Jacques Sagot. 16 junio, 2018

Hoy lloré profusa, deliciosamente. Por una vez, mis lágrimas fueron generosas, torrenciales. Todo se lo debo a Mozart. Bendito sea por ello. Por accidente sintonizo el Canal de las Artes y me topo con la imagen de un cementerio nevado. El paisaje es de una belleza inmensa, perturbadora, con algo de Caspar David Friedrich.

La cámara se detiene por un momento sobre la tumba donde presumiblemente reposa este hombre que bien hubiera merecido una pirámide más grande que la del más ínclito de los faraones. Reconozco de inmediato los compases iniciales del réquiem: el ritmo lento, pesado, perfectamente regular del cortejo fúnebre.

Copérnico, Newton, Einstein, Planck, Heisenberg… ninguno de ellos le añade ni le quita nada a la existencia humana

Se me aprieta el pecho. Me cuesta respirar. A la música misma le cuesta respirar —diríase—. Las inhalaciones de las cuerdas y las maderas parecen entrecortadas. Son incapaces de otra cosa que sollozar. No es la expresión del dolor. Es el dolor mismo. Sí: es la música la que llora. Al entrar el coro con las palabras “réquiem aeternam”, lloro yo también.

¡Si en efecto nuestro destino fuese el reposo eterno, la vida no sería más que una breve, inocua pesadilla! Pero ¿si tal no fuera el caso? Los bajos siguen gimiendo desde el fondo del dolor… “réquiem aeternam” ¡Cuánta majestad, qué infinitud de pesar! ¿De dónde, en nombre de Dios, sacó Mozart todo esto? ¿Quién se lo dictó? Porque esto tiene que habérselo dictado alguien, de eso, por lo menos, no me cabe duda.

Él fue un buen receptor, un amanuense dotado de poderes sensitivos privilegiados, pero en realidad no hizo otra cosa que tomar nota: es a la conclusión que me ha llevado toda una vida consagrada a esta profesión: la música no proviene del ser humano. Lo contiene, trasciende y atraviesa. No digo con ello que sea divina o satánica —en el fondo, la misma cosa—, sino suprahumana.

Siendo una actividad exclusiva y antonomásticamente humana, la música no tiene su origen en nosotros. Viene de otra dimensión. Nosotros somos su residencia, la copa del árbol que eligió para anidar, pero no su foco generador. Para mí es una evidencia como el Aconcagua.

Sin importancia. No sé si los espacios estelares son infinitos. No sé si el espacio es curvo o rectilíneo. No sé si el espacio y el tiempo son la misma cosa o están vinculados por la ecuación propuesta en la teoría general de la relatividad, no sé si la mecánica newtoniana y el electromagnetismo son incompatibles o acaso perfectamente conciliables. No me importa, ¿me oyen? No me importa. Nunca me ha importado.

Nada de eso tiene ninguna importancia para la raza humana. Solo me importa saber si es infinito el dolor del hombre, si habrá algún límite para el llanto, si en efecto se puede morir de pena. Como alguna vez dijera Senancour: “¡Para mí todo, para el universo nada!”.

Copérnico, Newton, Einstein, Planck, Heisenberg… ninguno de ellos le añade ni le quita nada a la existencia humana. Sobrevalorados, idolatrados escrutadores del espacio y la materia. Cuatro compases de Mozart valen por todos ustedes juntos, deificados profesores de aritmética.

No es Einstein quien me ayuda a vivir. No es Einstein quien me ayudará a morir. Para mí no existe ese señor. No es emblema de nada, no es —como lo sostienen los papanatas que hacen las listas de los hombres y mujeres célebres— “el rostro del siglo XX”.

¿El rostro de qué? ¿De qué? ¿De qué? ¡Que alguien si es tan amable me explique ese disparate! ¿Por qué no más bien Picasso o Proust o Stravinsky? Y, a fin de cuentas, ¿por qué no incluso Greta Garbo, Ava Gardner o la vulgar Marilyn Monroe? ¿Será porque quienes confeccionan las listas de “notables” son mayoritariamente científicos —¡oh, palabra sacra e inmarcesible!— y no artistas?

