Columnistas

Tengo muchos sueños

Uno de ellos es que las mujeres, nativas y foráneas, puedan pasear solas por playas y montañas sin miedo a que les roben, las violen o las maten

El Dr. Martin Luther King pronunció en 1963 su famoso discurso Tengo un sueño. Su sueño era, en la época que le tocó vivir, que todos los seres humanos fueran iguales. Independientemente del color de piel, fueran iguales ante la ley y la sociedad.

Soñó, y más o menos su sueño se cumplió; sin embargo, y terriblemente, casi 60 años después, existe un exacerbado racismo en Estados Unidos y últimamente se ha incrementado al parecer irreversiblemente.

Quienes en estos lares somos ilusos soñadores, gracias a que soñar es gratis, pasamos la vida soñando con cosas algo más prosaicas que los nobles y elevados deseos de libertad e igualdad del Dr. King.

Me place y no puedo evitarlo, soñar con que no haya niños ingiriendo alimentos caros y en mal estado debido a que hay que mantener al misterioso, inexplicable y rarísimo negocio del CNP. Sueño con que las mujeres, nativas y foráneas, puedan pasear solas por playas y montañas sin miedo a que les roben, las violen o las maten.

Sueño con que al fin se pueda transitar en esta tierra por carreteras, no digamos de primer mundo, sino simplemente carreteras en las que la desesperación de la gente por llegar a su destino no signifique la muerte y el dolor de propios y extraños, cosa que ya nos es casi cotidiana y no nos produce ni el asombro ni la aflicción de hace unos años.

Sueño con que el narcotráfico ya no sea negocio, que más jóvenes no caigan en las garras del dinero fácil, y que esos jóvenes no se acostumbren a la muerte ni vean el matar a alguien con la trivialidad con que se ve saludar a un amigo en la calle.

Sueño con que la gente se vacune, que unos pocos no comprometan la salud de los demás por mero gusto, pues no sabemos qué clase de egoísmo narcisista los afecta o si han sucumbido a la manipulación inexplicable de quienes esgrimen toda suerte de sandeces para no inocularse.

Se nos viene la elección y, como nunca antes, tantos aspiran a un poder que resulta sospechoso por el fin perseguido. Haciendo eco de aquello de que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente, el asunto se transforma en pesadilla.

Mejor sigo soñando con cosas triviales, con que algún día exista educación, cultura y medios para que los conductores de camiones se hagan a un lado cada cierto tiempo y dejen pasar a los kilómetros de vehículos tras su lento transitar en nuestras calles miserables.

Con que la pandemia termine algún día y convivamos con el virus como con la polio, el sarampión y otros males. Con todos vacunados, como desde niños contra los males, no importa qué enfermedades pululen por ahí, porque no matarán a nuestros hijos.

Con que algún día concluyan las obras en la carretera a San Carlos y la Circunvalación. Con que no haya listas de espera en los centros médicos y nadie pague el marchamo porque igual nos lo van a condonar. Y quién sabe, tal vez nos condonen los impuestos sobre las casas de lujo en las que según el gobierno vivimos todos los hijos de vecino.

Sueño con el día en que los seres humanos volverán a ser hermanos, pero tengamos cuidado: cuando los hombres fueron hermanos por primera vez, uno mató al otro.

rprotti@geotestcr.com

El autor es geólogo, consultor privado en hidrogeología y geotecnia desde hace 40 años. Ha publicado artículos en la Revista Geológica de América Central y en la del Instituto Panamericano de Geografía e Historia (IPGH).

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