Roberto García H.. 13 abril

¿Cómo es posible que un timonel, por definición, guía y mentor, atribuya a su barrera de “enanos” el golazo de Gulliver? Como si fuera tan fácil embocar la redonda en los cordeles, aún sin una barrera en frente. ¡Qué pena!, lejos de reconocer la virtud innegable del franco tirador adversario -de quien es sabido que donde pone el ojo, pone la bola-, un avezado y prestigioso estratega prefirió dejar en mal predicado a sus muchachos, los mismos que minutos antes, tras un esfuerzo casi sobrehumano, habían logrado una anotación que estuvieron muy cerca de traducir en victoria.

A mí me parece que hay algo de enfermedad colectiva en la sociedad y en el deporte. De otra manera no se puede explicar que a lo largo de una semana se haya debatido más el penoso incidente después del clásico, en el que un par de energúmenos arremetió contra uno de los protagonistas y, a modo de conjura o brujería, el detestable altercado haya hecho olvidar por completo el emocionantísimo epílogo entre Alajuelense y Saprissa en el Morera Soto.

Sucesos tan lamentables como el de los exaltados ocurren en muchas oportunidades en los diferentes estadios del país, con la salvedad de que no siempre quedan registrados. Claro que hay que desterrarlos de los terrenos del deporte, indudablemente, pero también de nuestras calles, escenarios de sangre, intolerancia y crimen, como el que perpetró hace más de una semana un conductor desaforado contra un motociclista.

El espíritu de Liliput ha seguido predominando, luego de la sanción a la cancha por una fecha. Además, para morirse de la risa, la inmediata reacción y apelación no se han hecho esperar con variadísimas y folclóricas interpretaciones sobre el verdadero sentido del vocablo adyacente, escrito en el reglamento, un adjetivo que el diccionario de la Academia Española de la Lengua define así: Que está muy próximo o unido a otra cosa.

Pues bien, en la institución centenaria se redactan legajos de apelaciones para demostrar que el hecho que originó el castigo no se dio en el “bendito adyacente” y que, en esa tesitura, la sanción no procede, ocasión de la que se aprovecha y puya un tercero para acarrear agua a su molino. Qué pena por nuestro fútbol, tan poblado de liliputienses y tan desprovisto del sentido común.