Guiselly Mora. 10 febrero

“Sentencia de primera instancia número 45-2020” es una obra basada en un hecho inverosímil en una Costa Rica imaginada.

Se trata de una novela pequeña o cuento largo, de 81 páginas, inspirada en el teatro de lo absurdo, cuyo antecedente podría ser La cantante calva, de Eugène Ionesco.

En el país donde ocurre la trama, el matrimonio de dos personas del mismo sexo, en este caso, mujeres, no es posible y el narrador explica, mediante el uso de las técnicas del absurdo, por qué.

Aunque la trama se sitúa en el siglo XXI, existe un guiño de añoranza por la época de mediados del siglo XX, especialmente el año 1948, cuando se plasmaron en la Constitución los conceptos de familia y matrimonio, que 71 años después ya no son tales, pero el narrador se resiste a aceptarlo, y pone en juego el conflicto, una situación adversa, como diría Freud.

En un monólogo, como si estuviera sentado en la cátedra de Moisés, plantea que el matrimonio entre personas del mismo sexo como un derecho humano es una falacia, ergo, la Sala Constitucional, al avalarlo, incurre en la falacia argumentativa “porque solo así podía arrogarse el poder constituyente y, apartándose del texto, del principio de unidad de la Constitución, usurpa el poder del constituyente y lleva a cabo una deconstrucción del concepto de familia”. El uso reiterativo del verbo poder no es pobreza de lenguaje, sino una remisión al héroe, a seres sublevados contra Dios o cualquier divinidad cuyos castigos son eternos.

En el teatro del absurdo no podría faltar la incoherencia, insertada en este soliloquio mediante un reproche a unos magistrados por su desaire al derecho romano y una advertencia a la sociedad: mucho cuidado, “hay políticos y tribunales que quieren llevar a la gente por el camino de la españolización progre y, para ello, se requiere torcer el derecho, inventando tesis jurídicas sin sustento científico-jurídico, como son la equiparación del matrimonio homosexual con el heterosexual, y la familia basada en la unión de hombre y mujer con la de personas del mismo sexo”.

En las constantes disquisiciones, aparece una nueva protagonista: una Corte Interamericana de Derechos Humanos, la cual, junto con una Sala Constitucional, habría crucificado a Montesquieu al violar la división de poderes. "No hay peor tiranía que la que se ejerce a la sombra de las leyes y bajo el calor de la justicia”, espeta el narrador, soslayando que el filósofo francés también dijo: “Los seres particulares inteligentes pueden tener leyes que hayan formado; pero tienen otras no formadas por ellos. Antes de haber seres inteligentes, eran posibles: existían, pues, relaciones posibles y, por consecuencia, leyes posibles. Antes de haber leyes positivas, existían relaciones de justicia posibles. Decir que no hay nada justo ni injusto, sino lo que ordenan o prohíben las leyes positivas, equivale a afirmar que antes de trazarse círculos no eran iguales todos sus radios”.

La trama. Contra el personaje principal, de nombre Marco Castillo, fue interpuesta una denuncia disciplinaria por celebrar el matrimonio de dos mujeres, pues, por un error de registro, en la casilla donde debía señalarse el sexo de nacimiento, se indicó “masculino”. Todo en la novela se construye, a partir de ahí, en el universo del disparate, lo cual encumbra la obra por ser la primera de su tipo, que sepamos, en ver la luz en nuestro país.

Existe el énfasis del personaje representante de la ley en aspectos consabidos, lo cual deviene en burlesco, tales como: “No es un juicio moral, stricto sensu”; el señalamiento de la condición homosexual del denunciado; tratar de convencer al lector de una tolerancia a medias: el derecho de las personas a tener sus preferencias sexuales, sin ser inquietadas por ello; y “la manipulación del derecho para crear otros ‘nuevos’ derechos, como el matrimonio homosexual, creados por organismos y tribunales sin competencia para ello”. Mas todo es parte del juego ficcional, del apego al género que también incluye Cuidado con las macetas, del mismo Ionesco, y Esperando a Godot, de Samuel Beckett.

Las escenas ilógicas se suceden una tras otra. El interrogatorio a los testigos contiene preguntas con una clara influencia de El extranjero, de Albert Camus. Veamos algunas: “Para la fecha de la firma de la escritura, de las personas que estaban ahí presentes, ¿quiénes eran activistas pro-LGTBI? (...) ¿Sabe usted si la testigo A. S. G. era una activista pro derechos LGBTI para la fecha de la firma de la escritura? (…) Su madre vive aún, estuvo el día que firmaron la escritura, ¿avalaba su relación? (...) ¿Se relaciona usted con la madre de J.? ¿Conocía ella de su relación sentimental con J. y la aprobaba?".

También hay vasos comunicantes con Fiódor Dostoievski, por su polifonía, como lo describió Mijaíl Bajtín, pues de repente muta a la novela negra, detectivesca, y en referencia a la opinión consultiva de aquella Corte, la cual no avala, dice que el fallo fue “producido ‘misteriosamente’, previo a las elecciones nacionales, cuando la prudencia mínima más elemental aconsejaba que eso no ocurriera, pues es reconocido por todo el país el efecto que tuvo en la población nacional y en las elecciones producidas, lo cual es una clara injerencia, no casual”. La teoría de la conspiración.

Ahora, voy a cometer el pecado de hacer spoiler: “Sentencia de primera instancia número 45-2020” es un drama que, como en los tiempos de Aristóteles, provoca terror y piedad. El veredicto del brazo largo de la ley es diez años de suspensión del ejercicio del notariado por “expedir testimonio falso y presentarlo al Registro Civil” y tres más por “la celebración de un matrimonio simulado” y otras faltas.

Poco faltó para que al notario le colocaran el traje naranja, le vendaran los ojos y lo lanzaran desde la azotea del piso más alto de San José. Pero no sucede así porque habría sido inverosímil: en Costa Rica, donde se desarrolla la obra, no existen yihadistas. Se trata de una de las democracia más plenas del mundo —según la revista británica The Economist— y, en tal contexto, el absurdo habría dejado la ficción para saltar a la realidad.

gmora@nacion.com

Guiselly Mora es editora de Opinión de La Nación.