Editorial

Patrullas varadas

La ley de tránsito es el mejor ejemplo de que la confianza depositada en la capacidad transformadora de la ley es excesiva

Hace más de una década, la promesa de la ley de tránsito era limitar las tragedias cotidianas en las vías nacionales. Severas multas y otras sanciones obligarían a pensarlo dos veces antes de manejar intoxicado o a velocidades temerarias. Las carreras informales o piques terminarían con el arresto de los participantes. Nada de eso ocurrió.

Quizá en sus primeros meses de vigencia la rigurosidad de la ley asustó a los infractores, pero pronto las aguas de la irresponsabilidad tomaron su nivel. Las razones son obvias: apenas hay medios para aplicar las sanciones. Los oficiales de tránsito son escasos y en pleno siglo XXI el país no ha sido capaz de desarrollar la vigilancia electrónica. Sin una probabilidad razonable de ser descubierto o castigado, la sanción prevista por ley es letra muerta, no importa cuán draconiana.

La lección es relevante para la discusión sobre la forma de enfrentar la ola de delincuencia que nos agobia en la actualidad. Con demasiada frecuencia, la primera reacción es legislar, sea para crear nuevas conductas delictivas o para castigar con más severidad las existentes. Pero la confianza depositada en la capacidad transformadora de la ley es excesiva, como lo demuestra la ley de tránsito.

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