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¿Resistirá el próximo presidente a los encantos de los grupos de poder?

Como le sucedió a Isabel II, el gobernante y su equipo estarán expuestos a las presiones de los ‘lobbies’ cuya intención es gobernar en la sombra

El pasado 20 de enero, en este diario, Eduardo Ulibarri propuso quince preguntas para decidir por quién votar el 6 de febrero. Aunque sugirió responderlas “desde la razón, y no desde las emociones”, pasé por alto el consejo, apelando a una famosa frase atribuida a Gabriel García Márquez que dice que “recordar es fácil para el que tiene memoria, pero olvidarse es difícil para quien tiene corazón”.

De las quince preguntas, tres resonaron en mí con especial intensidad: ¿Cuenta el candidato con un equipo competente y experimentado? ¿Entiende que el éxito de gobernar no depende solo de la voluntad presidencial, sino de un sistema de vinculaciones y negociaciones plagado de tensiones y transacciones? ¿Demuestra sentido del bien general o corteja los intereses sectoriales?

Estas preguntas me trajeron a la memoria una de las novelas más conocidas de la literatura española: La corte de los milagros, del escritor Ramón del Valle-Inclán, que narra los últimos meses del reinado de Isabel II, en 1868.

Isabel II asumió el trono de España con tan solo tres años, cuando su padre, Fernando VII, murió en 1833. Lo hizo durante una cruenta guerra civil entre conservadores y liberales moderados: los primeros querían que España continuara siendo una monarquía absolutista y los segundos opinaban, no sin ambigüedad, que la soberanía nacional residía en el rey y las Cortes.

En palacio las cosas no iban mejor. María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, madre de Isabel, había sido nombrada regente, pero ni se ocupó del gobierno, ni de la educación de su hija. Isabel creció sola y al garete, sin afecto y sin la preparación necesaria para asumir, diez años más tarde, el destino de su país.

Según los historiadores, esto tuvo mucho que ver con la corrupción que caracterizó el reinado de Isabel II. En La corte de los milagros, Valle-Inclán la retrata como una gobernante ciega, que “se deja embaucar como una pánfila”, emocional e intelectualmente dependiente de un círculo íntimo de personajes oscuros: militares, aristócratas, confesores, preceptores, ayudas de cámara e incluso amantes.

Estos círculos, denominados camarillas, adquirieron una connotación política negativa en España durante el reinado de Fernando VII, porque se trataba de un grupo muy restrictivo de “elegidos” que, al margen de las instituciones públicas, funcionaba como única puerta de acceso al poder, influencia y riqueza personal.

El palacio real dejó de ser un espacio semipúblico y el rey, símbolo de unidad. La prosperidad era posible, en palabras de uno de los personajes del libro, solo para “los ricos que truenan en lo alto y que todo lo amañan mirando su provecho”.

Sin embargo, tronar en lo alto era cada vez más difícil, ya que durante el reinado de Fernando VII España había perdido prácticamente todas sus colonias en América, a excepción de Cuba y Puerto Rico.

Las arcas del reino ya no gozaban de la liquidez de antaño y el ejército, que no había disminuido ni en número ni en privilegios, ejercía una enorme presión sobre el gasto público y las decisiones de la Corona.

Por eso, no era extraño que los hombres fuertes de Isabel II, como Francisco Serrano y Domínguez, Leopoldo O’Donnell y Ramón María Narváez, fueran todos militares, muy hábiles y experimentados en los asuntos del Estado, pero adictos al poder y a las conspiraciones.

Con el tiempo, el déficit y la ingobernabilidad pasaron factura al país. España perdió competitividad frente a las potencias de la época en ámbitos estratégicos como la industrialización, la calidad de la educación, la salud pública y la influencia internacional, por citar algunos.

Finalmente, en 1868, Isabel II fue destronada y debió exiliarse en París junto con su familia. Pero, como solemos decir, “el daño ya estaba hecho”. Antes de morir, en una entrevista con Benito Pérez Galdós —que quedó recogida en el libro La reina Isabel—, Isabel II habló de los tropiezos que enfrentó por no tener a nadie que, desinteresadamente, le diera consejo y guía: “Los que podían hacerlo no sabían una palabra de arte de gobierno constitucional: eran cortesanos que solo entendían de etiqueta, y como se trataba de política, no había quien les sacara del absolutismo. Los que eran ilustrados y sabían de constituciones y de todas estas cosas, no me aleccionaban, sino en los casos que pudieran serles favorables, dejándome a oscuras si se trataba de algo que en mi buen conocimiento pudiera favorecer al contrario”.

A pesar de la ficción presente en La corte de los milagros y de la distancia histórica que nos separa de la España isabelina, esta novela ofrece un retrato caricaturesco, pero fiel, de los peores vicios morales de la política y sus nefastas consecuencias, los cuales son reconocibles en la Costa Rica del 2022.

Algunos de esos vicios, como la corrupción y la incapacidad de la clase política y algunos sectores para mirar más allá de su propio ombligo, han contribuido al clima de ingobernabilidad que alimenta nuestra fatiga electoral, o al menos la mía.

Tal como le sucedió a Isabel II, el presidente y su equipo estarán expuestos a las presiones de los lobbies cuya intención es gobernar en la sombra durante los próximos cuatro años.

Asimismo, deberán lidiar con la resistencia o el ataque feroz de las distintas camarillas que, hasta ahora, no han estado dispuestas a ceder ni un centímetro de sus dudosos privilegios, a pesar de la difícil situación financiera y social por la que atraviesa Costa Rica.

En este punto, es preciso recordar que, por tradición, de estos círculos también salen los nombres de otros gestores del poder, como ministros, presidentes ejecutivos, embajadores, asesores presidenciales, jefes de despacho y hasta diputados, entre otros. Cada uno de ellos, y en el marco de sus competencias, comprometen el bienestar general.

Pero más allá de la preparación, la autoridad, las habilidades de negociación y la ética personal, necesarias para gobernar bien, cabe preguntarnos si nuestro futuro presidente contará con algún tipo de cable a tierra que lo conecte y reconecte, cuando sea necesario, con la realidad que lo rodea.

Ese cable a tierra puede ser, simplemente, ponerse la mano en el corazón.

manuelaurena@gmail.com

Manuela Ureña Ureña cuenta con más de 10 años de experiencia internacional en las Naciones Unidas y la Unión Europea. Oriunda de la zona de los Santos, asesora a pymes en el diseño y ejecución de estrategias de internacionalización, así como en el análisis de riesgos y relaciones institucionales asociados a ella. Es asidua lectora y fiel seguidora del músico canadiense Neil Young. Siga a Manuela en Facebook y Linkedln.

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