Velia Govaere. 22 febrero
Papeletas de muestra elecciones 2018. foto Jeffrey Zamora
Papeletas de muestra elecciones 2018. foto Jeffrey Zamora

«Me aterra —decía Pascal— el silencio eterno de los espacios infinitos». A mí me asusta, más bien, el sordo clamor de las cacatúas en busca de quien las engatuse. Se acerca un momento propicio para Hamelín y su flauta. Se aproxima un nuevo período electoral en medio de una grave crisis de representatividad política. ¡Qué miedo!

Las urnas suelen ser oportunidad de renovación. Pero ¿renovación de qué? He ahí el dilema. No entendemos nuestras dolencias y hasta los síntomas de nuestros trastornos los confundimos con salud. Queremos cambiar sin cambiar nada y apostamos al instante, no al derrotero. Eso lo saben los mercaderes políticos. Una vez nos vendieron un candidato como cocacola, y así lo compramos, en segunda ronda. Ahora estamos pagando otro porque la alternativa era peor.

La oferta electoral se ha empobrecido y debemos desconfiar de nuestras mismas esperanzas. El sistema electoral nos entrampa. Elegimos presidencia y Asamblea Legislativa al mismo tiempo, y eso incide en la calidad de la gobernanza. Las condiciones de las elecciones del 2014 y el 2018 parecen parte de la «nueva» normalidad. El presidente será elegido en segunda ronda. Esa es la trampa sistémica: un escenario de gobierno con alta vulnerabilidad parlamentaria.

Cuando en la primera ronda no se logra elegir presidente, ya están, sin embargo, repartidas las curules. En esa situación, los candidatos finalistas están inhibidos de luchar por alcanzar fuerza suficiente para gobernar con un mínimo de estabilidad legislativa. Gane quien gane en la segunda ronda, tendrá que gobernar con la Asamblea elegida en la primera.

Una posible reforma para mejorar esa frágil gobernabilidad es posponer la fecha de elección de diputados. Es decir, que las elecciones legislativas se celebren separadas de la primera ronda de elecciones presidenciales. Eso les daría a los candidatos finalistas, o incluso al presidente electo, una segunda oportunidad para mejorar su caudal legislativo.

El bipartidismo fallido volvió disfuncional el viejo presidencialismo. Esta reforma, simple y sensata, mejoraría su desempeño ejecutivo. Ya no hay tiempo para ese cambio. Ya tendrá su hora. En algún momento tomará vuelo esta propuesta. Hoy es un día tan bueno como cualquiera.

La autora es catedrática de la UNED.