Armando González R.. 24 noviembre, 2018

Anabelle Fernández vence al miedo todos los días desde el inicio de la huelga de educadores, el 10 de setiembre. Es la única profesora de la sección nocturna del Colegio Técnico Profesional de Dulce Nombre de Cartago que no ha dejado de atender a sus alumnos. Lo hace contra viento y marea, sin temor a represalias ni concesiones ante los obstáculos puestos en su camino.

Confiesa ser nerviosa y no se le ha hecho fácil transitar por los pasillos sin iluminación, utilizando la luz de su teléfono. No oculta su repulsión por la plaga de sapos que se ha adueñado de las instalaciones o por el estado de los baños desatendidos desde hace más de dos meses. Se ve obligada a trasladarse hasta el extremo opuesto del colegio para utilizar el baño del vigilante.

Decir que no tiene miedo es menospreciar su valentía. Los valientes se imponen al temor, aunque lo sientan

Los alumnos asisten a clases pese al consejo del director del colegio. Intentaron escapar de un examen alegando su “derecho” a la huelga, pero ella les pidió ejercer, más bien, su derecho a la educación. Les había informado, desde el inicio, su decisión de no sumarse al movimiento. Lo considera injustificado porque el plan fiscal no afectará específicamente al magisterio.

Cuando llegó el primer día de huelga y encontró la escuela cerrada, pidió ayuda al guarda. Desde entonces, se ve obligada a hacerlo todos los días. Fernández tiene la llave de su aula, pero los pupitres no estaban. Los habían “guardado”, bajo llave, en otra sala. Echó mano de escritorios utilizados para acomodar microondas y equipos de cocina. Tampoco hay agua, siquiera para lavarse las manos, y el laboratorio de computación está cerrado.

Sola, entre 40 integrantes de la planilla, la profesora no puede aspirar a la popularidad entre sus compañeros de trabajo. Tampoco oculta su distanciamiento del director, pero persiste. Decir que no tiene miedo es menospreciar su valentía. Los valientes se imponen al temor, aunque lo sientan.

También siente “pena” por la huelga. “Los docentes han olvidado totalmente el sentido y la misión de un educador”. Ese no es su caso. Por el contrario, servirá junto con otros maestros como recordatorio. La misión son los estudiantes y ya se les ha dado la espalda demasiado tiempo.

Cuando los alumnos hicieron amago de paralizar el aula, la profesora les recordó que podría estar en su casa, descansando como tantos en estos dos meses y medio. Los alumnos no tardaron en entender y ofrecer disculpas. Quizá hayan recibido, esa noche, la lección más importante de sus vidas.

Armando González es editor general del Grupo Nación y director de La Nación.