Editorial

Editorial: Cascarones electorales

El caso del partido taxi en el gobierno llama a reflexionar sobre el régimen de partidos y las reformas necesarias para reconstituirlo en procura de la gobernabilidad democrática

El Partido Progreso Social Democrático (PPSD) nunca existió. Es una verdad de Perogrullo, pero nunca antes había quedado de manifiesto con tanto drama la ficción política detrás de agrupaciones carentes de militancia, programa, ideología y estructura. A poco tiempo de lanzarse a la aventura del 2022, buena parte de los fundadores lo abandonaron para dar la adhesión a otro partido. Nada se volvió a saber de ellos y su defección no tuvo mayor importancia. La renuncia de los fundadores, tan desconocidos como el partido, no hacía falta para demostrar la naturaleza endeble de la agrupación y la falta de cohesión entre sus miembros.

Partidos de esa factura existen desde hace décadas y en las elecciones más recientes han proliferado, pero hasta el 2020 ninguno logró alcanzar la presidencia. El éxito lo explica el debilitamiento de los partidos con trayectoria, y no algún mérito específico del PPSD. El partido carecía de dirigencia para conformar siquiera un gabinete y la flamante administración recurrió al método de solicitar currículums. El resultado salta a la vista. Nunca hubo un equipo de gobierno más inexperto y menos estable.

Antes de hacerse evidente, en la práctica, la inexperiencia de los altos cargos de la administración, sus endebles fundamentos programáticos dieron al traste con el primer período de sesiones extraordinarias del Congreso. El gobierno desaprovechó, por completo, su facultad de conformar la agenda legislativa. Era de esperar. A falta de programa y visión de futuro, simplemente no tenía nada que plantear.

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