Roberto García H.. 14 diciembre, 2019

Ha pasado mucha agua bajo el puente desde que me acerqué por primera vez a Alexandre Guimaraes en sus inicios como entrenador, una tarde de domingo en el Estadio El Pedregal, en San Antonio de Belén. Al pie de la gradería de sombra, el joven director técnico local desgranó en aquella oportunidad las cartas de navegación que lo convertirían en un trotamundos y en un laureado estratega.

Motivado por su buen verbo, encabecé así la nota: “Guima trabaja y sueña”, un título de mi autoría que me doy el derecho de repetir, a raíz de la reciente obtención del cetro con América de Cali, Colombia, bajo su mando. Con el palmarés de dos mundiales a cargo de la Selección Nacional (2002 y 2006), un vasto recorrido internacional y pergaminos de sangre y sudor como el Aztecazo del 2001, Guima es un triunfador, un ser humano que ha sabido interpretar y aderezar la alquimia de sus aciertos con sus errores, proceso que lo ha llevado a esculpir hoy la mejor versión del avezado estratega.

Por eso me parece necia la tendencia del periodismo deportivo que suele atosigar a los directores técnicos que pierden un partido importante o un título para que pronuncien, públicamente, la palabra fracaso. Una cosa es caer, levantarse y seguir, y otra muy diferente es hundirse en la frustración. Bien se dice que la victoria y la derrota no son más que un par de impostores, a los que hay que saber encarar. De los pupilos de Velibor Milutinovic en Italia 90, Guima fue el primero en asumir la estafeta de entrenador, seguido por Hernán Medford, Óscar Ramírez y Rónald González, sin duda una camada exitosa, pues han sido campeones en el país y en el exterior.

Hombre de familia, intelectual y escritor, Guima es un referente, forjador de un hogar que ha sido ejemplo de vida para sus hijos Celso y Mauro Borges Mora. El primero es el gran futbolista que conocemos; Mauro, un director de cine profesional, intuitivo y sensible, uno de los jóvenes creadores audiovisuales en quienes el país abriga la esperanza de plasmar un lenguaje cinematográfico propio. “Guima trabaja y sueña”. Han pasado los años y me regocija comprobar que la pegué con el título de aquella pequeña entrevista para La Nación, en el lejano 1994.