Columnistas

Hora de brincar

la danza consistiría en un desfile de 2.000 figuras políticas costarricenses dedicadas a pegar brincos, dos hacia adelante y cinco hacia atrás

Fernando Durán Ayanegui, opinión
Fernando Durán Ayanegui, opinión

En los medios de comunicación se lee o se oye cada vez menos la frase adverbial “en sede parlamentaria”. No sabemos si eso se debe más al declive del “lugarcomunismo” que a un cambio en el humor de los comunicadores. Me decía un amigo que, con el fin de disminuir sin violencia el aforo en los establecimientos comerciales, por lo menos durante ciertas horas, las autoridades sanitarias deberían obligarlos a difundir en sus locales, por medio de altoparlantes, las sesiones de la Asamblea Legislativa.

Dije estar de acuerdo, siempre y cuando, se eximan de esa medida a las librerías, pues he comprobado que algunas ya se acercan al aforo cero gracias a una ininterrumpida y despachadora nube de música ambiental de pésimo gusto. Al parecer, los mismos libreros decidieron enfrentarse a la pandemia mediante el hábil truco de alejar de los libros a los pocos lectores que seguimos vivos.

La conversación derivó naturalmente de la ocurrencia de un grupo de legisladores de proponer, en sede parlamentaria, la conversión del Thanksgiving Day en una tradición costarricense digna del asueto obligatorio. Mi entusiasta interlocutor se mostró partidario de que en el proyecto se incluyan, como nuevas tradiciones ticas con feriado, el Halloween y el Oktoberfest, como sustituto de algo tan aburrido —lo dijo él, no yo—, como la Semana Santa.

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