que se lo puede decir a quien sea a los ojos. “Yo toda mi vida me esforcé por esto: llegar cada mañana, hacer lo que me gusta y, cuando llega la noche, echar llave e irme a dormir feliz”. Es tanta la emoción que le embarga que, al subrayar la plenitud que goza, hace a un gesto como de levantarse del sillón.

“Pero no crea que esto fue regalado. Fue mucho esfuerzo. Fueron ganas”, asegura.

Don Everardo fue una de las primeras generaciones de pilotos en Costa Rica. En la década de los sesenta, asegura, era una locura pensar en dedicarse a algo así. Su familia, repleta de médicos, le hacía creer que su destino estaba sujeto a una camisa de fuerza. “Yo fui el rebelde de la familia”, dice con una sonrisilla bandida. “Yo le dije a mi familia que quería ser piloto y que iba a irme aunque ellos no quisieran”.

Naturalmente, su familia creyó que se trató de una “fase”; que posiblemente sería cuestión de que se le pasase el cumpleaños 17 para sentar cabeza y creer en algo más convencional. “Pero fue todo lo contrario”, dice don Everardo, levantando su índice de nuevo en señal de emoción.

“Ellos vieron que empecé a mandar cartas a todas partes del mundo para buscar que me dieran pelota. Se dieron cuenta que había cartas a Canadá, Estados Unidos, a cualquier país del que yo escuchaba hablar y donde yo pudiera ser lo que tanto quería ser. ¡Estaba vuelto loco!”.

Al recordar esos días de juventud, don Everardo casi que se queda sin aire. Le emociona tanto el palpitar y la adrenalina que anticipaba su jugosa vida, que pareciera no componerse de la emoción. “Ay, es que pasaron tantas cosas. Déjeme contarle toda la historia que tengo en mi cabeza”. Se toma un par de segundos y retoma. “¡Ah sí! Debo decirle cómo empezó todo”.

Su padre, médico de profesión (naturalmente), tenía un interés en los aviones en general, el mismo interés que puede tener alguien que se sienta a ver un partido de fútbol los domingos. Puede que le guste, pero ni de cerca le pasa por la cabeza dedicarse a eso.

Era habitual que su padre lo llevara a ver aviones de vez en cuando, sin tener idea que estaba plantando una semilla que crecería por muchas décadas. “Simplemente sucedió”, dice don Everardo sobre su enamoramiento por la aviación. No le busca excusas porque tampoco son necesarias; simplemente fue un flechazo de cupido.

“Y desde pequeño yo siempre quise valerme por mí mismo. Ser alguien”. Para comprobar esa afirmación, cuenta una historia.

“Cuando yo estaba pequeño, hubo una época en que el volcán Turrialba tiró mucha ceniza. Las casas quedaron llenas del polvazal. Era algo increíble”. Don Everardo extiende su brazo en el aire para imitar los cielos rasos de las casas. “Yo tenía siete años y vi una oportunidad: ¡me hice contratista! Le dije a todos mis vecinitos que nos reuniéramos y que iba a conseguir plata por limpiar las canoas. Hablé con todos los adultos del barrio y les cobré pensando en tener una ganancia y que todos los demás vecinitos hicieran la limpieza. A mí me asombra recordar que tenía una mente de empresario en aquel entonces”, dice, y suelta otra larga risa.

Cuando creció, esa chispa seguía encendida. Trabajó en su adolescencia y logró ahorrar lo suficiente como para mandarse al agua (o más bien al aire) con su anhelo más grande.

Resulta que un amigo de su padre laboraba como piloto, por lo que el joven Everardo, tan enfiebrado como estaba, logró convencer a todos para poder pasar tiempo con este nuevo héroe, el cual le enseñaría cómo se percibe la vida desde las alturas. Las horas vuelo en aquel entonces costaban onerosos noventa colones, cifra compleja de adquirir, pero su madre finalmente aprobó su sueño y decidió ayudarlo. “Yo no cabía de emoción. La primera vez que me monté en el avión de ese amigo de mi papá fue como sentirme en el espacio”. El piloto le explicó el uso de la palanca, el pedal, las coordenadas, el norte y el sur... Don Everardo no cabía en sí mismo de la emoción.

