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Las lavas del Turrialba

Casi en nuestros patios traseros se han producidos eventos similares a los que vemos en Canarias

La erupción del volcán Cumbre Vieja, en La Palma, nos ofrece un gran espectáculo, pero también el drama humano de quienes tienen que afrontar la fuerza incontenible de la naturaleza.

Aunque científicamente sabemos que no existen ni fuerzas incontenibles ni objetos inamovibles, las vistas de las coladas de lava que avanzan por sobre todo lo que se interponga en su camino son aleccionadoras.

Nuestra generación ha tenido la suerte de ver en vivo y a todo color fenómenos de la naturaleza que en mis épocas de estudiante de Geología solo figuraban en libros de texto, y en blanco y negro.

Los tsunamis de Indonesia de finales del 2004 y de Japón en el 2011, la erupción del Pinatubo en 1991, del Chaitén en el 2008, las erupciones recientes del Etna y ahora las del Cumbre Vieja son algunos pocos ejemplos.

En realidad, y sin dejar de lado el sufrimiento humano y la destrucción que causan huracanes, terremotos, grandes deslizamientos y otros fenómenos que hemos visto casi en directo, nuestra generación ha sido afortunada.

Antes no se percibía la magnitud ni los efectos de los desastres. Debíamos conformarnos con lo que informaban los periódicos unas semanas o meses después.

Nos eran casi ajenos, lejanos en el espacio y el tiempo, espacios y tiempos que la tecnología moderna se ha encargado de reducir a su mínima expresión.

Sin ir más lejos, en nuestro vecindario, casi en nuestros patios traseros, han ocurrido eventos similares o quizás mayores que los de Canarias. Coladas de lavas muy parecidas han descendido de los volcanes Barva, Irazú y Turrialba, en tiempos estimados entre 6.000 y 12.000 años.

Aunque este no es un artículo académico, y además no tengo los recursos para mandar a datar muestras de rocas al extranjero, para los geólogos es posible, cuando menos, calcular la edad relativa de eventos geológicos con base en lo que hay sobre y bajo el evento.

Este es el caso de las conocidas coladas de lava de Cervantes, al sur del Irazú, y de la colada de lava de Los Ángeles, que fluyó por las laderas del volcán Barva hasta las inmediaciones de Mercedes de Heredia, hace unos 10.000 años.

Y el volcán Turrialba no se queda atrás. En su flanco norte existen varias coladas de lava cuya extensión supera en más de dos veces las actuales coladas del Cumbre Vieja.

Lavas que fluyeron desde el cráter hasta casi la posición de la ruta 32, que se desplazaron sobre un cono o abanico piamontano en las faldas del flanco norte del volcán, y que se conservan casi como el día en que fluyeron, como magma incandescente.

Las coladas de Numancia, Suerre y Guácimo son tres de las muchas coladas de lava que se derramaron desde el volcán Turrialba en la época geológica reciente. Estos derrames de lava probablemente, y casi seguramente, no ocasionaron ningún daño a nadie ya que también, probablemente, en el tiempo de su desplazamiento no había nadie que registrara el acontecimiento.

Pero debido a la textura sumamente rugosa de la superficie de estas coladas —con bloques de rocas del tamaño de casas, fisuras y grietas de enfriamiento por todos lados— no solo es una pesadilla para los tobillos caminar sobre ellas, sino también que en los tiempos en que esa región se «colonizó» no fue posible deforestar los bosques que crecían sobre las lavas, ya que es prácticamente imposible sacar la madera de ahí con bueyes.

Hoy sería ambientalmente imposible deforestar las coladas de Numancia, Suerre y Guácimo, porque, además, ocurre que estas lavas, a causa de su extremadamente alta permeabilidad y a su base casi impermeable, han dado origen a acuíferos freáticos colgados que son los que ahora abastecen de agua a las poblaciones de Guápiles, Jiménez y Guácimo, entre otras.

El agua contenida dentro de estas masas rocosas fluye a lo largo de sus límites laterales y es captada por Acueductos y Alcantarillados y otras empresas a cargo del abastecimiento público.

Las coladas de lava del flanco norte del volcán Turrialba son un claro ejemplo de los efectos de eventos desastrosos fuera del control humano, más tarde o más temprano se vuelven a nuestro favor, como las fajanas antiguas de La Palma, actualmente sembradas de banano.

rprotti@geotestcr.com

El autor es geólogo.