Armando González R.. 11 junio

La Municipalidad de San José, a la cual desgraciadamente debo pagar impuestos, concedió permiso a la Dos Pinos, que paga muy pocos, para interrumpir el sueño de cientos de familias en Sabana oeste a partir de las 6:30 de la mañana del domingo. Son cientos, sin exagerar, en una zona densamente poblada, como querría la planificación urbana responsable. En apenas un par de edificios, casi un centenar de apartamentos albergan el mismo número de familias, concentradas en mucho menos de una cuadra que antaño habría sido insuficiente para acomodar la quinta parte de esa población.

Una comparsa de carnaval despedazó la tranquilidad del amanecer, en un día de descanso, para añadir charanga a la Carrera de la Leche, organizada por la empresa Athlinks bajo contrato con la cooperativa, cuyos beneficios fluyen, con desproporción, a los bolsillos de grandes productores favorecidos por las exenciones concedidas al sector.

Comparsa Dos Pinos

La Policía de Tránsito brilla por su ausencia cuando las mismas calles son tomadas por los “picones” de madrugada, pero el domingo desplegó oficiales desde el alba para cerrar bocacalles, como la del Scotiabank, en la entrada del bulevar de Rohrmoser y la calle principal de Pavas, en el cruce de canal 7.

Cuando los vecinos comenzaron a salir en defensa del anciano enfermo, el adolescente que se acostó tarde estudiando para un examen o el niño que despertó sobresaltado, uno de los policías decidió burlarse, animando a la comparsa para continuar la pachanga. ¡Pa’ eso tiene autoridá, pa’ hacer lo que le da la gana!

Indignación. Estoy entre los damnificados, es cierto. Y escribo estas líneas, indignado, cuando todavía se escuchan los tambores. Los periodistas no debemos arriesgarnos a que se nos acuse de ejercer la profesión en beneficio propio, pero ¿qué hacer cuando la realidad nos secuestra para ponernos ante ejemplos vivos de los males de nuestra sociedad?

Comencemos por lamentar la hipocresía, y aquí viene al caso la Municipalidad de San José, que predica la necesidad de densificar la ciudad, evitar la incontrolable expansión de la mancha urbana y rescatar el centro. Luego, emite permisos para hacer imposible la vida a quienes escuchamos el canto de sirena. En San José no se puede vivir porque entre el discurso y las acciones hay un abismo.

Hipócrita es, también, el Ministerio de Salud, encargado de evitar la contaminación sónica, pero dispuesto a tolerarla, a cualquier hora y en cualquier lugar, si la licencia la tramita una empresa influyente, sobre todo si la cobija la falsa mística de cierto “cooperativismo”.

Eso sí, los burócratas se llenan la boca para advertir sobre las consecuencias de la contaminación, entre ellas la privación de sueño y sus repercusiones sicológicas. Para aparentar seriedad, citan estudios de la Organización Mundial para la Salud y, luego, se desmienten en la práctica.

¿Qué hacer cuando la realidad nos secuestra para ponernos ante ejemplos vivos de los males de nuestra sociedad?

No faltó el estúpido alegato de los beneficios del deporte para la salud. Por el contrario, el ejercicio es nocivo cuando su práctica implica la vigilia de los ancianos y enfermos, el sobresalto de los niños y la agresión del estruendo contra todo un vecindario. Por otra parte, el escándalo no hace falta para correr.

Policía fuera de lugar. Ilusa, una vecina intentó llamar a la Fuerza Pública para poner fin al atropello. No había advertido la presencia de varios vehículos policiales destacados para proteger la arbitrariedad, no para detenerla. Sus salarios, como los de los policías de tránsito, son pagados con los tributos de todos para resguardar la actividad promocional de una empresa privada que paga pocos impuestos, así como el lucro de otra, capaz de organizar la carrera sin ninguna consideración para el prójimo.

La inscripción costaba entre ¢11.000 y ¢15.000 y había cientos sino miles de participantes. La burla del oficial de tránsito es de “feria”, para que no vayan a creer que se malgastan los tributos en financiar semejantes humoradas.

La ineptitud de las autoridades municipales, de Salud, Tránsito y Policía es notable, cada día, cuando nos abrimos camino o quedamos atrapados en las insufribles calles de la capital, repletas de basura, ruido y gases contaminantes. Esas autoridades no deberían hacer esfuerzos adicionales por demostrar su irrespeto a los ciudadanos y a las tareas que les han sido encomendadas.

No se puede culpar a los costarricenses por alejarse lo más posible de los centros urbanos, pese a las terribles consecuencias ambientales de las ciudades extendidas. La zona metropolitana cubre buena parte de las tierras más fértiles del país. Como las pavimentamos, no hay drenaje y las escorrentías causan tragedias río abajo. Pero no siempre hay exceso de agua: la mancha urbana ya sepultó los acuíferos.

El desarrollo extendido es caro. Cada tubo o cable añadido para alcanzar sitios aislados consume recursos indispensables para enfrentar necesidades urgentes. La lejanía multiplica los requerimientos de transporte y privilegia los medios individuales de desplazamiento.

“Si amas la naturaleza, aléjate de ella y vive en una ciudad lo más densa posible”, dicen los expertos en planificación urbana. Es difícil seguir su consejo aquí, en este tercer mundo, donde la evidencia del subdesarrollo se palpa más en la mentalidad que en las estadísticas socioeconómicas. La vida en ciudad no se estimula con barrios chinos o bulevares para quienes transitan de día y se alejan despavoridos al caer la noche.

Armando González es editor general del Grupo Nación y director de La Nación.