Limitaciones de la ciencia. La ciencia es eminentemente útil —qué duda cabe— para construir un puente. Pero no para ayudar a un hombre a morir (me refiero a la aceptación de su aniquilación, no a los analgésicos que, ciertamente, pueden atenuar su sufrimiento físico). ¿Ustedes creen que a un hombre quien viene de diagnosticársele un cáncer con metástasis en diversos órganos, con una prognosis de tres meses de vida, pueda confortarlo el hecho de que la física haya proclamado la existencia de una partícula subatómica llamada neutrino, capaz de viajar a mayor velocidad que la luz?

Se alzará de hombros, reirá amargamente y dirá: “¿A mí qué coños me importa eso?”. ¿Qué podría ayudarlo? La religión, si tiene alguna. El amor, si cuenta con un sistema de soporte capaz de rodearlo de ternura. El pensamiento mágico, si no es un pedante que en él ve mera superstición. El poder curativo de la poesía, la música, la belleza, si es sensible en grado sumo a ellas y a su valor gnoseológico. La naturaleza, si tiene acceso a su mundo —caso cada vez más infrecuente en nuestros días—.

El saberse responsable de una misión que cumplir sobre la Tierra, toda vez que no sea un cínico o un desencantado. Todo eso puede ayudar, sí. ¿Pero la ciencia? No, no: eso es para construir cacharros. Y en la era del maquinismo —basamento de la Revolución Industrial y del capitalismo— los constructores de cacharros fueron, comprensiblemente, deificados.

Cuando mi hermano estaba siendo velado, mi cuñada se abrazó al cofre y profirió alaridos de animal herido. De animal herido, sí. No era un dolor humano, no lo era. Eso es lo verdadero. Eso es lo único verdadero. Y supongo que sonreír de vez en cuando también lo es.

¿La teoría de la relatividad, la física cuántica o el principio de indeterminación? Nada de eso transformará al mundo, ni al ser humano, ni siquiera la visión que del mundo pueda tener el ser humano —que, independientemente de lo que la ciencia le proponga como verdad, seguirá asido— y con plena razón a sus grandes cosmogénesis míticas. Lo sostengo. Lo repito. Lo grito a pleno pulmón por las calles. Tengo mis razones para afirmarlo. No es el momento para explicar mi sentir. Pero sé por qué lo digo. Vivir y morir es lo único que cuenta.

Punto final. “Oh, Señor, he vivido poderoso y solitario, déjame por fin dormirme del sueño de la tierra”. Alfred de Vigny: los versos finales de Moisés. Todo el secreto del verso final está en el uso del pronombre posesivo “del”. ¿Dormirme con el sueño de la tierra, el de todos los días? ¿La tregua que cotidianamente nos es concedida? ¿Dormir —morir— es despertar, salir del espejismo de la vida? ¿Sería entonces la existencia un sueño del que hay que salir? ¿Dormirse a un sueño aún más profundo que el terrenal, y con ello “amanecer” a otra realidad, la Realidad? ¿El “eterno y por siempre deseado “amanecer” en singular, que todos esperamos”? (Yolanda Oreamuno). No lo sé.

No soy un especialista de la poesía de Vigny (no soy un especialista de nada). Solo sé que, por alguna razón, esos versos siempre han ejercido sobre mí inexplicable fascinación. Me gustan las cosas inexplicables, detesto todo aquello que no sea, esencialmente, misterio.

Hay que llorar, llorar, blasfemar, gritar, patalear, maldecir la muerte de la luz, como decía Dylan Thomas: Rage, rage before the dying of the light. O gritar, con Senancour: “Muere resistiendo, y no permitas jamás que la muerte sea un ajusticiamiento”. Antes bien, experimentarla como lo que en realidad es: una tremenda, inaceptable, indigerible injusticia. La injusticia por antonomasia. Eso y dormir, sí, dormir “del sueño de la tierra”… “Réquiem aeternam”.

El autor es pianista y escritor.