Fernando Durán Ayanegui. 20 junio

“Nunca olvidás lo que aprendés bien”. Con este lugar común, las maestras nos justificaban las odiosas memorizaciones que los chicos de hoy se ahorran usando dispositivos electrónicos.

No pretendo que el ejercicio de la memoria sea dañino; por el contrario, sin caer en exageraciones borgeanas, creo que la capacidad memorística es un rasgo de inteligencia.

En todo caso, lo que yo pueda decir sobre este tema carece de autoridad porque desde edad temprana mi formación escolar se desvió hacia un ámbito técnico que un adalid de la educación costarricense calificaría más tarde de “poco humanístico”.

Aunque el paso del tiempo lo entumece, el dominio de las destrezas físicas también tiene la ventaja de que lo bien aprendido difícilmente se olvida, lo que conduce a la misma conclusión que se escuchaba en una zarzuela: “De esta opinión nadie nos sacará, el perro está rabioso o no lo está”.

Me ha cogido tarde para rumiar la idea de que las dos memorias —la corporal y la intelectual— existen separadamente, así que no puedo decir quién se herrumbra primero, un tenista profesional o un físico teórico.

Solo estoy seguro de que la memoria colectiva es más vulnerable que la individual y de que esa es la razón por la cual la estupidez de la especie humana es imperecedera.

Una de las más extrañas observaciones que recuerdo me viene de cuando un reflexivo amigo de mi juventud me dijo que si todas las bibliotecas del mundo se trasladaran a una isla para protegerlas de la destrucción, el peso sería tanto que la isla acabaría hundiéndose y reenviando a todos los seres humanos a la barbarie.

Tengo la impresión de que mi amigo no estaba tan desorientado como parece: pensemos no más en lo confiados que nos sentimos con casi toda la memoria de la especie guardada a salvo en los infalibles e indestructibles servidores del sistema electrónico de información. ¡Qué tal si despertamos un día y el dinosaurio ya no se encuentra ahí!

Retomemos el tema de la vulnerabilidad de la memoria colectiva. A quienes simpatizan con las ideas de Trump, mas no con la forma como Trump las pone en práctica, les tranquilizan dos certezas: que Trump no será reelegido y que Joe Biden piensa como Trump, pero será menos brutal al aplicar las magníficas ideas que comparte con Trump. Vaya, ¿y si no les sale?

El autor es químico.