Columnistas

Página quince: La drogadicción infantil constituye un crimen social

Si Costa Rica deja que su niñez y juventud se consuman en las drogas, de nada servirá todo lo demás

Creo que nunca es suficiente hablar sobre la prevención del consumo de drogas. Nuestra sociedad lucha todos los días, en la luz y en la oscuridad, por deshacerse de este mal que está destruyendo a nuestra población y al mundo entero.

Las drogas son hoy uno de nuestros más grandes enemigos. ¿Qué las hace tan temibles? Lo peor de las drogas es que son elegidas por sus víctimas. Lo peor de las drogas es que, antes de que ellas dominen al ser humano, el ser humano les abre la puerta.

Por eso, debemos dar un paso trascendental en la lucha contra este mal que nos carcome. Debemos atender el primer eslabón de la cadena de las drogas: el consumo. En particular, por menores de edad que, confundidos por sus presiones y problemas, inician la adicción a las drogas. Es esta la etapa cuando todavía estamos a tiempo. Es esta la etapa cuando aún es posible rescatar de las garras de la drogadicción el espíritu de quienes encierran la semilla del mañana.

Hace más de dos mil años un hombre nos recordó que amar a nuestros niños es un acto supremo, que nos aleja un poco de los defectos del hombre y nos acerca un poco a la perfección de Dios.

Todos recordamos sus palabras: «Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis, porque de ellos es el Reino de los Cielos».

Las enseñanzas de Jesús permanecen en muchos de nosotros y por eso debemos amar a nuestros niños y jóvenes más vulnerables, brindarles una oportunidad para tratar sus problemas de adicción para que logren superarlos y así cristalicen sus sueños.

A la deriva. Como seres humanos, vivimos atados por lazos invisibles a las cosas de la vida. Hilos ignotos nos unen a nuestros seres queridos, a los lugares que amamos, a las personas que componen el universo de nuestro mundo conocido.

Para un adicto, esos hilos se van rompiendo paulatinamente, de forma tal que quedan solos, a la deriva, desconectados de la realidad que los rodea y que alguna vez los incluyó. No podemos permitir que eso suceda con nuestros niños y jóvenes.

Un niño o un joven que tiene una acera como su casa, una caja de cartón como su cuarto, un delincuente como su amigo y una piedra de crac como su cena nos degrada y nos condena como sociedad. La drogadicción infantil constituye un crimen social, una flagrante violación de los derechos humanos.

En palabras de Víctor Hugo, no podemos ser indiferentes «a la opresión de corazón que se siente cada vez que se encuentra a uno de esos niños, alrededor de los cuales parece que se ven flotar los hilos rotos de la familia».

Si Costa Rica deja que su niñez y juventud se consuman en las drogas, de nada servirá todo lo demás. De nada servirá alcanzar la educación básica universal o invertir en nuestras universidades, de nada servirá aumentar nuestra producción o hacer crecer nuestra economía.

Sin una niñez y juventud plenas y sanas, empobrecidas hoy por la pandemia de covid-19, Costa Rica no ganará sus más importantes batallas ni se colocará por encima de sus más acuciantes problemas.

Amor y atención. Aprendamos a amar a nuestros niños y jóvenes para que no caigan en el abismo de la drogadicción. Aprendamos a darles atención en nuestros hogares. No importa si se trata de un hogar pobre o un hogar rico, de un hogar con un jefe de familia o con dos, de un hogar en la zona urbana o en la zona rural, el apoyo de la familia es igual en todas partes. Y ese apoyo es el que hemos ido perdiendo. Volvamos a la familia, y los hilos que atan a nuestros hijos a la felicidad serán inquebrantables y duraderos.

Nos dice san Marcos en una parábola de la Biblia muy conocida: «¡Escuchen! El sembrador salió a sembrar. Mientras sembraba, parte de la semilla cayó al borde del camino, y vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno rocoso, donde no tenía mucha tierra, y brotó en seguida porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemó y, por falta de raíz, se secó. Otra cayó entre las espinas; estas crecieron, la sofocaron, y no dio fruto. Otros granos cayeron en buena tierra y dieron fruto: fueron creciendo y desarrollándose, y rindieron ya el treinta, ya el sesenta, ya el ciento por uno».

Nuestros niños y jóvenes son la semilla. Está en ellos el crecer y germinar. Cada uno de ellos contiene en el pecho un árbol frondoso de sabiduría que manará frutos dulces para la humanidad entera. Pido a Dios que les permita caer en tierra fértil. Que puedan echar raíces hondas y fuertes que impidan que el viento de los cambios y de la incertidumbre los arranque de su lugar.

Pido que le pasen de largo al señor de la acera que reparte drogas. Que le pasen de largo a la fiesta en donde saben que habrá consumo de drogas. Que le pasen de largo a todo lo que puede hacer que la vida les pase de largo a ellos.

En el corazón de nuestros niños y jóvenes está el futuro de Costa Rica, y es un futuro glorioso. En sus corazones reside todo lo bueno, todo lo noble, todo lo puro que necesita esta tierra para germinar paz y prosperidad. Pido a Dios que estas pequeñas semillas broten y exhiban orgullosos sus frutos al sol.

El autor es expresidente de la República.