Columnistas

Página quince: Costa Rica se autoderrota

Que Dios se apiade de este pobre país porque somos tontos contentos, porque no fuimos capaces de observar unos cuantos meses de reclusión

Estamos perdiendo la guerra contra el coronavirus. Y la estamos perdiendo porque hemos jugado mal. Nuestros viejos vicios nos están condenando a la derrota: egoísmo, individualismo, indisciplina, falta de cohesión social, incapacidad para formar un bloque unitario contra un enemigo común, irresponsabilidad, indiferencia ante el dolor del prójimo, carencia de respeto por los demás y por nosotros mismos, hedonismo escapista, tendencia a la evasión, nulo sentido de la solidaridad, nulo sentido del engagement (el compromiso), nulo sentido de la acción coordinada y conjunta, de la sinergia social, del espíritu de barricada, de resistencia.

Hemos sido invadidos, ocupados, doblegados e hincados por el rival. Como diría Baudelaire: “Largos coches fúnebres sin tambores ni música, en mi alma desfilan, la esperanza llora, y la angustia, atroz, despótica, sobre mi cráneo inclinado clava su negro estandarte”. Sí, es el acto de la sumisión, del rendimiento, de aquel que ha sido subyugado por el enemigo. Rendición incondicional, con todos los pergaminos y cartas del caso debidamente firmadas y selladas.

Nos autoderrotamos. Íbamos bien, pero derrapamos hacia lo que siempre nos atrapa: el jolgorio, la francachela, el bailongo, la lamentable y grotesca tropicalidad alegrona y tontona de nuestro pueblo. Así, nos hemos comportado: como tontos contentos, así y no de otro modo.

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