Jacques Sagot. 17 octubre, 2016

Sepp el Zorro Herberger, técnico de la selección alemana durante 28 años y campeón mundial en Suiza 1954, solía expresarse en apotegmas, fórmulas y sentencias notables por su lucidez.

Comparto con ustedes uno de sus aforismos: “Todo partido tiene momentos críticos durante los cuales hay que redoblar la atención: el primer y último minuto de cada mitad, y el minuto inmediatamente posterior a una anotación, a favor o en contra”.

Saprissa cayó justamente por no haber seguido la máxima de Herberger. La expulsión de Calvo no fue el hecho determinante del partido. Saprissa perdió porque no supo gestionar, digerir, encajar, asimilar con suficiente rapidez el gol de Condega. Y fue así como, de conformidad con el apotegma de Herberger, en el minuto inmediatamente posterior al gol, volvió a ser torpedeado. Apenas alcanzó a tocar la bola entre ambos goles. Después del primero, el equipo se desacomodó en el terreno de juego, tanto física como psicológicamente. Perdió las marcas, perdió las posiciones, perdió el ritmo, perdió el control, perdió el “diseño”, la estructura que las piezas dibujaban en el espacio. Como un boxeador recién tumbado, se levantó turulato, y el rival no tuvo dificultad alguna en “terminarlo”.

Después de un gol –a favor y, sobre todo, en contra– se produce en los equipos un momento de desconcentración, ya sea la extática celebración del tanto, o el dolor, el shock , el estupor del gol encajado. Antes de que se produzca la saludable reacción revulsiva (“¡vamos a superar este mal momento!”), el equipo deberá operar un proceso de digestión aceleradísima, de asimilación inmediata del golpe de revés que vienen de asestarle, restablecer el ritmo de respiración colectiva, y seguir adelante. Es algo así como un duelo elaborado, comprimido en cuestión de segundos.

A Saprissa no lo derrotó el gol de Hansen, sino el de Condega. El equipo se dejó anonadar, quedó patidifuso, descuidó la defensa, entró en una especie de trance, de pesadilla colectiva, y se tragó el segundo gol. Más hubiesen venido, si Saprissa no se hubiera recompuesto después del segundo. Saprissa perdió porque cometió un error psicológico. De los más básicos y elementales que quepa concebir. Jamás le hubiera pasado a Herberger.