“Y en ese instante supe que sí, quería ser piloto. Pero también quería ser empresario de aviación e iba a hacer lo que fuera por lograrlo. Sentí ese click que solo se siente una vez en la vida y que no se saca de la cabeza así no más”. Don Everardo lo dice mirando desde arriba al TI-ATA, el primer avión que compró y que aún resguarda como un tesoro en el corazón de su hangar.

Sumando trabajos de medio tiempo y contando con el apoyo de su familia, don Everardo logró terminar toda su instrucción como piloto. Empezaban los noventa y en su mente solo había un pensamiento: quería ser pionero de la cultura de la aeronaútica del país.

¿Cómo lograrlo? Tras amplias cavilaciones, todos los caminos llevaron su mente hacia una sola idea: montar una escuela.

En 1991 nació la Escuela Costarricense de Aviación (ECDEA), para dar el primer paso a favor de esta cultura. “Legar el conocimiento”, afirma don Everardo, “es la forma de mantener vivo este espíritu”. Hoy, en su hangar, vive esta casa de enseñanza, una de las cuatro que existen actualmente.

Aún así, como era de esperar, no se trataba de un deseo cumplido con varita médica. En primera instancia, don Everardo conversó con el párroco de una iglesia cercana a su casa para buscar pupitres.

“Era graciosísimo”, recuerda su hijo, también llamado Everardo. “Uno se sentaba en la fila de atrás y, aunque en la pizarra había aviones, tenías un gran rótulo en la silla que decía CATEQUESIS”, y suelta una risa.

Everardo hijo heredó la sonrisa de su papá. Tiene 27 años, es barbudo y siempre lleva una gorra puesta. En medio de su recorrido por el hangar, pide pausas para hablar por teléfono. Atiende llamadas en inglés y reserva espacios para visitantes que piden sus servicios.

El muchacho es el CEO de la empresa que tiene con su papá. Ambos, antes que ser socios y antes que ser padre e hijo, son dos grandes amigos. Se sonríen viéndose a la cara y se abrazan cada vez que pueden, aún más al recordar esos primeros tiempos de la academia.

“La escuela de aviación fue toda una aventura cuando yo era niño”, rememora Everardo hijo. Siendo un pequeño, tomaba encargos como pasar lista, realizar las facturas de contabilidad y cobrar las horas vuelo de los estudiantes. Por supuesto, don Everardo vio reflejada su astucia infantil, la de aquel niño contratista para limpieza de cenizas, ahora encarnado en una nueva versión.

“Yo nunca quise forzar a mi hijo a dedicarse a eso. Yo creo que las cosas así no sirven”, asegura don Everardo.

Pero ante el comentario de su padre, Everardo hijo tiene una respuesta honesta y muy apasionada: “Es que esto es fascinante. Desde pequeño me volví loco con todo lo que hacía mi tata. Es algo de una admiración total. Uno podía ser un niño, pero muy dentro sabía que aquí se gestaba algo muy grande y hermoso, algo que comprobé con el paso de los años que era único y que me marcaría por siempre”.

Cuando don Everardo se dio cuenta, su hijo era un adolescente montado en aviones. Al hacer las rondas de vuelos con estudiantes, Everardo hijo le dejaba las naves parqueadas en dirección de salida; era proactivo y talentoso desde pequeño.

“Por supuesto que yo sentí una gran satisfacción al enterarme de que quería dedicarse a esto. Y él, con sus ideas nuevas, vino a refrescar y ampliar todo este negocio”, cuenta el señor. “La posibilidad de trabajar juntos ha sido una bendición muy grande, porque también sé que es difícil conectar con un hijo. Nosotros tuvimos la dicha de que volar nos conectó para estar siempre juntos y eso es gran parte de lo que llena mi corazón al dedicarme a esto”.

La academia se quedó corta para tantas ganas. Los abrazos y besos entre padre e hijo iban a tener aún más excusas con todo lo que tenían en mente. Nuevos proyectos se aproximaban y, ahora, el anhelo que solo era de uno, volaba alto y se multiplicaba en alas del amor.

“Mi papá siempre ha sido una fuente de inspiración”, afirma Everardo hijo.

“Por eso pensamos que podíamos hacer algo más juntos. Nuestra relación siempre ha sido de compas. Soy su único hijo y siempre hemos sido muy cercanos”, agregó.

