Sigrid Solano Moraga. Hace 2 días

¿De dónde nace el racismo en el país? El racismo en América tiene raíces profundas. Podemos retroceder a la época colonial, cuando los afrodescendientes e indígenas se desdibujan desde el ojo de quien tenía el poder: el colonizador.

Quienes no tuvieran en sus venas sangre europea no eran considerados humanos. Los afrodescendientes, por su parte, eran esclavizados porque su color exponía la otredad y la fuerza para efectuar los trabajos y soportar los azotes que a sus amos les placía dar, así como el resto de agresiones ya documentadas.

El discurso racial en América fue instrumentalizándose, incluso, de la mano de la pintura, como en los cuadros de castas, que mostraban quiénes se encontraban en la cúspide de la pirámide: los españoles o, en el mejor de los casos, los criollos; la diversidad mezclada adquirió nombres que —¿por suerte?— han quedado en el olvido como chamizo, coyote, loba, tente en el aire, morisca, etc.

Estas minuciosas clasificaciones reflejan la necesidad humana de clasificar, pero, al hacerlo, marcaban lo que no se entendía y no se reconocía.

Discurso literario. En la consolidación de Costa Rica como nación, lo racial iba de la mano de otros discursos, entre ellos el literario, que ha dejado evidencia de la percepción sobre los afrodescendientes. Por ejemplo, a inicios del siglo XX, para un narrador como el de Mamita Yunái (1941), uno de sus personajes más controversiales es “un negro bruto y desalmado por haber violado una tumba en busca de huesos humanos para sus prácticas de hechicería”.

Ya con una república consolidada, en el siglo XXI, para una narradora en Impúdicas (2016), un personaje negro es un buen amigo, aunque la sociedad descrita lo marque de mariguano o de peligroso.

A pesar de generales, estos ejemplos muestran cierta evolución en esas construcciones porque la literatura se tiñe de la mirada cultural; por tanto, se presenta una evolución del siglo XX al XXI sobre el ideario de los afrodescendientes, pero continúa evidenciándose el racismo.

Aun así, en la actualidad, no es necesario remitirse a los objetos artísticos para sentir el racismo reflejado en el actuar costarricense; parece que en el ideario del país los afrodescendientes siguen considerándose lo diferente.

Esto se exhibe con el maltrato que un niño (sí, ¡un niño!) recibe por parte de la afición saprissista o los improperios de la selección de Cartago hacia la de Limón. Se manifiesta en las instituciones públicas cuando una mujer negra que se ha esforzado más que su grupo de trabajo, conformado por una mayoría “blanca”, no es tomada en cuenta para asumir una jefatura.

Violencia diaria. El racismo se palpa en el diario vivir, con una mujer al volante que recibe como insulto: “Negra tenía que ser” o cuando la recriminación es directa al color de la piel, al estereotipo: “Parece un monito enojado”.

El racismo lo vemos solapado en un video musical publicitario en el que aparece una única mujer negra como mesera y es quien sirve, con gran entusiasmo, el rice and beans a un grupo de vallecentralinos. El racismo se percibe sistemático cuando, en una universidad pública de Heredia, la población negra es contada con los dedos de las manos.

Aunque parezca parte de textos de ficciones, estas situaciones han pasado. Los resabios del coloniaje están vivos, creímos y creemos en el discurso de dominación, de superioridad blanca, aunque sea absurdo para los 5 millones de habitantes diversos, si de colores hablamos.

La esclavitud se eliminó, pero quedan la palabra y la mirada divisora y agresiva. A Costa Rica le hace falta la aplicación de los derechos humanos, su población carece de humanismo y ataca ferozmente porque no se ha librado de las ideas colonizadoras.

La población afrodescendiente puede tener cédula, la Constitución puede afirmar que todos somos iguales, pero erradicar la violencia estructural no es fácil. A la literatura y al arte no les queda otra que ser testigos y jurados de los cambios que en la sociedad se hagan.

La autora es filóloga y académica de la UNA y la UCR.