Inka Dewitz y Christine Chemnitz. 6 octubre

BERLÍN– El sistema de producción industrial de carne está fuera de control. Además de su aporte a la destrucción del clima, la biodiversidad, el suelo y los bosques, también amenaza la salud de las personas.

Antes de la pandemia de covid‑19, casi nadie prestaba atención a las advertencias de la Organización Mundial de la Salud (OMS) acerca de las enfermedades zoonóticas, causadas por patógenos que se transmiten de animales a humanos.

Lo mismo ocurre con la resistencia a antibióticos, otra amenaza sanitaria global muy vinculada con la producción de carne.

La Organización Mundial de Sanidad Animal calcula que el 60 % de las enfermedades infecciosas en seres humanos son zoonóticas.

Y, según un trabajo publicado el año pasado en la revista Nature, el crecimiento de la población mundial y cambios en las pautas de consumo seguirán aumentando esa cifra.

A lo anterior se suman otros factores, como los cambios en el uso de la tierra, por ejemplo la deforestación y la conversión a campos de cultivo.

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La actividad humana ha alterado el 75 % de la superficie sólida del planeta, más de un tercio de la cual se destina a actividades agrícolas como cultivo y pastoreo, y estas cifras no paran de crecer.

Al intervenir en los ecosistemas naturales, desequilibrarlos y reducir los hábitats de vida silvestre, estamos alterando la relación simbiótica que existió durante miles de años entre la humanidad y la naturaleza.

Ya es bien sabido que el retroceso de los hábitats naturales, el aumento de la presencia humana y la multiplicación de animales de crianza incrementan el riesgo de transmisión de enfermedades zoonóticas.

Un trabajo publicado en Nature Sustainability muestra que aproximadamente el 25 % de las enfermedades infecciosas y el 50 % de las infecciosas zoonóticas en seres humanos pueden vincularse con la agricultura.

Las cifras van a empeorar al seguir expandiéndose la agroganadería industrial y las prácticas de monocultivo.

Otro factor pernicioso debido al cambio del uso de la tierra en todo el mundo es la producción de forraje. Por ejemplo, ya hay más de 120 millones de hectáreas (3,5 veces el tamaño de Alemania) de cultivos de soya, principal fuente de proteína para la producción industrial de carne.

La OMS y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) llevan tiempo alertando sobre el riesgo de pandemias implícito en la ganadería industrial.

En los últimos cincuenta años, la población mundial se duplicó, pero la producción mundial de carne creció más del triple.

Hoy se consumen en todo el mundo unos 300 millones de toneladas de carne. Se calcula que en el 2017 había 1.500 millones de vacas, 1.000 millones de cerdos, 23.000 millones de aves de corral y 2.000 millones de ovejas y cabras.

Es común que se tenga a estos animales encerrados por miles en espacios pequeños, lo que facilita la transmisión de enfermedades (incluidas las gripes aviar y porcina).

Un panel científico sobre gripe aviar y aves salvajes creado por las Naciones Unidas está convencido de que no solo las aves salvajes y migratorias son vectores de virus gripales altamente contagiosos, sino que estos virus también se encuentran en aves de granja que pueden contagiar a las primeras.

En el 2016 el panel publicó una declaración que señala: “No hay pruebas convincentes de la existencia de mecanismos o de especies de aves salvajes que puedan transmitir cepas del virus de la gripe aviar altamente patogénica H5N8 sin que los portadores mismos mueran durante una migración a gran distancia”.

En cambio, “el riesgo de circulación de virus de gripe aviar altamente patogénica derivado de la crianza de aves de granja y su comercio es considerablemente alto”.

Pero la producción de carne también supone otros riesgos sanitarios, además de las enfermedades zoonóticas. Uno de los aspectos más relevantes de los sistemas actuales de producción de carne, además de la soya, es el uso intensivo de antibióticos.

Los expertos calculan que en el 2050 la resistencia a antibióticos causará la muerte de más de 10 millones de personas al año. Y, según la OMS, una de las principales causas del desarrollo de esa resistencia es el uso generalizado de antibióticos en la crianza industrial de animales.

En análisis realizados en supermercados alemanes se hallaron patógenos resistentes a antibióticos en el 66 % de los pollos y el 42,5 % de los pavos en venta.

Además, los brotes de covid‑19 en mataderos de todo el mundo muestran que la producción de carne no solo implica destrucción ambiental y maltrato animal, sino también explotación laboral.

En Alemania, la mayoría de los trabajadores de mataderos son migrantes de países de Europa del Este, que apenas hablan el idioma.

En general son empleados por empresas de sus países de origen, con contratos precarios que suelen limitar el acceso a servicios sociales y atención médica.

En junio se contagiaron de covid‑19 más de mil trabajadores del mayor matadero de Alemania, perteneciente a la procesadora de carne más grande del país.

Para resolver estos problemas hay que apuntar a que el consumo de carne sea "menor, pero mejor”. En Alemania se comen alrededor de 60 kilogramos de carne por persona al año, y la cifra es incluso mayor en Estados Unidos, Australia y otros países europeos.

Pero la mayor parte de la población mundial come mucha menos carne y con menos frecuencia. Que es como debería ser el consumo: no tres veces al día, y tal vez tampoco tres a la semana, sino una o dos veces.

Los políticos llevan años ignorando las advertencias sanitarias de los científicos en relación con la industria de la carne. Este año todo el mundo ha debido confrontar la importancia de esas señales de advertencia.

Es evidente que se necesita una transformación integral de los sistemas agrícolas y alimentarios, con políticas que refuercen la agroecología y alienten cadenas de valor cortas, diversificadas y resilientes.

El conocimiento científico necesario para ejecutar esas medidas existe hace años, solo hace falta usarlo.

Inka Dewitz: es directora superior del programa de Política Alimentaria Internacional de la Fundación Heinrich Böll. Christine Chemnitz: es la jefa del Departamento de Política Agrícola Internacional de la Fundación Heinrich Böll.

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