Roberto García H.. 18 enero

A veces las malas rachas se alargan, prevalece la confusión y no se vislumbra una luz al final del túnel. Adonis Pineda, guardameta de Liga Deportiva Alajuelense lo está experimentando, después de que los fantasmas volvieron a conjurar en contra suya, la noche del miércoles en Pérez Zeledón. Su salida en falso que provocó el tercer gol generaleño certificó, con evidencia y drama, la extensión de la adversidad. Algo tendrá que hacer para salir de este trance tan complicado, un pronunciado bache que, vale decir, suele acaecer en la vida de cualquier persona, deportista o no.

No soy quien para dar consejos. No obstante, sugiero con sinceridad que Adonis necesita una introspección profunda. Para él, no es hora de hablar en público ni de ofrecer más disculpas. Hoy requiere un pacto con el silencio. Después, trabajar a fondo con su entrenador, Wardy Alfaro, e intensificar las prácticas que le permitan solventar sus falencias. También, por qué no, podría conversar con referentes históricos de la portería rojinegra, tales como Álvaro Mesén y el mismísimo Carlos Alvarado, el legendario Aguilucho, un abuelo entrañable quien, sin duda, estaría dispuesto a compartir un café con el muchacho hojancheño.

Podría recurrir a colegas suyos provenientes de otras divisas, como Erick Lonis Bolaños, cuya experiencia le haría mucho bien a Adonis. Aquí es posible que surjan opiniones adversas, por el antagonismo del saprissista. Mas, eso es lo de menos. Erick Lonis es un gran ser humano, un referente de la sociedad, un profundo conocedor de la soledad inherente a la estirpe del guardameta. Además, los guardavallas suelen cultivar entre ellos una estimación y un respeto especiales. Recordemos el abrazo solidario entre Adonis Pineda y Esteban Alvarado, “los condenados al pelotón de fusilamiento”, previo a la serie de los penales, tras la que sobrevivió el meta florense.

“Cuando todo esté peor, más debemos insistir”, reza un adagio popular. Lo que menos debe hacer Pineda es bajar los brazos. Lo que sigue para él es trabajar arduamente, hasta el dolor, la extenuación y el cansancio, sin tiempo que perder, en busca de la excelencia.