María Laura Elizondo García. 13 octubre

Con respecto al artículo publicado recientemente en “Página quince”, titulado “Carne es caos” (7/10/2020), existen algunas consideraciones como aporte a la discusión.

La situación desarrollada por las autoras del mencionado artículo es la tragedia diaria vivida por la mayoría de los animales de granja alrededor del mundo.

La elaboración en serie de productos animales para el consumo humano es una industria con un funcionamiento sin precedentes, una máquina perfecta que nunca para de producir.

El estado de malestar en que se encuentra “la materia prima” es única y exclusivamente responsabilidad nuestra. Sin embargo, la ganadería no siempre es hacinamiento y maltrato, así como tampoco es siempre ambientalmente nefasta.

En las últimas décadas se ha reconsiderado el impacto de los grandes herbívoros sobre el suelo. La teoría se basa en que nuestros ecosistemas fueron abundantes en megafauna, ricos en animales como bisontes, ciervos, caballos salvajes y uros (antepasados de los bovinos actuales), entre otros; y que estos desempeñaron un papel fundamental en moldear los ecosistemas donde vivieron.

El Dr. Frans Vera, arquitecto de la teoría, considera que los animales de pastoreo son una fuerza natural fundamental de alteración y transformación física del suelo, debido a conductas como arrancar ramas, remover cortezas, desraizar pasto, flores y plantas, así como pisotear la tierra y hasta la frotación contra los árboles; aunado a su habilidad para esparcir semillas y transferir nutrientes.

Todo esto contribuye a la formación y estimulación de hábitats complejos y biodiversos, dada la eterna lucha entre la vegetación y el pastoreo animal.

Caso exitoso. Un ejemplo interesante es Knepp Wildland, antigua granja tradicional inglesa transformada según la teoría de Vera. En ella pastan libremente especies británicas de ganado, ciervos, cerdos y caballos.

El resultado es la regeneración de la vegetación, en un intento por emular las condiciones que una vez caracterizaron el ecosistema inglés.

Sus dueños se benefician no solo de un proyecto ecoturístico (visitación y aprendizaje), también de los servicios ambientales y de la carne obtenida al controlar la población de los herbívoros, dado que no hay depredadores dentro del proyecto.

Potencial costarricense. El 90 % de nuestra ganadería es pastoreo extensivo. El 50,3 % de las fincas ganaderas tienen como sistema principal de alimentación el pasto mejorado, según la encuesta nacional agropecuaria del 2018, y es carbono-positiva gracias a la ejecución de la Estrategia para la ganadería baja en carbono 2015-2034.

Se calcula que las fincas ganaderas aportan el 18,6 % de la cobertura boscosa nacional. Estos datos son sumamente positivos y con altísimo potencial para optimizar la actividad a fin de contribuir a mitigar los efectos del cambio climático, promover el bienestar animal y mejorar la situación económica del productor y la calidad para el consumidor.

La abundancia de vegetación y árboles genera más alimento, favorece una mayor productividad y bienestar del ganado, sobre todo en tiempos de sequía, a la vez que protege el recurso hídrico y captura gases de efecto invernadero.

El pastoreo deriva en cambios en el suelo, lo que a su vez atrae biodiversidad y origina hábitats donde una vez fueron campos abiertos deforestados.

Programas como NAMA Ganadería del MAG y otras instituciones ya capacitan y trabajan en el mejoramiento de las fincas nacionales.

Los cambios en más fincas tendrá como resultado un aumento de ambientes biodiversos, en beneficio de los animales y del ganadero, pues se trata de una producción más rentable.

La autora es abogada.