Fernando Durán Ayanegui. 24 enero, 2016

Un aforismo científico propone que, para salir indemne del ataque de un león, una cebra no tiene que superar la velocidad de la fiera, sino simplemente ser algo más veloz que la cebra más lenta de la manada.

Esto, suponemos, solo sería aplicable a la situación generada por el ataque de un león aislado o de un grupo de leones organizados y solidarizados bajo la consigna “una cebra a la vez y todas compartidas”, en cuyo caso perdería su eficacia el chiste de aquellos caníbales que, durante la conversación de sobremesa posterior a la cena en la que habían dado cuenta gastronómica de un misionero europeo, se manifestaron esperanzados porque, según habrían escuchado, si bien los predicadores blancos no circulan en manadas, resucitan algún tiempo después de haber cumplido su nutritiva misión y pueden servirse de nuevo.

En todo caso, nuestro comentario está motivado por la posibilidad de que el mencionado aforismo apunte al egoísmo de las cebras, lo cual nos mueve a intentar algunas especulaciones sobre lo que haría un ser humano en las mismas circunstancias. Podemos sugerir que, dentro del espíritu de la época, nuestra especie obedece fielmente al eslogan de “mientras no sea yo, que al más lento se lo lleve el diablo”.

Hasta aquí esta historia de cebras y leones, misioneros y caníbales, para pasar a una de lobos que no comienza con un discutible aforismo, sino con un video naturalista en el que una manada de lobos emigra por una nevada ladera subártica.

Se desplaza en formación de uno en fondo –eso que solemos llamar “en fila india”– pero en un orden en el que nada parece dictado por el azar. Encabezan el desfile tres o cuatro especímenes que, de manera deliberada y discernible, forman el grupo de los viejos y los enfermos, de modo que a ellos les corresponde marcar el ritmo de marcha de toda la manada. A poca distancia, detrás de ellos, marcha una fila de cinco guerreros dispuestos a enfrentarse a cualquier amenaza que pueda cernirse sobre los más débiles, y el tercer pelotón está integrado por el grueso de la tribu lobuna, un conjunto de jóvenes y adultos sanos. Al final, solitario pero alerta desde su visión panorámica de cuanto ocurre alrededor, avanza el jefe de la manada, el individuo dominante al que los especialistas llaman el “macho alfa”. Ahora bien, a partir de este momento cada lector debe asumir su propia ideología y enunciar, en la jerga política al uso, un aforismo o un eslogan que caracterice de manera apropiada a esta trashumante sociedad de lobos.

Fernando Durán es doctor en Química por la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la Universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector en 1981.