La confianza hizo que la empresa creciera por cuenta propia. Siendo ya un adulto, Everardo se animó a decirle a su padre que era momento de crear su propia línea de vuelos chárter; un tipo de empresa que no era tan habitual en el país en los años 2.000.

Así nació CarmonAir, empresa que les trajo la confianza suficiente para afianzarse en la industria aeronáutica. En el 2018, el siguiente paso fue mayor: crearon su propia aerolínea, llamada Green Airways Costa Rica.

La dinámica, entonces, tuvo sentido: sus propios alumnos son contratados, posteriormente, en la empresa. Así logran asegurar la calidad de los pilotos con los que cuentan.

“Y es que no tiene idea. Gente de aquí está en todo el mundo, todo el planeta, en verdad”, afirma don Everardo. “En Singapur, en Catar... En toda aerolínea han llegado a ser capitanes. A mí me llena esa calidad que hemos podido dar”.

Y, dentro de ese apartado, lo que más atesora don Everardo son las anécdotas escondidas. “Prefiero guardar nombres, pero tuvimos un furgonero que luego se hizo capitán en Taca. También hubo otros muchachos que no tenían cómo pagar (la academia), pero tenían tantas ganas que arreglamos, porque sabíamos que esto les podía cambiar la vida. Así fue y así sigue siendo”.

El corazón de don Everardo es grande. Lo confirman las voces anónimas con las que se puede conversar en su hangar. Allí aparecen historias de cómo ha ido a ayudar, sin pago ni retribuciones, en emergencias nacionales como el huracán Otto, la tormenta Nate y la pandemia por covid-19, llevando alimentos hacia sitios sin acceso terrestre.

La verdad, es fácil de creer esa voluntad al conversar por horas con don Everardo. Es un señor que practica la meditación y que su librero delata su honestidad. Entre figuritas de aviones y souvenirs de viajes por todo el planeta se despliega una biblioteca en la que se leen libros del estilo: Cómo mantener un buen espíritu en la empresa, biografías de figuras históricas como Nelson Mandela y libros de filosofía sobre Platón y Aristóteles.

También, hay espacio para literatura de ficción como Ken Follet, quien confiesa es uno de sus autores preferidos. Así, en medio de vuelos, llamadas y libros de contabilidad, don Everardo siempre encuentra espacio para divertirse con mundos más allá de las hélices y las alturas.

“Me encanta leer porque me ayuda a entender más del mundo”, dice. Esa búsqueda de empatía se ha confirmado con los cientos de pilotos que siguen naciendo en su academia.

En esa misma línea, Everardo hijo comenta: “Y aunque papi es estricto y riguroso con lo que enseña, siempre tiene buen corazón. Aquí ha llegado gente que papi les ha ayudado de maneras impresionantes, tanto como con la paga como con el tiempo y dedicación para que aprendan bien. Es notable cómo siempre detecta a la gente buena y la ayuda, por eso él siempre lleva un motto consigo mismo”.

Don Everardo lo subraya: “no hay excusas. A mí aquí me han llegado muchachos a sentarse y decirme: ‘es que no puedo’ y yo los regaño. Tienen que sacarse eso de la cabeza. La aviación termina siendo algo espiritual también, sabés. La idea de estar arriba y ver las cosas de otra forma. Yo siempre le digo a todos los que vienen aquí que se quiten los prejuicios y se la crean”.

Nuevamente, don Everardo se emociona mucho y toma un segundo para respirar antes de retomar. “Se lo repito: para mí es un sueño y un privilegio poder ser feliz a la edad que tengo. Estoy consciente de eso, que no es algo habitual. Y yo estoy en la vida para ayudar al que me encuentra a tratar de alcanzar esto que yo siento y que me resulta tan valioso”.

Al finalizar la conversación, don Everardo baja para encontrarse con su hijo en uno de los nuevos aviones, el cual está destinado a viajar esa misma tarde a Santa Teresa, en Cóbano, donde instalaron una pista hace un par de años.

Ambos, sin importar la distancia de edades, se quedan viendo la nave con asombro; como un juguete nuevo. Se montan para probar el panel, pero dejan la puerta abierta. Al rato, se asoma Pepino para ver qué está pasando y completa la fotografía: los tres están siempre, más que dispuestos, para volar.

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